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No serán dos millones

Nuestro humanismo ilustrado nos obliga a aceptar a esos dos millones de engañados reincidentes como compatriotas predestinados al reencuentro.

Eduardo Goligorsky
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EFE

Durante la reunión de la noche de Navidad desobedecí el consejo que hacían circular las personas sensatas y entablé una discusión –cordial y civilizada– con un joven partidario de la independencia de Cataluña. Cada uno empleó los argumentos consabidos de su bando, alternadamente racionales y emocionales, para terminar tan discrepantes como al principio aunque, afortunadamente, sin lesionar los lazos de afecto.

La clave es el realismo

Llegó la despedida y, como ocurre siempre en estas ocasiones, cada uno se preguntó qué recursos dialécticos debería haber empleado para rebatir los del contrincante y convencerlo de su error. Fue en ese trance reflexivo, ya en la cama y sin poder conciliar el sueño, cuando tuve una revelación luminosa, catártica. Y me permito la licencia de transmitirla por si puede contribuir a serenar los ánimos de aquellos con quienes comparto el fervor constitucionalista, aportando una visión más realista del conflicto que la que ahora nos moviliza. Y tal vez así también se pueda conseguir que ese realismo modere la ofuscación de nuestros adversarios. La clave es, lo repito, el realismo.

La revelación luminosa nació a partir de una escala de preguntas muy elementales. ¿Cuál era el tema de la discusión? La independencia de Cataluña. ¿Cómo se materializa esa independencia? Proclamando la república. ¿Dónde viven los ciudadanos de esa república? En la región del Reino de España llamada Cataluña, por supuesto.

La Tierra es plana

Aquí se produce la eclosión de realismo. Estamos derrochando saliva inútilmente, porque la controversia gira alrededor de la Nada. El defensor de la república no tiene un punto de apoyo material al cual asirse, porque la república en cuestión es un espejismo; su adversario pone –pongo– en tela de juicio algo que no existe y que por lo tanto no es posible abordar con criterio práctico.

Miquel Porta Perales explica en su ensayo Paganos (EDLibros) que la necesidad de creer está implantada en el cerebro humano, y por consiguiente no debe extrañar que en situaciones de crisis la buena gente comulgue con las ruedas de molino más estrambóticas. Si existen aficionados a las pseudociencias que abrazan doctrinas esotéricas o acuden a simposios donde se afirma rotundamente que la Tierra es plana, ¿por qué los aficionados a la pseudopolítica no habrían de encolumnarse detrás de los falsos mesías de la inexistente república catalana? Una inexistente república catalana que podría estar situada en la inexistente Tierra plana.

Víctimas voluntarias

Muy ingenioso, me dirán, pero dos millones de ciudadanos creen en esa entelequia y, por un fallo del sistema electoral, están en condiciones de seguir demoliendo Cataluña. Es cierto. Sus representantes en las instituciones conquistaron el poder hace treinta y seis años sembrando patrañas etnocentristas y lo han conservado con tácticas torticeras hasta que entró en vigor el artículo 155. Los dos millones son muchos, es verdad, pero no superan el 38 por ciento del censo electoral y suman menos votos que los que cosecharon los partidos no secesionistas. También es verdad que están muy predispuestos a dejarse engañar. Cito nuevamente al filósofo presocrático Anaxágoras: "Si me engañas una vez, eres culpable. Si me engañas dos, el culpable soy yo".

De acuerdo. Ahí están los dos millones de víctimas voluntarias del engaño. Pero es precisamente su impermeabilidad a los razonamientos realistas lo que hace que tanto el defensor como el impugnador de la república quimérica pierdan lamentablemente, con estas discusiones, el tiempo que podrían dedicar a otros menesteres más útiles y fecundos.

Ente espurio

No será fácil disuadir de sus prejuicios a quien los adoctrinadores han convencido de que es posible y necesario erigir nuevas fronteras para separar con ellas a quienes han convivido hasta hoy en un mismo país como compatriotas, o para interrumpir el libre intercambio humano y comercial con el resto de los países europeos. Tampoco digerirá la noticia de que no habrá documentos republicanos reconocidos para atravesar ni las fronteras tradicionales ni las inventadas por capricho, en razón de lo cual hasta los más furibundos enemigos de la monarquía deberán viajar por el mundo con la prueba documental de que son ciudadanos del Reino de España. Que es la única identidad válida, porque ningún país ni institución internacional reconoce ni reconocerá a un ente espurio que carece de existencia jurídica. Solo el terrorismo islamista aplaudirá la existencia de este territorio caótico y desprotegido, porque le servirá para consolidar, como se ha visto, una de sus mayores bases de operaciones en Europa.

