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Cristina Losada

¿Pero no había que enterrar el bipartidismo?

Es precipitado dar por muertos a los dos grandes partidos a partir de unas elecciones en las que no se percibe que haya en juego asuntos determinantes.

Cristina Losada
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Antes de las europeas, en estos últimos años de la crisis, el estado de opinión dominante, aquel que más se ha hecho oír, pedía un castigo a la elite política representada por los dos grandes partidos. Recogiendo ese descontento, algunos partidos emergentes señalaron a PP y PSOE como el mayor de los problemas e hicieron del entierro del bipartidismo un propósito político y un objetivo electoral. Acábese con su hegemonía, acábese con la "casta" encarnada por los viejos partidos, y la vida política podrá regenerarse: éste era más o menos el mensaje.

Así las cosas, era de esperar entonces que el resultado de las europeas, al infligir una herida notable a los dos grandes, se celebrara por todo lo alto. Y los beneficiarios de la sangría de votos de PP y PSOE lo han hecho, ciertamente. Incluso algunos se han apresurado a proclamar que el bipartidismo en España ya ha sido arrojado al vertedero. Sin embargo, al mismo tiempo, ha cuajado la opinión de que los dos grandes han de tomar nota del mensaje, hacer penitencia por sus pecados y manifestar propósito de enmienda a ver si así recuperan al electorado.

Esto me parece a mí un tanto contradictorio, aunque vaya usted a pedir coherencia a los estados de ánimo. Si se trataba de que los dos partidos que eran, como se decía, la causa de la degeneración perdieran votos y con ello poder, no tiene mucho sentido reclamarles que hagan las correcciones necesarias para volver a tenerlo. Lo suyo sería desear que los dos dinosaurios vieran reducido su hábitat a la mínima expresión, y que surgiera así un mapa político completamente distinto al que ha sido habitual en las últimas décadas.

Se desee o no, sea bueno o malo, la cuestión está ahí: ¿cambiará el mapa político? Es precipitado, sin duda, dar por muertos a los dos grandes partidos a partir de unas elecciones en las que no se percibe que haya en juego asuntos determinantes y en las que la abstención viene siendo muy alta. Ahora bien, dicho cambio no es imposible, y para apreciar su probabilidad quizá valga echar una mirada a nuestro alrededor. La fragmentación electoral es fenómeno común en muchos países de nuestro entorno. Como consecuencia de ella, hay ahora mismo numerosos gobiernos de coalición en la UE. No todas son coaliciones del mismo color ideológico: las hay que incluyen a partidos de centroderecha y centroizquierda. El caso más notorio es el de Alemania, pero no es el único.

España siempre ha tenido gobiernos centrales de un solo partido, aunque con acuerdos o apoyos parlamentarios de otros cuando les ha faltado la mayoría absoluta: más de la mitad de los gobiernos han carecido de ella. Si el resto de Europa marca tendencia, esa norma nuestra puede estar en vías de extinción.

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