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Cristina Losada

Podemos nunca fue

Los "anticapitalistas" de Podemos no se enteran. O no les han dado su porción del pastel.

Cristina Losada
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Los "anticapitalistas" de Podemos están a punto de escindirse, que es lo único que pueden hacer unos "antis" cuando su partido está en modo "pro". La denominación "anticapitalistas" suscita alguna cuestión previa. Como si, por ejemplo, pasa ahí lo mismo que, en célebre definición del escritor Ennio Flaiano, sucedía con los fascistas en Italia, donde se dividían, dijo, en dos clases: los fascistas y los antifascistas. Con lo cual se pretende indicar la precariedad de la terminología "anticapi" en el día de hoy, empezando por la evidencia de que se trata de terminología, no de ideología. El hecho de que haya en el Gobierno un ministro de la parte Unidas de Podemos que se declara comunista, no satisface a esos "anticapitalistas", que verán insuficiente su consumo de chándals de la extinta DDR, la Alemania oriental del comunismo real.

Los "anticapitalistas" de Podemos tienen razón cuando dicen que el Podemos que se fundó hace seis años y el actual tienen poco que ver. Acusan a la dirección, que se ha reducido a la pareja Iglesias-Montero, de una "estrategia de subalternización al PSOE", cosa que es cierta. Aunque el asunto es qué otra opción quedaba, después de haber fracasado la estrategia de sustitución. En cuanto a los objetivos, ven incontables diferencias entre un antes que debía de ser muy "anti" y un ahora en el que "se ha pasado de impugnar a la clase política y a las élites económicas a convertirse en parte de la primera sin tocar los beneficios de las segundas". Ya son casta, vienen a decir. Casta, pero no castos, puesto que se han integrado en un "Gobierno progresista-neoliberal". En la terminología seguimos.

No hay de qué extrañarse, sin embargo. Para Iglesias, todo aquello de la casta y la gente fue una estrategia. Cualquiera que indagara un poco entonces podía descubrir que los mensajes y la actitud con los que logró catapultar a Podemos a la primera línea política, gracias en parte a ayudas externas, tenían un carácter instrumental. Su objetivo fue siempre llegar al poder, aunque no en el sentido en que lo es para los partidos que juegan en el campo de la democracia liberal. Más que de llegar al poder, su lenguaje era el de la toma del poder. Como corresponde a partidos de naturaleza revolucionaria. Son partidos que no se proponen simplemente gobernar: se proponen la ruptura. Su objetivo es acabar con el "sistema". O el "régimen". E instaurar otros. Podemos se movió siempre en esa línea, yendo más allá o más acá en función de lo que resultara más eficaz. Era tomar el poder o, en sus términos, asaltar el cielo, disfrazado de lagarterana, si hacía falta.

Los "anticapis" reprochan a Podemos que haya dejado de ser "antisistema" por aceptar una posición subordinada en un Gobierno del "sistema". Pero igual que no vieron el carácter instrumental del mensaje inicial, no ven ahora lo instrumental de estar en el Consejo de Ministros. Para empezar por las ventajas inmensas que proporciona para ganar espacios de poder e influencia y tejer las imprescindibles redes clientelares. El poder llama al poder, esto es sabido. Lo que desgasta, como sentenció el experimentado Andreotti, es no tenerlo. Y las ventajas de tenerlo se multiplican cuando existe la posibilidad, como ocurre en en nuestro país, de que un partido en el Gobierno disponga de una enorme capacidad para el reparto e invención de cargos y puestos en la esfera pública.

Los "anticapitalistas" de Podemos no se enteran. O no les han dado su porción del pastel. Pero tampoco se percatan de que la aparente subordinación no implica que se hayan abandonado las aspiraciones de ruptura. Únicamente ha cambiado el modo de dirigirse hacia aquel cambio de régimen del que hablaban. La política económica está sometida a las restricciones que impone la pertenencia a la UE, pero al objetivo rupturista se le abren otros cauces. A fin de cuentas, la auténtica coalición, la que Iglesias se esforzó en forjar, es con el separatismo. Y el PSOE no sólo está subordinado a esa relación de dependencia. Es que, además, le gusta.

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