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EDITORIAL

El dislate de Casado

Urge que los líderes del PP y de Vox sean conscientes de una puñetera vez de que lo que está en juego no es su futuro personal ni el de sus partidos.

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Ni en las más pesimistas previsiones cabía esperar que la moción de censura de Vox a Pedro Sánchez acabaría siendo tan desastrosa para el centro derecha en España. Un desastre que, además, llega en el momento en el que más necesitan este país y sus instituciones una alternativa real a la deriva liberticida de un Gobierno que es un peligro muy serio para la democracia.

Pero el discurso de este jueves de Pablo Casado ha pasado de soslayo sobre eso y, en lugar de censurar a un Ejecutivo que no puede ser más censurable, ha lanzado una moción durísima contra Vox y contra el propio Santiago Abascal, con un tono muy elevado y una agresividad, incluso en lo personal, que estaban completamente fuera de lugar: cualquiera que haya seguido la sesión parlamentaria pensará que al líder popular le genera un rechazo muchísimo mayor Vox que el propio PSOE de Sánchez o incluso Podemos.

El discurso del presidente del PP ha resultado aún más improcedente después de pacto firmado este miércoles por los socialistas con comunistas, golpistas y hasta con los herederos de ETA, un acuerdo contra Vox del que por supuesto han excluido tanto al PP como Ciudadanos, a los que sin duda se les aplicará cuando llegue el momento oportuno. Y en esa situación, el partido que durante muchos años se ha visto sometido al cinturón sanitario de toda la izquierda parece sumarse con entusiasmo a un tratamiento análogo contra otra formación que encima es una de las pocas con las que puede llegar a acuerdos y que, de hecho, sostiene sus gobiernos en Madrid, Andalucía, Murcia e innumerables capitales, incluida la de España.

Prácticamente desde su llegada a la presidencia del PP Casado ha venido hablando de la reconstrucción del centro derecha, es muy dudoso que un discurso como el de este jueves, agresivo y mostrando un desprecio terrible, pueda ayudar a construir puentes con otros partidos sino que más bien los dinamita. Del mismo modo no se conoce al votante al que recibir una catarata de insultos le ayude a cambiar de voto a otra formación. 

No sería justo olvidar que Vox viene cometiendo algunos de estos errores desde hace tiempo y que el discurso de Santiago Abascal este miércoles es ejemplo de ello. Pero la actitud del líder de Vox no ha llegado al extremo de algo como el discurso que ha lanzado Casado este jueves en el Congreso y, de hecho, la respuesta de Abascal, comprometiéndose a no romper los gobiernos que su partido sostiene y manteniendo un tono infinitamente menos agresivo, ha sido mucho más responsable. 

En cualquier caso, uno y otro deben entender que quizá en una situación menos dramática se podrían dedicar a destrozarse mutuamente para ver cuál de los dos era el líder del centro derecha español. Pero con el país en plena pandemia, sumido en una crisis económica de una magnitud colosal y en manos de un Gobierno liberticida dispuesto a todo con tal de mantenerse en el poder ese es, sin duda, un lujo que ni España ni sus propios partidos se pueden permitir. 

Urge una rectificación y urge, sobre todo, que los líderes del PP y de Vox sean conscientes de una puñetera vez que lo que está en juego no es su futuro personal ni el de sus partidos, sino el de España, que es infinitamente más importante. Si no lo entienden no se tratará ya de elegir entre uno y otro sino de mostrar a todos la puerta de salida.

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