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Padres y adopción, desaparecidos en combate

Seguiremos viendo a las Femen acosando y a las feministas declarándose propietarias absolutas del niño. Lo que sea con tal de no hablar en serio.

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Si sorprende que se haya puesto el foco de la reforma de Gallardón en el aborto eugenésico, no lo hace en cambio que nadie hable de dos asuntos, si se quiere, accesorios, pero que bastarían para ampliar la discusión fuera de la demagogia de los derechos individuales de las mujeres donde parece que se está colocando. Si es que me lo permiten las tetas y el pubis de doña Ascensión de las Heras, claro.

En primer lugar está la extraña contradicción de que sean las madres, y sólo las madres, quienes decidan si abortar o no pero, si deciden seguir adelante, los padres deban también hacerse cargo. Excepto el hecho de acarrear con él nueve meses, que desde luego no es moco de pavo, todas las razones que se dan para justificar que una mujer tome la decisión de matar a su futuro hijo pueden ser perfectamente aplicables al padre: que no es cosa de arruinarse la existencia por un despiste de una noche, que el fallo de un anticonceptivo no puede cambiarle la vida a nadie, que sacar adelante a un hijo teniendo pocos recursos es demasiado pedir... En fin, ya saben. Lo dicho: ¿acaso no le pasa lo mismo a los hombres?

Ojo, no estoy defendiendo que nos desentendamos de las consecuencias de nuestros actos; más bien al contrario. Ahora bien, que no tengamos voz ni voto en la decisión de abortar pero sí debamos acarrear con las consecuencias de seguir adelante con un embarazo se parece a ese juego perverso en el que pierdes si sale cruz y gana el otro si sale cara. Si un hombre se quiere desentender de un hijo es un cabrón egoísta e inmaduro al que un juez debe obligar a asumir sus obligaciones. Si una mujer no quiere tener a su hijo, pobrecilla, es que no se puede obligar a nadie a ser madre. Pero si es cuestión de responsabilidad, la tienen tanto él como ella, excepto en la veintena escasa de casos de embarazo por violación que hay cada año.

Con todo, es casi peor que nadie mencione la adopción. En España se realizan unas 10.000 adopciones al año. Casi todas se hacen en el extranjero, lo que supone una barrera de entrada que seguramente hace que muchas parejas ni se lo planteen. Parejas, las que adoptan y las que lo harían si hubiera una mayor oferta en España, que podrían absorber al menos una parte de los más de 100.000 abortos anuales que se producen en nuestro país. Llevar a término el embarazo y dar un hijo en adopción no es sencillo, qué duda cabe, pero abortar también puede ser traumático para la mujer. En cualquier caso, lo crucial es que es una opción que existe y que abortar no es la única salida si por razones de mayor o menor peso los padres no quieren serlo. Establecer los términos del debate como si la adopción no existiera es un engaño, porque la inmensa mayoría de los argumentos que se dan para justificar que se acabe con la vida del feto desaparecen ante la adopción.

Pero nada, seguiremos viendo las tetas de las Femen acosando a quienes discrepan de ellas y a las feministas declarándose propietarias absolutas del niño que han concebido, sin entrar a discutir la naturaleza biológica o ética del no nacido. Lo que sea con tal de no hablar en serio.

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