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El fascismo emboscado

Lo del secesionismo catalán es totalitarismo puro y duro.

Eduardo Goligorsky
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EFE

A diferencia de algunos colegas, siempre me he negado a equiparar el movimiento secesionista catalán con el nazismo. A mi juicio, hacerlo implica trivializar un sistema criminal que encarnó, junto con el comunismo, el mal absoluto en el siglo XX. El secesionismo reúne todas las condiciones para definirlo como totalitario, pero no como nazi. Sin embargo, ahora leo en "La cara americana del fascismo", de Xavier Mas de Xaxàs (LV, 14/1/2017), los 14 puntos de la estructura básica del protofascismo que Umberto Eco describió en el artículo "Ur-Fascism" publicado en New York Review of Books, y aquí sí aflora la afinidad del entramado secesionista con este primo hermano del nazismo que era el fascismo. Mas de Xaxàs aplica el término a Donald Trump, pero no es necesario ser un lince para descubrir los contactos entre la mayoría de estos 14 puntos y la política hegemónica que desarrollan la Generalitat de Cataluña y el conglomerado que la acompaña y sustenta. Fascismo emboscado, pero fascismo al fin.

Argumentario maniqueo

Eco encabeza su lista con "Tradicionalismo. El fascista se agarra a una verdad nacional, original e inapelable, que marca los límites del pensamiento". Basta asomarse a los textos sectarios con que el secesionismo lava el cerebro de los habitantes del Principado desde la más tierna infancia, leer las soflamas con que los intelectuales orgánicos y vulgares plumíferos sacralizan míticas identidades arcaicas, y presenciar las ceremonias donde los popes del régimen canonizan héroes y epopeyas falaces, para encontrar el equivalente de la impronta tradicionalista del fascismo.

Eco destaca a continuación: "Rechazo de la modernidad. No de la tecnológica, pero sí del espíritu de la Ilustración". Trump debe de creer que la Ilustración alude a los dibujos que adornan los libros y revistas, pero, hablando en serio, el que rechaza la modernidad y el espíritu de la Ilustración es el argumentario maniqueo y arcaico con que los secesionistas justifican la erección de fronteras entre compatriotas.

No podía faltar en la lista de Eco el "irracionalismo", que se manifiesta nuevamente en el desdén por la Ilustración y en el marco intelectual delimitado por la quimérica verdad absoluta. No hay que pensar, sólo actuar, y en esto también coinciden los fascistas, Trump y los agitadores secesionistas.

Aparece en la lista el "pensamiento único. La discrepancia es traición". Un rasgo, este sí, que comparten nazis, fascistas, comunistas y secesionistas. Para comprobarlo basta consultar cada día las nuevas listas de traidores que ponen en circulación los inquisidores del procés. Clama Antoni Puigverd ("Niños en el espejo", LV, 25/1/2017):

Si alguien del sector independentista se atreviera a pedir tiempo muerto, se le tirarían sus compañeros de aventura a la yugular y lo crucificarían por botifler.

Llegó el pogromo

El "racismo" que denuncia Eco merece un capítulo aparte. Los secesionistas más sofisticados niegan que su movimiento padezca esta tara. Inicialmente los fascistas también lo negaban. Informa Stanley G. Payne (El fascismo, Altaya, 1996):

Cinco de los 191 fundadores de los Fasci en 1919 eran judíos, y de los nueve judíos que había en el Parlamento dos años después, tres eran fascistas. En 1938 había 10.125 miembros judíos adultos del Partido Nacional Fascista.

En un artículo dedicado a este mismo tema, Daniel Muchnik recuerda ("Los judíos fascistas italianos", La Nación, Buenos Aires. 26/8/2016) que esos más de 10.000 afiliados componían la cuarta parte de la comunidad judía italiana y cita los nombres de estrechos colaboradotes judíos de Mussolini en los comienzos de su régimen: Margheritta Scarfati, el represor Aldo Finzi y el fisiólogo e ideólogo Carlo Foà. Cuando, tras el pacto con Hitler, llegó el pogromo, tres prominentes judíos italianos se quitaron la vida al sentirse traicionados por Mussolini: el coronel Segre se pegó un tiro delante de su regimiento, el general Ascoli se suicidó en su casa y el editor Angelo Formiggiani se arrojó desde lo alto de la torre de la catedral de Módena.

Racismo lingüístico y violencia

Afortunadamente, nada parecido sucede en Cataluña. Aquí la discriminación no es racial ni religiosa. El racismo es más sutil, pero no por ello menos oprobioso: es lingüístico. Con añadidos identitarios. El castellano proscripto en la escuela y en los comercios, con el acoso a los padres que recurren a la justicia para defender el derecho de sus hijos a la enseñanza bilingüe, y con las multas y boicots a los comercios que dan prioridad al castellano en los rótulos, son dos de los muchos desafueros que traen a la memoria otro de los estigmas que Eco hace recaer sobre el fascismo: la violencia.

