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El castrismo y los intelectuales: maldad celebrada

El régimen celebrado por los librepensadores del mundo, que al grito de "¡Viva Cuba Libre!" venía a devolver la dignidad a toda Hispanoamérica, espiaba y amenazaba a quienes se arriesgasen a pensar libremente.

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El régimen celebrado por los librepensadores del mundo, que al grito de "¡Viva Cuba Libre!" venía a devolver la dignidad a toda Hispanoamérica, espiaba y amenazaba a quienes se arriesgasen a pensar libremente.
EFE

Las defensas enardecidas pueden ser letales. La verba se inflama, el pecho se acalora y el fanatismo –como los tabús en el inconsciente– termina asomando grito a través. Cada vez que Carlos Puebla, cantor oficial de la Revolución cubana, se propuso exaltar las bondades del castrismo, acabó proporcionando a la disidencia una prueba de cargo que no había propaganda que la contrarrestase. Una de sus trovas dice así:

Caballeros, no hay razón,
que no hay razón, caballeros,
de que se le pongan peros
a nuestra revolución.
Y al que asome la cabeza,
duro con él, Fidel,
duro con él.
(…)
Quien piense en algún mañana
mejor que lo piense bien
que aquí sabe cada quien
el que vive en su manzana.

Escribió Aranguren que el totalitarismo es la politización máxima de la existencia. Si un régimen favorece la delación de los pensamientos del vecino, del hermano, del compañero de fábrica, está elevando a problema de seguridad nacional lo que no pasa de calambre en las neuronas del individuo (de un pobre individuo que, posiblemente, sea también un individuo pobre, pues uno no se imagina a los cubanos que cenan dos veces ideando un porvenir incierto frente a la holgada certidumbre de su riqueza actual).

En el agosto de mis diecisiete años cayó en mis manos un libro escrito con las desgarraduras del espíritu, con esas purulencias de dolor en las que el odio no es odio, sino memoria fértil. Se titulaba Necesidad de libertad, de Reinaldo Arenas, y no hacía mucho que la editorial Point de Lunettes lo había rescatado. Allí se cuenta cómo dos agentes de la Alta Seguridad del Estado irrumpieron en casa de José Lezama Lima para que se retractara de unas críticas contra el régimen. Lezama negó haber discrepado de la Revolución, pero uno de los agentes sacó entonces una grabadora y reprodujo una cinta. En ella se oía a un Lezama asmático lamentarse de la falta de libertad. La grabación se había obtenido en su propia casa. El régimen celebrado por los librepensadores del mundo, que al grito de "¡Viva Cuba Libre!" venía a devolver la dignidad a toda Hispanoamérica, espiaba y amenazaba a quienes se arriesgasen a pensar libremente.

Pero no, los agentes no perseguían la retractación de Lezama, sino darle un pequeño aviso: una amenaza sutil. Aquella vez no acudieron solos. Los acompañaba Heberto Padilla, que años más tarde publicaría su poemario Provocaciones, donde denunciaba torturas y abusos policiales. Detenido a causa de esta obra, fue obligado a desdecirse en una rueda de prensa retransmitida por los servicios de propaganda: "En las numerosas sesiones que he mantenido por espacio de más de un mes con los oficiales del Ministerio del Interior, he aprendido finalmente a admirarlos y amarlos". La ironía de Padilla fue superior a la inteligencia de sus carceleros. Winston, el protagonista de 1984, también aprendió a querer al Gran Hermano. «He loved Big Brother», termina la novela de George Orwell. El guiño era evidente.

El caso Padilla (1971) supuso un cisma entre los intelectuales adeptos a la Revolución y los intelectuales críticos de izquierda y derecha. Algunos que firmaron el primer manifiesto en defensa del represaliado –tal fue el caso de Julio Cortázar– negaron su firma para el segundo. Otros, como Mario Benedetti y Gabriel García Márquez, se ufanaron de contrarreplicar a los críticos. En una carta fechada el 28 de abril, Benedetti se burlaba de la hipótesis de que al Galileo cubano le hubiesen sometido a penurias: "No podrán decir que ‘fue salvajemente torturado’, porque me imagino que el Bebo estará tan rubicundo y lozano como cuando se instalaba en el Hotel Nacional". La polémica recordaba a la exclusión de André Gide en el Segundo Congreso de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia en 1937. Un año antes, Gide se había atrevido a descreer de la fraternidad del camarada Stalin. Lo hizo en Regreso a la URSS. A su muerte, la Iglesia Católica le concedió el honor de engrosar el Índice de Libros Prohibidos, lo que nos recuerda que la vesania no entiende de credos.

Lo mismo que Guillermo Cabrera Infante, también Heberto Padilla y Reinaldo Arenas se dejaron convencer en 1959 por las esperanzas de cambio, por el viento fresco de una Revolución que parecía pintiparada para una juventud culta, enferma de tedio y proclive a la ideolatría. Los tres terminarían exiliados. Lezama Lima, sin embargo, no pudo escapar: el régimen ni siquiera le autorizaba a recoger los galardones que le otorgaban fuera de la isla. Cuando en 1972 le concedieron en Madrid el premio Maldoror, la carta con la notificación del fallo fue interceptada por las autoridades.

Por desgracia, tampoco la muerte lo salvó de la tiranía. A las pocas semanas de su entierro, varios agentes asaltaron su domicilio y requisaron manuscritos, libros y correspondencia. Otros textos se los había enviado en vida a Nicolás Guillén, presidente Unión de Escritores y Artistas de Cuba, para que los publicase en la prensa autorizada. Pero lo único que hizo con ellos fue hacerlos destruir. Sobre ser buen poeta, Guillén se mostró en sus años serviles como un fanático en octosílabos hermosos.

Cuanto va dicho no merma un ápice la altura literaria de Gabriel García Márquez o Pablo Neruda, que antes de escribir su odita a Fidel había saludado, con envidiable torrencialidad retórica, a Fulgencio Batista. De planteamientos políticos errados está la historia de la literatura llena. En España, sin ir más lejos, algunos exquisitos prosistas de la Falange pusieron su finura de oído al servicio de la propaganda nazi. Y a otros, como González Ruano, participar en tramas siniestras no les impidió escribir maravillosamente. Que un gran literato defienda posiciones miserables no dice nada en contra de su literatura, salvo que se sirvió de ella para defender posiciones miserables. Si tienen que responder por ello, que lo hagan como ciudadanos, no como escritores. La frontera, no obstante, dista de estar clara.

Las dictaduras se diferencian de las democracias en que en éstas hasta el más torpe puede llegar a presidir el Gobierno y en aquéllas ni siquiera el más capaz puede lograrlo. En el caso de Cuba, buena parte de la intelectualidad europea se posicionó –y en ello sigue– a favor del bruto. Por eso no debe extrañarnos que los torpes de algunas democracias se alineen con los ruines del castrismo. Mas no creamos que los necios y los miserables de por aquí necesitaron doparse con las páginas de Granma y Juventud Rebelde para defender la represión. Los inteligentes, los librepensadores, los de ánima pura y generosa, ya se encargaron antes de escampar la plaza para que la maldad y la tiranía prosigan su verbena, su sacrificio del chivo expiatorio, su celebración de la barbarie. Para que no decaiga, en suma, el auto de fe.

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