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Cristina Losada

Un Gobierno a cualquier precio

Si Gobiernos anteriores han sido incapaces de encarar con éxito problemas de tanta extensión, ¿por qué iba a ser capaz el próximo?

Cristina Losada
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Cristina Losada - Un Gobierno a cualquier precio
Pedro Sánchez en su reunión con ecologistas | EFE

Después de un breve impasse, está fraguando un estado de opinión. Un estado propiamente exclamativo: ¡que haya un Gobierno ya! No está claro cómo ni por qué, pero uno se lo encuentra sólidamente instalado, como si dijéramos, en cualquier barra de bar. No hay por lo visto nada más importante y urgente en España que tener un Gobierno. Es sorprendente que este deseo conviva con la eterna animadversión a los políticos, puesto que un Gobierno lo forman y lo formarán esos detestados. Pero los estados de opinión son como los de ánimo. Aunque fraguan, son inconsistentes.

La expresión más asombrosa de esta urgencia ha venido de las organizaciones ecologistas con las que se ha reunido Pedro Sánchez. Según su portavoz, "este país necesita un Gobierno ya", porque "se seca, se empobrece, se vacía, se desertifica y tenemos sólo y exclusivamente una década para actuar". Una declamación que muestra una pasmosa confianza en la acción gubernamental. En la futura, es decir. Pasmosa por infundada. Si Gobiernos anteriores han sido incapaces de encarar con éxito problemas de tanta extensión, ¿por qué iba a ser capaz el próximo? Pero nada, sigamos creyendo y haciendo creer en la omnipotencia de los Gobiernos y la acción política.

Lo de las ONGs tiene, no obstante, poco misterio. Sánchez está recurriendo a la sociedad civil Potemkin para armar su ofensiva de presión. Quiere que un coro civil, en ceremonia pública, eleve la rogativa para que haya un Gobierno de inmediato. Quiere alentar el estado de opinión de la urgencia y hacer más difícil y costoso para los partidos renuentes mantener el rechazo a su investidura. Más estrambótico es que haya partidos de la oposición ayudando en la maniobra por su interés en dejar a Sánchez como un inútil por no haber podido formar Gobierno.

Y en éstas, habla el Rey. Sus palabras, un tanto informales, durante un posado, se presentan como una exhortación y un apremio. La interpretación - el apremio, el golpe en la mesa- es de prensa de agosto. Pero ahí está. Lo quisiera o no, previera o no el efecto de sus palabras, el Rey figura ahora entre los que presionan a los partidos para que se pongan de acuerdo y eviten repetir las elecciones. Como un actor político más, cuando ni lo es ni puede serlo.

En Holanda, donde los Gobiernos de coalición son ley de vida, se estableció un protocolo para su formación, que incorpora las figuras del formateur, equivalente al candidato a la investidura, y el informateur, una personalidad de prestigio, fuera de la política activa, que explora las opciones de Gobierno posibles. Este protocolo sirve, entre otras cosas, para minimizar la exposición del rey a los efectos de la batalla política. Quizá hay que tomar nota.

Nada garantiza, sin embargo, la celeridad. El actual gobierno de Holanda tardó siete meses en componerse. Aquí tenemos mucha prisa. Hasta el Rey se ha hecho eco del estado de opinión de urgencia. Como uno más de los que demandan a los políticos que hagan su trabajo, porque, oiga, los ciudadanos ya han hecho el suyo. Como si de pronto todo el mundo quisiera un Gobierno a cualquier precio antes que llamar nuevamente a las urnas. La prisa, esa interesada consejera.

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