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Esperpento separatista

Ni hay moderados ni hay buenos con los que pactar: todos sienten el mismo desprecio por España y buscan con el mismo ahínco acabar con ella.

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Prácticamente cada día el separatismo catalán ofrece un nuevo espectáculo bochornoso, una violación de la leyes más u otra escenificación estrafalaria, ya sea del desacuerdo más absoluto o de la más pétrea unanimidad.

Los que han presumido de una cultura política mucho más refinada que la española, los seres superiores a las "bestias" que usan el español, los moradores de la "Dinamarca del Sur" son incapaces de lograr que sus instituciones funcionen con un mínimo de normalidad, y de la fantasía totalitaria del un sol poble se ha pasado a un caos de intereses personales y partidistas con unos políticos que han perdido completamente el control de la situación, que no son capaces de seguir ningún rumbo y que corren el peligro de verse desbordados por el radicalismo que ellos mismos han instilado en sus propias bases.

Tal y como ha podido verse con en los plenos del Parlament de esta semana, y en la esperpéntica ceremonia de la confusión de este jueves alrededor de los diputados suspendidos por Llarena, el separatismo está desnortado y enloquecido; por cierto, de ninguna de las maneras cabe la distinción entre separatistas buenos y malos, o entre nacionalistas radicales y moderados. Por mucho que algunos estén deseando vender esa mercancía averiada, ni hay moderados ni hay buenos con los que pactar: todos sienten el mismo desprecio por España y buscan con el mismo ahínco acabar con ella.

Aunque es seguro que desde los medios al servicio del poder y desde la propia Moncloa se tratará de mostrar estas disensiones en el separatismo como una oportunidad y una excusa inmejorable para repartir prebendas e insultos, la realidad es exactamente la contraria: lo que está ocurriendo confirma que es una absoluta locura pretender que la gobernabilidad y la estabilidad de toda España descansen sobre unos partidos que son incapaces de gobernarse a sí mismos.

Es el momento de recordar también el fracaso de quienes se empeñaron primero en unas elecciones para las que era obvio no se daban las mínimas condiciones y después en llevar a Cataluña una normalidad que en ningún momento podía pasar por los partidos que habían dado un golpe de Estado, o por personajes como el racista Quim Torra.

Esa cobardía y ese cortoplacismo han sido lo que ha conducido a esta situación. Se ha desperdiciado la oportunidad histórica que supuso el 155 y la corriente de patriotismo y ansias de libertad que el golpe de Estado recorrió toda España. Sólo cabe esperar que ahora no se repita un error tan garrafal; aunque lo cierto es que el doctor Sánchez no está dando, precisamente, motivos para la esperanza.

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