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EDITORIAL

Cortar los lazos de la tiranía separatista

Esos catalanes admirables que defienden su libertad y la de todos arrancando lazos liberticidas merecen un Gobierno que no les traicione y que cumpla con su deber de cumplir y hacer cumplir la Constitución.

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Es innegable que desde el 8 de octubre del año pasado algo ha cambiado en Cataluña, territorio sometido a decenios de dictadura del miedo nacionalista.

Encomiable prueba de ello son los catalanes que se están dedicando a liberar el espacio público de las aberrantes cruces y los repugnantes lazos con que la canalla separatista recuerda a los golpistas presos o cobardemente huidos de la Justicia. Ciudadanos anónimos que se arriesgan a sufrir la violencia de los infames CDR, a ser marginados en una sociedad copada por el parasitario nacionalismo hipersubvencionado y, lo más execrable e intolerable, a sufrir la persecución de unos Mozos de Escuadra devenidos en ominosa policía política.

Esos valerosos catalanes, que se organizan y ayudan como buenamente pueden, y que precisan del aliento del resto de la sociedad española –y de valiosísimos consejos para llevar adelante su lucha–, son el núcleo de una resistencia cívica letal para un separatismo juramentado con el control totalitario del Principado, al que pretenden convertir en una republicucha populista pesadillesca.

Los catalanes que salen a limpiar las calles de basura liberticida o lucen la bandera nacional en sus balcones son más conscientes que nadie de la importancia de no dejar el espacio público en manos de los golpistas y sus mamporreros; de acabar de una vez por todas y de la manera más expresiva posible con el mito del "un sol poble" que, sin vergüenza, abanderan unos indeseables que pretenden convertir a la mitad de los catalanes en extranjeros en su propia tierra.

Pero mientras la Generalidad vuelve a estar bajo el control absoluto de los peores enemigos de Cataluña, el Gobierno de Pedro Sánchez, el Ausente, parece aún menos dispuesto que el de Mariano Rajoy a hacer frente a la amenaza separatista. Así, cree que con mesas de negociación sobre temas secundarios va a apaciguar a los golpistas, que el envenenamiento de la convivencia provocado por los nacionalistas se esfumará cualquier día de estos y que es perfectamente legítimo transigir con cualquier desmán supremacista con tal de asegurar lo que queda de legislatura.

Esos catalanes admirables que defienden su libertad y la de todos arrancando lazos liberticidas merecen un Gobierno que no les traicione y que cumpla con su deber de cumplir y hacer cumplir la Constitución. Y el amparo de una Justicia que se muestre implacable con los dinamiteros de la democracia, especialmente con los que detentan posiciones de poder en el Estado contra el que con toda vileza están atentando.

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