Violencia que los grupúsculos radicales calcados de los fasci di combattimento mussolinianos, de los piquetes de matones peronistas y de los guerrilleros de Cristo Rey franquistas, emplean en las calles y universidades contra las voces y los actos discrepantes. Los jóvenes de la CUP se jactan de este vandalismo en el cartel "¡Que tiemblen! Volvemos a las calles, somos la tempestad después de la calma". Miquel Porta Perales reproduce el texto íntegro en su libro Totalismo, y el ciudadano civilizado que lo lea temblará. ¡Vaya si temblará!

Es didáctico, en este contexto, que un defensor acérrimo del secesionismo, el histrión castellanohablante Gabriel Rufián, haya vivido en carne propia, como les sucedió a los judíos fascistas, aunque con efectos menos trágicos, el impacto de la discriminación. Lo recogió La Vanguardia (24/8/2016):

Rufián abandona un acto que pedía el catalán como única lengua oficial

Una Cataluña independiente debería relegar la lengua castellana en el sistema educativo y en los medios de comunicación, y en ningún caso convertirla en oficial. Este fue el mensaje repetido por los participantes en una mesa redonda de la Universidad Catalana de Verano (UCE en sus siglas en catalán) que se ha celebrado estos días en Prada de Conflent (Francia). La beligerancia de estas posiciones molestó incluso a los diputados Gabriel Rufián (ERC) y Eduardo Reyes (JxSí), que según el diario digital El Nacional abandonaron la sala.

La noticia reproduce las propuestas castellanofóbicas de los catedráticos –más deleznables que las de Trump porque no siembran su veneno en Estados Unidos sino en España contra los españoles– y leerlas pone los pelos de punta a toda persona respetuosa de los derechos humanos. Una buena lección para los castellanohablantes domesticados de Súmate.

Totalitarismo puro y duro

Siempre según la síntesis que Mas de Xaxàs brinda de los razonamientos de Eco, el fascista está obsesionado por las conspiraciones. Trump es un ejemplo de ello cuando abomina de la prensa, y los secesionistas les atribuyen tanto las sentencias del Tribunal Constitucional que los sancionan por transgredir la ley como las acusaciones de los partidos opositores, incluidas aquellas de corrupción por las que los están enjuiciando con sobradas pruebas.

Mas de Xaxàs aporta más elementos extraídos del artículo de Eco para asociar a Trump con el fascismo y sería abusivo reproducirlos en su totalidad, pero hay uno, muy escueto, que basta por sí solo para demostrar que existe un cordón umbilical que conecta a Trump y el secesionismo con el fascismo:

Al fascismo le va la masa, no el individuo. No hay ciudadanía, solo pueblo.

Y Payne lo corrobora:

Lo que sí parecía claramente distinto era el gran hincapié que se hacía en mítines, marchas, símbolos visuales y rituales ceremoniales o litúrgicos, a los que en la actividad fascista se les daba un papel central y una función que iba más allá de lo que ocurría en los movimientos revolucionarios de izquierda. Con ello se trataba de envolver al participante en una mística y una comunidad de ritual que apelaba al factor religioso, además de al meramente político.

Vistos todos estos argumentos, el observador deberá hacer un esfuerzo para no simplificar la controversia calificando de fascista al movimiento secesionista, rico en componentes que justifican la acusación. He aquí algunos de ellos:

La movilización de masas tanto para festejar dudosas efemérides como para intimidar al Poder Judicial; la exhibición preferente de símbolos espurios como la estelada en sustitución de la senyera local y la rojigualda común a todos los ciudadanos; la manipulación de las mentes infantiles con adoctrinamientos cainitas y vetos lingüísticos; el contenido sectario de los medios de comunicación públicos; la profusión de consignas beligerantes contra los compatriotas; la convocatoria de asambleas de corporaciones que obedecen a la disciplina vertical, como sucedía bajo el régimen franquista en las Cortes; la propalación demagógica de mentiras para ocultar que la desconexión de España también lo será de la Unión Europea y, por fin, los chanchullos para eludir elecciones democráticas al Parlament, sustituyéndolas por referendos fraudulentos que nunca serán legales ni vinculantes.

Todo esto merece un calificativo contundente: fascismo emboscado. Y si preferimos evitar esta palabra chocante para no ofender a espíritus sensibles, conformémonos con sentenciar que se trata de un ejercicio de totalitarismo puro y duro,

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