A pesar de todos los malentendidos y desencuentros, nuestro humanismo ilustrado nos obliga a aceptar a esos dos millones de engañados reincidentes como compatriotas predestinados al reencuentro. Pueden ser excesivamente vulnerables a las emociones y refractarios a los razonamientos. Pero la realidad –siempre la realidad– opera a favor de la sensatez. Y la realidad les transmite un mensaje irrefutable. Según los últimos cómputos del Colegio de Registradores de España, ya son 3.180 las empresas que han abandonado Cataluña. La economía catalana ya crece menos que la media española. Aumenta el número de turistas en España y disminuye en Cataluña. Crece el paro en Cataluña. Disminuye el consumo en Cataluña. Cataluña ha perdido la Agencia Europea del Medicamento. Cataluña se encamina hacia el abismo.

Estos son los auténticos porrazos traumáticos que han recibido todos los catalanes sin distinción –constitucionalistas y secesionistas– a partir del 1-O. Y todavía hay quienes, entre los segundos, ostentan lazos amarillos para pedir la libertad de los responsables de la hecatombe. O los votan.

Megalómano y taimado

Dialogar con prudencia, de igual a igual. Argumentar con rigor, enumerando datos, datos y más datos veraces, que son los que nos sobran. Y estimulándoles, discretamente, el sentido del ridículo.

Colocándome, aunque me cueste mucho, en el lugar de los secesionistas, entiendo que les duela ver presos a algunos de sus líderes alzados contra las leyes, detrás de los cuales marcharon, prietas las filas. Discrepo radicalmente con los dolientes, porque pienso que la cárcel es el alojamiento apropiado para quienes se alzan contra las leyes, sean políticos, empresarios, militares, sacerdotes o barrenderos, pero entiendo su disgusto. El respeto a las leyes no figura en su hoja de ruta subversiva avalada por el patibulario Arnaldo Otegi.

En cambio, no entiendo cómo no se les cae la cara de vergüenza al presenciar las patochadas que monta el megalómano y taimado Terminator Puigdemont cuando usurpa el título de presidente en su sanctasanctórum bruselense, donde instaló una sibarítica República de Saló para su disfrute personal. Desde allí, el prófugo de la Justicia española tiene el cinismo de despotricar contra la Unión Europea, que define como un club de "países decadentes, obsolescentes, en el que mandan unos pocos ligados a intereses económicos discutibles", ocultando que esta descripción se aplica literalmente a su república fallida. Lo imagino al cabo de pocos años, hirsuto y patético, apostado todavía junto al pintoresco Manneken Pis, luciendo una insignia presidencial de bisutería y predicando a los turistas, en un inglés impecable, que Cataluña es una república ocupada por el invasor español y que la Tierra es plana.

Brujos de la bancarrota

Si los acontecimientos siguen un curso lógico, el bloque de los dos millones se irá encogiendo a medida que se agudice la crisis que han provocado los sediciosos y a medida que estos exhiban la codicia patológica que los enfrenta entre sí. No serán dos millones si la clase media escucha el clamor con que su diario de cabecera despide el año 2017 en el editorial "Dejar atrás la excepcionalidad" (LV, 31/12):

Produce pavor imaginarse un 2018 en clave 2017, en el que se agraven la fatiga, la tensión, la división y la merma de capacidades de la sociedad catalana. En esta página hemos advertido reiteradamente de los efectos que ha tenido el proceso sobre la convivencia, algo que, por decirlo rápidamente, ha reducido a la mitad la influencia de los catalanes en tanto que colectivo. Y hemos hablado de los efectos económicos, plasmados en la fuga de empresas y de talento, en la retracción de la inversión exterior y del consumo interior, que pronto tendrán su lesivo reflejo en el mercado laboral. Esta no es una lectura tremendista de la coyuntura, como pretende el soberanismo, sino simplemente desapasionada.

Ni más ni menos que aquel escueto "o enterramos el procesismo o cavará nuestra tumba", que publicó con su firma el director del mismo diario, Màrius Carol (4/12).

Mientras tanto, y hasta que los dos millones queden reducidos al núcleo duro de fanáticos y parásitos, la sociedad civil constitucionalista, hoy encabezada por Ciudadanos, continuará siendo la barrera más eficaz contra los brujos de la bancarrota y sus secuaces, que se están desollando vivos los unos a los otros por su afán de rapiñar los restos cada día más menguados del festín. Y con el artículo 155 siempre al alcance de la mano para evitar que las luchas intestinas de los cainitas incorregibles y sus agresiones al Estado de Derecho completen el ya avanzado desguace de Cataluña.

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