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Eduardo Goligorsky

Paren el mundo

Si queremos librarnos de la epidemia de nacionalpopulismo totalitario que nos amenaza, no nos queda otro recurso que movilizar los anticuerpos.

Eduardo Goligorsky
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Eduardo Goligorsky - Paren el mundo
Ada Colau y Ernest Maragall | EFE

Deberíamos haberlo previsto, o por lo menos intuido, cuando la Iglesia católica, ya minada por los escándalos de corrupción económica y sexual, eligió Papa al vocinglero demagogo peronista Jorge Mario Bergoglio. La sociedad occidental estaba tocando fondo. Ahora, ya dan ganas de repetir el ruego de Mafalda, la protagonista universal de las viñetas del dibujante argentino Quino: "Paren el mundo que me quiero bajar". El desquiciado Donald Trump lanza órdagos a una Unión Europea donde sus clones Nigel Farage, Matteo Salvini, Marine Le Pen y un equipo de imitadores balcánicos y bálticos soliviantan a las masas estimulando resentimientos atávicos y delirios supremacistas. El nazi Carl Schmitt y el populista peronista Ernesto Laclau son los ideólogos de moda. Los libros de Albert Camus y Karl Popper se cubren de polvo en las estanterías. Cuando despertamos, Rusia, China y el Estado Islámico siguen allí. Paren el mundo.

Dos renegados

A la olla podrida de sembradores de cizaña se sumarán en el Parlamento europeo, si la justicia no lo impide, dos renegados de la ciudadanía española: Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, enfrentados entre ellos por el juego sucio del primero contra el segundo y electos ambos el 26 de mayo. Concurrieron en listas separadas: la de Puigdemont en solitario porque incluso el PNV, aliado tradicional de CiU y sus marcas posteriores, se negó a mezclarse con histriones de tan baja estofa, y la de Junqueras amancebada con los blanqueadores de los asesinos etarras. El hecho de que ambas listas sumaran votos suficientes en Cataluña, la comunidad vasca y el resto de España para enviar diputados al Parlamento europeo ya basta para justificar el pedido de Mafalda.

Llegados a este punto, vale la pena recordar que si estos dos flamantes eurodiputados electos -pero no investidos- están imputados en España por delitos de rebelión, sedición, desobediencia y malversación, ello es posible porque se trata precisamente de ciudadanos españoles sometidos a las leyes de su país. Su condición de españoles la corrobora nada menos que la panfletista Pilar Rahola, contradiciendo su contumaz discurso discriminatorio ("El Estado", LV, 25/5):

España, pues, es un ente político, tan representado por Aznar como por Puigdemont, tanto por Sánchez como por Junqueras. (…) Puigdemont puede hablar en nombre de España, porque ese es su Estado, mientras no tenga uno propio.

Y si la justicia interpreta que lo que habla este personaje atrabiliario o cualquiera de sus cómplices en nombre de España puede constituir un delito, ya sea de difamación, de traición o de odio, debe sentarlo en el banquillo de los acusados si lo tiene dentro de su jurisdicción o pedir su extradición si se ha fugado fuera de sus fronteras. Lluís Foix pone los puntos sobre las íes ("Campaña, presos, justicia", LV, 22/5):

Quien diga que España no es una democracia tendría que presentar el caso de un país en el que varios políticos de un gobierno se saltan la legalidad constitucional, proclaman la secesión, y mientras se les juzga se les permite presentarse a unas elecciones. No conozco un caso semejante.

La trampa del contubernio

También habrá que acogerse al pedido de Mafalda si Ernest Maragall cumple su propósito de convertirse en alcalde de Barcelona. Argumentan los secesionistas que la suya fue la candidatura ganadora. Es cierto que obtuvo un puñado de votos por encima de Ada Colau, otra que inspira el deseo de bajarse del mundo. Pero su investidura implicaría la transformación de Barcelona en la capital de una república fantasma independiente del Reino de España. Una degradación desprovista de respaldo ciudadano. Maragall encabeza, con su precario cómputo, una escala de minorías en la que figuran tanto constitucionalistas como supremacistas. Lo certifica Lola García ("Objetivo: sustituir a CiU", LV, 27/5):

El porcentaje de voto independentista en la ciudad se quedó en un 39%.

