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Eduardo Goligorsky

La izquierda cloacal

La izquierda cloacal practica una variante particularmente deleznable del racismo: el racismo antiestadounidense.

Eduardo Goligorsky
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La izquierda cloacal practica una variante particularmente deleznable del racismo: el racismo antiestadounidense.
EFE

En mi artículo "¿Trump en la Moncloa?" (LD, 10/11) rescaté la invectiva de Horacio Vázquez-Rial contra la izquierda reaccionaria. Esta es una corriente ideológica que recubre el viejo esqueleto del socialismo con un grueso caparazón de placas ultraderechistas: nacionalismo acérrimo, intolerancia rampante, despotismo implacable, hostilidad a las leyes que gobiernan la convivencia, dogmatismo identitario, tergiversación de la historia y culto a la mentira. ¿Puede haber algo peor? Pues sí. La izquierda cloacal.

Instinto bestial

La izquierda cloacal no es una corriente ideológica, porque carece de la racionalidad indispensable para hilvanar ideas, aunque estas sean deleznables. Es puro instinto bestial que empuja al individuo a descargar dosis masivas de odio patológico. Acabo de tropezar con un ejemplar de esta especie, que para más inri supura su veneno en libros y artículos de opinión que pueden infectar a lectores desprevenidos. Estas líneas dejan a la vista el asco que me inspira el personaje que encarna esta miseria fecal.

Me enteré de la existencia de Ariel Dorfman -chileno y ahora estadounidense por adopción, aunque nacido en Argentina- en los años 1970, cuando en mi condición de crítico literario del diario argentino Clarín tuve que comentar un libelo ridículo que él firmaba junto con Armand Mattelart, titulado Para leer al Pato Donald. No conservo aquella crítica ni la encuentro en internet, pero recuerdo muy bien que lo traté con el desprecio sarcástico que merecía tamaña bazofia. Dorfman y el coautor describían al Pato Donald y su parentela como unos siniestros agentes del imperialismo yanqui, creados por mentes insanas para inculcar a los lectores infantiles la admiración por los valores, a su juicio espurios, del capitalismo.

A partir de ahí me limité a comprobar que sus restantes libros y artículos periodísticos repetían obsesivamente los estribillos de sus fobias anticapitalistas y antiyanquis, aunque no podía dejar de asombrarme al leer que todo eso lo escribía en Estados Unidos, aposentado en lucrativas cátedras universitarias.

Hasta que el 10 de noviembre encontré una regurgitación suya en el diario El País, escrita con motivo de la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, y titulada "América se quita la máscara". Ya el título revela hasta qué punto la visceralidad trastorna el entendimiento de este refinado adoctrinador totalitario, que cae en la vulgaridad de arremeter contra todo el continente, desde el Estrecho de Bering hasta el Cabo de Hornos, cuando supongo que el objeto de su aborrecimiento enfermizo es solamente Estados Unidos.

Racismo puro y duro

Todo el artículo es un alegato contra Estados Unidos visto como un pozo de iniquidades que, por su magnitud, parece el producto de una maldición genética. Racismo puro y duro en la versión de la izquierda cloacal.

Empujado por la necesidad de vomitar su bilis, Dorfman omite reconocer que Hillary Clinton obtuvo 200.000 votos más que Donald Trump, y después de cubrir a este de improperios, en muchos casos merecidos, deduce que "América ha revelado su verdadero ser". Y añade que, vistos los antecedentes, "no debería sentir sorpresa alguna ante este desenlace apocalíptico".

Confiesa el difamador que cuando llegó con su familia a Estados Unidos, en 1980, "no abrigaba ilusiones acerca de este país", cuyos dueños del poder "y su pueblo mismo eran cómplices de crímenes contra la humanidad en todos los continentes", con "una larga historia de esclavitud y conquista y persecución de los disidentes".

Dedica el panfletista unas pocas líneas a reconocer que existían algunas razones para admirar el país que eligió para su exilio, y admite que pasó su vida tratando de "conciliar esas dos Américas". Su creencia en la redención de ese país del que se hizo ciudadano "fue puesta a prueba una y otra vez durante 36 años". Cuando enumera los hechos que le hacían dudar que esa redención fuera posible es Dorfman quien se quita la máscara: lo irritaba el empeño de Estados Unidos en combatir los regímenes comunistas que él consideraba intocables. Con el agravante, para Dorfman, de que el Partido Demócrata se mostraba obsecuente y sumiso con los poderes fácticos que practicaban esa política.

