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Cristina Losada

Un lugar en el infierno

Si alguna mujer quiere compartir ese lugar en el infierno, hágalo saber, que hay sitio: el manifiesto sigue abierto a la firma.

Cristina Losada
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Si alguna mujer quiere compartir ese lugar en el infierno, hágalo saber, que hay sitio: el manifiesto sigue abierto a la firma.

Las primarias norteamericanas han traído noticias sobre el voto de las mujeres. Hillary Clinton, que fue First Lady y luego secretaria de Estado en el primer mandato de Obama, era hasta hace poco la segura candidata a la Casa Blanca por el Partido Demócrata en las elecciones de noviembre. Puede que lo vaya a ser, pero en el camino se ha encontrado un obstáculo nada desdeñable: la capacidad de conexión con el electorado del senador Bernie Sanders, que se define como un socialista democrático. Conexión con el electorado femenino joven, para ser precisos. Uno de los factores imprevistos por la campaña de Clinton es que las mujeres jóvenes están mucho más por Sanders que por la que podría ser la primera mujer presidente de los Estados Unidos de América.

¿Cómo es que las jóvenes no valoran el avance que supondría para todas las mujeres que una de ellas llegue a la presidencia de la nación más poderosa del mundo? Esta es, aproximadamente, la pregunta que se están haciendo mujeres de la generación de Clinton y mayores. Una de ellas, Madeleine Albright, que fue secretaria de Estado con Bill Clinton, protagonizó uno de los instantes más perturbadores de la campaña cuando en un acto de apoyo a la candidata dijo que "hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no se ayudan entre ellas". Poco después, Gloria Steinem, estrella del feminismo de los 70, echó leña al fuego al soltar, en un programa de televisión, que las jóvenes apoyan a Sanders, porque "los chicos están con Bernie".

Las dos se retractaron de sus palabras. Y Albright las explicó. Pero es obvio que ambas expresaban su perplejidad y su enfado por la indiferencia que parecen sentir las mujeres jóvenes ante la oportunidad de que haya, por primera vez, una presidenta de los EEUU. Para ellas, para muchas otras, lo lógico, lo que estaba mandado, era que las mujeres fueran en masa a votar por Hillary. Pero si esperaban tal cosa y no sucede, es que se han perdido algo: algo que tiene mucho que ver con la evolución de las mujeres y los cambios en la situación de las mujeres que ha habido en las últimas décadas. La columnista Maureen Dowd, del New York Times, lo expresaba de manera impecable hace unos días:

En realidad, las mujeres jóvenes que votan por Bernie están viviendo el sueño feminista, donde el sexo no restringe ni define las opciones, y las niñas crecen sabiendo que pueden ser lo que quieran ser. Las aspiraciones del feminismo de los 70 ya forman parte de la cultura.

La brecha entre las feministas veteranas y las mujeres jóvenes que se manifiesta en torno a la candidatura de Hillary Clinton no es un fenómeno particular de Estados Unidos. De distintos modos, por diferentes motivos, el divorcio entre el feminismo oficial y las mujeres, sean jóvenes o no, resulta visible en otros países desde hace tiempo. También en España, donde muchas mujeres no pueden reconocerse en la visión que dan de su situación los grupos que monopolizan la defensa de la mujer. Y no pueden reconocerse porque es imposible reconocer como real el cuadro distorsionado y tendencioso que difunden. Un cuadro que está configurado por la idea de que todas las mujeres son víctimas por el hecho de ser mujeres, y todos los hombres son verdugos por el hecho de ser hombres. "Todos podemos ser maltratadores", decían en una campaña de hace algunos años. Era una de esas campañas que pretenden ayudar a las mujeres maltratadas, pero se transforman, y no por error ni por azar, en campañas de victimización de la mujer y de criminalización del hombre.

Por iniciativa de la periodista Berta González de Vega, firmamos y publicamos recientemente un manifiesto Contra la generalización del género, que han suscrito más de sesenta mujeres. Lo hemos hecho para cuestionar un discurso predominante "que presenta a las mujeres por defecto como víctimas del heteropatriarcado, de una sociedad machista". Para confirmar que "la situación de las mujeres en España, según todas las estadísticas de organismos internacionales, es de las mejores del mundo, sin que ello signifique que no pueda mejorar". Para decirles a las jóvenes y a las niñas que ahora en España "pueden llegar donde se propongan". Para constatar que la Ley de Violencia de Género no ha conseguido reducir significativamente el número de víctimas mortales y que es necesario “hacer una evaluación rigurosa de qué ha fallado”. Y para rebelarnos contra el uso de las mujeres como "expresión de un bloque monolítico de pensamiento, iguales en sus aspiraciones y en sus quejas".

Es posible que por decir todo eso, por proclamar la evidencia de que "en España somos libres e iguales en derechos y deberes a los hombres", se nos esté preparando un bonito lugar especial en el infierno. La victimización de la mujer, la generalización del género, resultan muy convenientes para ciertos grupos de interés, ciertos partidos y ciertos medios de comunicación más aficionados al tremendismo que al rigor. Pero si alguna mujer quiere compartir ese lugar en el infierno, hágalo saber, que hay sitio: el manifiesto sigue abierto a la firma.

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