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Supremacía del mamarracho

Ha llegado la hora de que los dos millones de ciudadanos que se dejaron encandilar por el mito de la supremacía vuelvan a la realidad y colaboren.

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Quim Torra con Puigdemont y Artadi en Berlín | JxCAT

Según el "Diccionario de primavera" (LV, 6/5), Felipe González, "que nunca da puntada sin hilo", popularizó lo que se entiende por supremacismo cuando se habla de los soberanistas catalanes: "Se creen superiores, más cultos, más europeos, más democráticos y más ricos". Le faltó aclarar que no son los ciudadanos catalanes quienes conciben espontáneamente esta fantasía de superioridad cargada de prejuicios racistas, sino que les ha sido inculcada con una perversa intención cainita por los ideólogos de la subversión antiespañola, hoy presos, fugados o implicados en la reiteración delictiva. Incluso es razonable pensar que cuando los votantes de los partidos supremacistas tomen conciencia de que los han convertido, precisamente, en instrumentos de una operación encubierta contra los auténticos valores de los catalanes, de su cultura, de su europeísmo y de la democracia y, además, empobrecedora de su sociedad y enriquecedora de la élite endogámica, se zafarán de la encerrona totalitaria en la que los han metido estos timadores.

Delirios de grandeza

La gran paradoja de los movimientos supremacistas consiste en que mientras pretenden encarnar la superioridad de un grupo étnico, religioso, político, lingüístico, social o regional, siempre, sin excepción, están encabezados por sujetos cuyo nivel intelectual y moral se encuentra muy por debajo del de sus congéneres. Unos inspiran pavor por su brutalidad, otros risa por su ridiculez, y algunos producen ambas reacciones juntas o alternadas. A Hitler podía caricaturizarlo Chaplin; a Mussolini, Alberto Sordi: a Franco, el actor argentino Pepe Soriano. Stalin, Mao y Castro habrían necesitado las truculencias de Bela Lugosi o Boris Karloff.

La mayoría de los supremacismos belicosos tienen por escenario potencias con ambiciones imperiales. Pero también existen enclaves tribales cuyos caciques transitorios se dejan guiar por sus delirios de grandeza y se creen con fuerzas para montar "un pollo de cojones" (Puigdemont dixit) al poder legítimo. A nosotros nos ha tocado en suerte vivir en uno de esos enclaves, donde la supremacía no mide la superioridad del grupo sino la magnitud del mamarracho que ponen en escena los protagonistas del sainete. Aquí no tuvimos a Chaplin caricaturizando a Hitler, sino a Ramon Fontserè parodiando a Jordi Pujol en Ubú President, de Albert Boadella.

Pobres en virtudes cívicas y éticas, pródigos en posverdades y simulaciones… quienes activaron el proceso secesionista han sido y continúan siendo supremos en el desempeño de sus roles mezquinos. En su carta clarividente a La Vanguardia del 16 de abril de 1981, Josep Tarradellas fulminó al supremo embaucador político y financiero Jordi Pujol. El supremo histrión Artur Mas –disfrazado de Sant Jordi (suplemento "Vivir", LV, 15/2/2001) y posando como mesías en los carteles electorales del 2012– quedó sepultado bajo los escombros de la sociedad catalana que él y su pandilla del 3% se empeñaron en demoler. Y ahora tropezamos con otro supremo: el supremo embrión de Führer, Carles Puigdemont, embriagado por las peores emanaciones del pasado alemán que aún flotan alrededor de su madriguera berlinesa. Muchos supremos abusadores pero, paradójicamente, ninguna supremacía digna de respeto. Supremacía del mamarracho.