Desahogo obsceno

No sorprende que Dorfman reconozca que, en esta trayectoria por las alcantarillas de la izquierda, sintió "empatía" con los indignados que terminaron votando a Trump, aunque se arrepintió de ello cuando le dieron el triunfo. Esta empatía no es casual. Si volvemos brevemente la mirada hacia España nos encontramos con que Pablo Iglesias proclamó, con su habitual y justificado desdén por la inteligencia del rebaño ("Trump y el momento populista", Público, 10/11):

El colapso financiero del 2007 fue la antesala de la crisis de buena parte del sistema político occidental. (…) La traducción política en Estados Unidos se llama Trump, en Francia se llama Le Pen y en España, gracias a la virgen, que diría Esperanza Aguirre, se llama Podemos.

Más claro, imposible. La crisis los cría, en la derecha y la izquierda, y la cloaca los junta.

El desahogo obsceno de Dorfman concluye con el testimonio definitivo de que la izquierda cloacal practica una variante particularmente deleznable del racismo: el racismo antiestadounidense, sin matices ni misericordia. Helo aquí:

Lo que contemplo ahora en el abismo de este triunfo es tal vez el verdadero rostro de este país, su rostro profundo y aterrador, irrevocable y permanente. Y ahora, después de lo que esta campaña despreciable y bellaca ha expuesto acerca de una parte tan inmensa, tan irredimible del pueblo norteamericano, sospecho que será imposible reparar la grieta de esta comunidad a la que pertenezco mal de mi agrado.

¿Cómo seguir adelante, cargando este veneno infinito que me contamina, cómo aceptar lo que tantos inocentes van a sufrir?

Veneno infinito

Que el veneno infinito –del racismo antiestadounidense– lo contamina desde los tiempos en que escribió Para leer al Pato Donald, es evidente. Cabe preguntar, entonces, ¿por qué eligió Estados Unidos para exiliarse? ¿Por masoquismo? ¿O porque los arribistas cínicos de la izquierda cloacal se complacen en despotricar contra Estados Unidos pero llegado el momento de optar, se radican como buenos burgueses donde tienen garantizado el respeto a su dignidad, a sus propiedades y a su libertad?

Al fin y al cabo, cuando Dorfman se exilió aún existía la Unión Soviética, donde se habían refugiado los espías del Círculo de Cambridge -Kim Philby, Donald Maclean y Guy Burgess-, y todavía hoy podría conversar en Moscú con el traidor Edward Snowden, agasajado por Putin, el amigo de Trump. Además, en aquella época, el dictador comunista de Alemania Oriental, Erich Honecker, acogió a muchos de los camaradas chilenos de Dorfman, hasta el punto de que, cuando Chile y Alemania Oriental recuperaron la libertad, estos impidieron que aquel fuera extraditado a Bonn, que lo reclamaba por sus crímenes. Y el súmmum habría sido disfrutar de la hospitalidad de los hermanos Castro en el idealizado paraíso cubano..

Lo seguro es que, se encuentre donde se encuentre, este militante de la izquierda cloacal seguirá expeliendo el veneno infinito con el que confiesa estar cargado.

PD: Gregorio Morán –valiente, nobleza obliga a reconocerlo, cuando demuele, con sarcasmos estrictamente racionales, los fetiches del nacionalismo catalán– apostrofa, desmadrado ("Otoño en Madrid el día señalado", LV, 12/11):

La casta política norteamericana, como su imperio, edificado sobre la falacia de que son la más alta representación de la democracia, se acabó. Exactamente, no existió nunca. Fue una invención de gran éxito en la política, los negocios y el cine. ¿De verdad usted hubiera votado a Hillary Clinton, versión Hollywood de Lady Macbeth, que lleva en la cara la quintaesencia de la mentira, la ambición, la tradición corrupta de una democracia que desde la guerra de Vietnam, ¡y ya ha llovido!, ha marchado de derrota en derrota y de matanza en matanza, pero cada vez con armas más sofisticadas?

¡Que el ramal izquierdo de la cloaca los reciba en mala hora a usted y a su propia carga de infinito veneno antiyanqui, don Gregorio, imitador de los charlatanes lombrosianos a la hora de descifrar caras!

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