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EDITORIAL

No sólo Marlaska

Ni el Gobierno en su conjunto ni su presidente tienen la talla moral que se exige en las democracias dignas de tal nombre.

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La sentencia sobre la destitución del coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos pone en el disparadero a un ministro, el de Interior, que no debería permanecer un minuto más en el cargo después de que la Audiencia Nacional haya considerado probado que pidió a un subordinado cometer un delito. 

Muy pocos altos cargos de democracias occidentales aguantarían en su puesto tras un varapalo judicial así, y, desde luego, ningún Gobierno respetable seguiría contando con alguien en esa tesitura. El problema es que, al igual que Fernando Grande Marlaska no es un ministro homologable a sus colegas europeos, ni el Gobierno en su conjunto ni su presidente tienen la talla moral que se exige en las democracias dignas de tal nombre.

El ministro del Interior no debería estar un día más en el cargo, ciertamente; pero es que la mayor parte de sus compañeros tampoco merece sentarse en el Consejo de Ministros, empezando por el plagiario que lo preside. 

Pero en lugar de destituciones, individuos como Salvador Illa, ministro de Sanidad con decenas de miles de muertos a sus intolerablemente incompetentes espaldas, lo que reciben son premios, como la candidatura del PSC a presidir la Generalidad de Cataluña.

¿Y qué decir de José Luis Ábalos, que no ha dejado de saltar de escándalo en escándalo desde su infame noche aeroportuaria con la enviada del narco-chavismo, Delcy Rodríguez? ¿En qué país de la Unión Europea se habría soportado la catarata de versiones contradictorias y mentiras que se han sucedido en este escándalo? ¿Dónde se permitiría que un escándalo como el rescate de Plus Ultra no se saldase ya no con la destitución de los directamente implicados sino con la caída del Gobierno en pleno?

En cuanto a Yolanda Díaz, ahora ya no es sólo ministra sino vicepresidenta, cuando ha sido incapaz de afrontar con un mínimo de eficacia los monumentales retos que ha debido afrontar su ministerio en el último año y ha visto cómo un ataque informático paralizaba el SEPE durante un periodo de tiempo intolerable. 

De la fanática ignara Irene Montero y su semejante –aunque ellas no lo crean– Carmen Calvo, cuya pelea de gallinas feminista costó literalmente la vida a tantos españoles, mejor no hablar. 

Está visto que de este Gobierno sólo se sale para ser candidato, como Illa o como el propio Pablo Iglesias, mientras su partido se ve cada día más cercado por los problemas legales de su relación con Neurona y él mismo tiene también graves escándalos que solucionar en los juzgados. 

Y todo esto, conviene no olvidarlo, en el Gobierno que alcanzó el poder a través de una moción de censura cuyo propósito era dignificar las instituciones y que lo único que ha hecho ha sido convertir la mentira en la herramienta clave de su política.

En España

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