Entiéndase bien: Lola García no se refiere solo a la candidatura de Maragall sino a la suma de todos los independentistas que compitieron en Barcelona. El 39% es la pesadilla de estos rebeldes. Es también el porcentaje que la suma de los independentistas obtuvo en las municipales de toda Cataluña: 1.300.000 votos sobre 3.550.000 sufragios emitidos. En las elecciones del 21-D habían cosechado dos millones. Marcha atrás a toda máquina. Datos incontestables que dejan al descubierto la trampa del contubernio de trileros que nos vende el enredador plumilla Jordi Juan en plan entreguista ("Todos vencen menos Pablo", LV, 27/5):

El resultado de ayer vuelve a poner en valor la necesidad que los triunfadores en España (PSOE) se entiendan con los vencedores en Catalunya (ERC) y se dejen de tacticismos y de miradas cortoplacistas. El PSC, que también ha tenido una buena noche, tiene un papel clave a jugar en estas próximas semanas.

Pobre Barcelona

Pobre Barcelona, que el hagiógrafo del pistolerismo de los años 1930, Quim Torra, trató de humillar con saña retrógrada en un mitin de JxCat, en Gerona. Enric Juliana reproduce textualmente su agravio y lo comenta sarcásticamente a continuación ("Diccionario de mayo", LV, 26/5):

Barcelona ha abdicado de ser la capital de Catalunya. Girona ha tenido que ejercer la capitalidad del país." (…) Nacionalismo esencialista con ratafía. La "Catalunya catalana" frente a la Babilonia barcelonesa.

Esta Babilonia cosmopolita es la que Maragall promete extirpar mediante la cirugía republicana, con la mirada puesta en la Arcadia étnica de 1714 y en la Gerona del tractor y los purines. Joaquín Luna complementa, con su habitual mordacidad, el exabrupto de Torra, aunque lo hace bajo un título controvertible próximo al clamor de un explorador a merced de los caníbales ("Colau, Collboni, Valls… ¡pacten!", LV, 29/5). Luna denuncia que lo que se pretende es:

Supeditar las ambiciones de una gran ciudad que siempre fue por libre -y no le fue nada mal- a una república bicéfala y surrealista cuya capital del alma es y será… Girona.

Lo dicho: pobre Barcelona.

Movilizar los anticuerpos

La ilusión de parar el mundo y bajar de él no pasa de ser una fantasía de Mafalda. Si queremos librarnos de la epidemia de nacionalpopulismo totalitario que nos amenaza en la vida real, no nos queda otro recurso que movilizar los anticuerpos, que afortunadamente existen. Todo depende de que los encargados de armar las mayorías constitucionalistas en las autonomías y los municipios mediante pactos y coaliciones renuncien, transitoriamente, a sus apetitos personales, a sus prejuicios sectarios y a sus ortodoxias dogmáticas. Y que actúen con exquisita urbanidad cuando debatan sus diferencias tácticas, por respeto a quienes los hemos votado y esperamos de ellos un comportamiento ejemplar. Para disputas tabernarias, ya basta con las que se entablan entre los felones de la anti-España.

El problema consiste en la barrera de desconfianza que ha levantado, por sus trapicheos secretos y sus transacciones públicas con los enemigos de España, a los que debe su investidura como presidente de Gobierno, el mandamás insaciable del partido que debería ser una de las tres vigas maestras del frente cívico, junto al PP y Ciudadanos. Un frente cívico que funcionó cuando puso en marcha -aunque débilmente- el artículo 155. Se explica, por eso, que avance entre los constitucionalistas la tendencia a rechazar al impresentable Pedro Sánchez, por un lado, mientras se entablan tratativas con los dirigentes locales del PSOE, por otro.

Cuidemos que los anticuerpos movilizados nos inmunicen contra las infecciones, cuyos portadores son los comunistas de diverso pelaje y los supremacistas étnicos, primos hermanos de la ultraderecha antieuropea. Un pelotón de tránsfugas ha abierto las puertas del Reino de España a estos indeseables con pactos espurios que les complacería repetir. Si nos une el espanto, frustraremos la embestida.

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