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Cristina Losada

Pitar el himno, derecho humano

Pero no agüemos la fiesta, y con serenidad, sin meternos nunca en política, facilitemos el desarrollo de este acto de propaganda nacionalista.

Cristina Losada
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Creo que estamos avanzando hacia una declaración importante y, si no me falla la intuición, también insólita. Estamos a punto de proclamar que es un derecho humano básico pitar el himno nacional, por lo menos y por lo pronto, en los campos de fútbol. Tengo la impresión de que todos los nacionalistas están por la labor, y veo al socialismo predispuesto a dialogar sobre el asunto. Ahí está el movimiento postal del lendakari López. Ha enviado una severa reprimenda a la presidenta Aguirre por proponer que se suspenda el partido si hay pitada, y ello sin que se le conozcan declaración ni tampoco amago de actuación contra sus organizadores. Por resumir su posición, la provocadora es ella. Y en ese punto hay un consenso transversal. Porque íbamos a asistir tranquilamente al agit-prop insultante, hasta que Aguirre introdujo la ponzoñosa idea de que se podía hacer algo al respecto. Válgame Dios.

Y líbrenos también de impedir que peñas, hinchas, secesionistas y el pueblo, en general, ejerzan su sagrado derecho a pitar cuanto les venga en gana y sin restricciones. Aunque no está de más recordar, y recordarle a López, que en tiempos de su correligionario Zapatero, el desfile de las Fuerzas Armadas modificó su configuración a fin de que no hirieran sus oídos los poco amistosos gritos del público. De modo que, en ocasiones, en la España del libérrimo abucheo, las autoridades sí toman medidas contra la expresión vociferante. Incluso cuando no está organizada, o tal vez por ello. Debe de ser que una pitada es digna de protección institucional si está organizada y subvencionada, y publicitada desde la sede del Congreso. Siempre que vaya, claro, contra los símbolos de la nación. Los únicos que aguantan, en todos los sentidos, la pitada. Porque el derecho tiene su revés: una bronca mientras sonaran Els Segadors o el Eusko Abendaren Ereserkia sería un ultraje intolerable.

El mundo del fútbol implicado en esa final –que creo organiza España– se ha pronunciado por la libre expresión de sentimientos. Yo veo el fútbol desde lejos, pero tengo entendido que allí hay expresiones de sentimientos que reciben crítica, repudio y hasta sanción; las racistas, por ejemplo. El odio, señor Rosell, también es un sentimiento. Pero, vaya, no agüemos la fiesta, no criminalicemos a las respetables aficiones, y con sensatez y serenidad, sin meternos nunca en política, facilitemos el desarrollo de este acto de propaganda nacionalista. Ante todo, que siga el fútbol.

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