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Cristina Losada

Robespierre Monedero camino de la guillotina

Sin haber hecho, afortunadamente, ninguna revolución, salvo la revolución de los sondeos, la revolución de Podemos ya está devorando a sus hijos.

Cristina Losada
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Hace no más de 24 horas le preguntaron aquí al economista Juan Torres, uno de los dos autores del borrador de programa económico de Podemos, si tenía dudas sobre la viabilidad de ese partido. "UCD desapareció en un día", contestó. Hay que ver qué mala es la gente, pensé a la vista de una analogía que no podía ser bienintencionada. A Torres, los de Podemos no le habían vuelto a llamar desde la presentación de aquel documento, que fue una presentación con gran alharaca y revuelo de cámaras. Era un caso claro de utilización y "ya te llamaré". Le habían hecho un feo, y posiblemente estaba despechado. Pero la anécdota no tardó en ascender a categoría.

Veinticuatro horas después, Juan Carlos Monedero, al que se consideraba amigo personal y mano derecha –porque en las manos sí persisten una derecha y una izquierda– del secretario general de Podemos, confesó que se sentía traicionado y engañado por la evolución de su partido. Y esto no le ha sucedido después de años de trayectoria y vicisitudes, sino prácticamente en la primera hora. ¿Le marginaron como al economista Torres, con el agravante de que Monedero no era un colaborador, sino miembro fundador del partido? ¿Fue por las irregularidades que le detectó Hacienda? ¿Le hicieron el vacío para intentar distanciarse del régimen venezolano, del que Monedero fue asesor con despacho en el palacio de Miraflores?

Sea como fuere, lo que refleja Monedero es una decepción con los efectos de las estrategias que condujeron a Podemos a situarse como un partido de muchos posibles. Ha lamentado, así, el hecho de que para el partido o sus dirigentes sea más importante un minuto de televisión que reunirse con un pequeño círculo. Hombre, ¡y cómo no va a serlo! Si no fuera por los minutos de televisión que han obtenido Pablo Iglesias y él mismo, entre otros, Podemos no hubiera llegado a existir en los sondeos. Es decir, no hubiera llegado a existir. Por ende, sin esos preciosos y cariñosos minutos televisivos no existirían los círculos, ni los grandes ni los pequeños. Ni, eso es verdad, el círculo vicioso al que arrastra la sobreexposición mediática.

En cualquier partido pasan estas cosas, me dirán. Pero en Podemos confluyen dos rasgos que abonan el campo para la tensión interna. De un lado, quiso recoger la herencia asamblearia del 15-M, pero la recogió sólo a efectos decorativos. Los círculos prometían una horizontalidad que la realidad del partido desmentiría. Hubo la pretensión de construir una organización contra el principio jerárquico y Podemos es igual o más jerárquico y centralizado que cualquier otro partido. La cúpula es la que manda, los candidatos de la dirección ganan en la mayoría de los sitios y la participación de las bases no ha hecho más que menguar, como estaba cantado, con el paso del tiempo.

Aún más determinante es el segundo y peculiar rasgo. Podemos nació de un grupo de personas con un historial y unas hechuras ideológicas propias de la extrema izquierda, pero lo que montaron, deliberadamente, fue un partido con vocación atrapalotodo. Uno que no sólo consiguiera absorber al votante de IU, cosa natural, sino también al del PSOE e incluso al de derechas. La divisoria, proclamaron, no está ahora entre la derecha y la izquierda, sino entre la gente y la casta, entre los de abajo y los de arriba. Todos los partidos modulan sus propuestas y su discurso a fin de atraer a más votantes, sí. Pero en Podemos nos encontramos con que unos fundadores que no tenían empacho en declararse comunistas y asesoraban al chavismo dijeran que su modelo de referencia era Noruega.

Más que una organización paraguas, Podemos se asemeja a una organización pantalla. Y las organizaciones pantalla, las que ponían en pie los viejos partidos comunistas, funcionaban sólo y precisamente porque las dirigía, en la sombra, un partido del todo jerarquizado, centralizado y disciplinado. No es el caso. Podemos ha tenido intención de voto y votos antes de tener un partido. Y antes de tener un partido tiene problemas de partido. Sin haber hecho, afortunadamente, ninguna revolución, salvo la revolución de los sondeos, la revolución de Podemos ya está devorando a sus hijos. Ahí va, pues, Robespierre Monedero, camino de la guillotina. ¡A quién se le ocurre preferir a Galeano antes que Juego de tronos!

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