Personaje estrambótico

Jordi Canal desnuda a este personaje estrambótico en su muy documentado Con permiso de Kafka (Península, 2018):

Puigdemont era un político gris, mediocre como diputado y como alcalde. (…) No contaron, sin embargo, con que Carles Puigdemont podía superarlos a todos en radicalidad, tosquedad, temeridad y vocación martirial. Acabó siendo, incluso para sus propios compañeros de partido, como ha revelado Joan Coscubiela en una entrevista en La Vanguardia, el "pastelero loco" (el término admite una doble lectura, tanto de habilidad en el pasteleo político como de referencia a la pastelería familiar de Amer).

Informa Canal de que en 1992 Puigdemont participó en la organización de actos de apoyo a los terroristas de Terra Lliure que Baltasar Garzón y otros jueces pusieron entre rejas. Su fobia antiespañola lo empujaba a viajar con un inexistente y fraguado DNI catalán "para hacer patria, que mostraba, si nadie caía en el engaño, en hoteles en el extranjero". Y añade Canal:

Para ir a Madrid en avión no utilizaba el puente aéreo, sino que prefería otras combinaciones, aunque fueran más caras y largas –un Barcelona-Bruselas-Madrid, pongamos por caso–, ya que esta treta le permitía entrar en la capital de España por la puerta de vuelos internacionales.

No es extraño que la carrera del locuaz matón esté sembrada de exabruptos como el célebre "Damos miedo, y más que daremos" (toda la prensa, 1/7/2017). O este otro: "Basta la mitad más uno de los síes [en el referéndum ilegal] cualquiera sea la participación" (LV, 30/12/2016). O: "Puigdemont cree que Catalunya debería votar si quiere seguir en la UE . El expresident califica la institución de 'club de países decadentes y obsolescentes'" (LV, 26/11/2017).

Megalómano mediocre

Es fácil que el supremacismo virtual de un megalómano mediocre desemboque en la paranoia cuando vive temiendo que sus adláteres y subordinados lo traicionen y lo arrojen a la papelera de la Historia tal como él hizo con su padrino. La sombra del desahuciado Artur Mas lo persigue, sobre todo desde que se enteró de que el muy ladino "descarta a Puigdemont y pide tener inteligencia política" (LV, 2/5). Y, para colmo, "Esquerra admite que el independentismo no es suficientemente poderoso aún para alcanzar la república" (LV, 4/5).

Cunden las deserciones. El Consell de Garanties Estatutaries y los letrados del Parlament son más respetuosos con la Constitución y el Estatut que con los políticos secesionistas que los designaron, y rechazan la DUI, la investidura telemática y otras trampas. Así que el desconfiado embrión de Führer se enroca contra posibles competidores salidos de su propia tropa. Al fin y al cabo, cuando al atrabiliario embrión de Führer lo apean del falso pedestal, queda reducido a la patética categoría de pastelero loco que evocó Coscubiela.

Timba mafiosa

La búsqueda de un testaferro para presidir la Generalitat se complica, porque algunos candidatos a ocupar ese puesto subalterno, como Elsa Artadi, no soportan que el pastelero loco los humille con controles despóticos. Nada menos que prohibirles la entrada en el salón de la Presidencia y en otros despachos del Palau de la Generalitat, donde solo el pastelero loco y sus favoritos gozan de licencia para posar el culo patriótico (El Confidencial, 4/5). Seguramente el títere Quim Torra se resignará a posar el suyo en un taburete del desván para mamarrachos.

Todo tiene un límite. La Vanguardia denuncia en un editorial "La estrategia dilatoria de Puigdemont" (6/5):

Puigdemont sigue esta estrategia porque le ayuda a mantenerse políticamente vivo. Pero a un alto coste: una Catalunya paralizada e inerme. Esto quizá satisfaga a los suyos. Pero es inaceptable para la mayoría que piensa que el país está por encima de los individuos.

Ha llegado la hora de que los dos millones de ciudadanos que se dejaron encandilar por el mito de la supremacía vuelvan a la realidad, bajen al llano y colaboren con la mayoría constitucionalista para expulsar a los tahúres que los utilizaban como fichas negociables en su timba mafiosa.

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