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Eduardo Goligorsky

Supremacismo matriarcal

La búsqueda de singularidades distintivas no cesa, y ahora entramos en la etapa del supremacismo matriarcal.

Eduardo Goligorsky
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La búsqueda de singularidades distintivas no cesa, y ahora entramos en la etapa del supremacismo matriarcal.
Margaret Thatcher | Archivo

Quienes compartimos una visión humanista del mundo estamos cada vez más frustrados. Asistimos a la proliferación de ideologías que justifican la formación de grupos cuyas pretensiones hegemónicas descansan sobre falsos argumentos de superioridad. Los supremacistas se atribuyen virtudes exclusivas por su color de piel, su árbol genealógico, su hábitat territorial, su lengua, su religión, su magnitud demográfica, su desarrollo económico o su poderío militar. Estos factores pueden presentarse aislados o combinados, y en este último caso cobran mayor fuerza. Pero la búsqueda de singularidades distintivas no cesa, y ahora entramos en la etapa del supremacismo matriarcal. La corrección política dicta que la fiabilidad de un gobierno o de una empresa guarda relación directa con el número de mujeres que ocupan puestos clave en su cúpula. Adiós meritocracia. Bienvenida gineceocracia.

Raza privilegiada

El profesor Manuel Castells saluda con alborozo la marcada preponderancia de féminas en el gabinete de Pedro Sánchez ("Mujeres al poder", LV, 17/6). Las pone en el podio casi como si pertenecieran a una raza privilegiada ideal para deshacer los entuertos provocados por los hombres. En verdad, la discriminación por sexos -o por géneros, en el lenguaje progre- tiene componentes que recuerdan los del racismo. Escribe Castells:

Por la división del trabajo entre géneros característica del patriarcado (…) los hombres se apropiaron de la guerra, el poder político y el control de los recursos.

Los abusos de estos seres defectuosos han encontrado su justa contrapartida:

En este sentido, sí que puede observarse en la gestión política llevada por mujeres en el conjunto del mundo una sensibilidad mayor a los valores humanitarios y una predisposición al pragmatismo y, en último término, a la paz, que en sus equivalentes masculinos.

Muestrario de horrores

Los textos de historia son más veraces que las parrafadas maniqueístas de Castells. No es necesario remontarse a los tiempos de Mesalina para explorar un muestrario de horrores con sello femenino. Tampoco a los de Margarita de Navarra y la Noche de San Bartolomé, ni a los de la reina Isabel de Inglaterra y la prisión y ejecución de su prima María Estuardo. Tampoco a los de la emperatriz Catalina de Rusia, ni a los de las tricoteuses de la Revolución Francesa que tejían gorros frigios mientras contemplaban las decapitaciones al pie de la guillotina. Ni a los de la reina Victoria y la expansión del Imperio Británico.

Los horrores han perdurado gracias a las señoras de la guerra: Indira Gandhi en la India, Benazir Butto en Pakistán, Sirimavo Bandaranaike en Sri Lanka, Golda Meir en Israel y, hoy mismo, en Birmania, la premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, permanece impávida mientras otros sedicentes pacifistas, los devotos de Buda, masacran a la minoría rohinyá.

Basta de nombres exóticos. Han sido latinas las dictadoras por vía conyugal Eva Duarte de Perón, bautizada con justicia como La mujer del látigo por su biógrafa Mary Main, e Isabel Martínez de Perón, instrumento complaciente del sanguinario "Brujo" José López Rega. No menos despótica fue Elena Ceaucescu, esposa del sátrapa rumano, y hoy lo es Rosario Murillo, mano derecha del crápula nicaragüense Daniel Ortega.

"¿Sensibilidad a los valores humanitarios?" "¿Predisposición a la paz?" En la sociedad patriarcal de la que abominan las y los feministas han gobernado y cogobernado menos mujeres que hombres, pero si nos guiamos por el talante preponderantemente autoritario y belicoso con que lo han hecho -o prometen hacerlo en el caso de Marine Le Pen- habrá que equiparse con cascos protectores, trajes ignífugos, chalecos blindados y máscaras antigases para sobrevivir en el paraíso matriarcal. Donde, no lo olvidemos, las valquirias mojigatas prohibirán todo aquello que choca con sus prejuicios, desde la gestación subrogada hasta los roces insinuantes, las galanterías y otras libertades pecaminosas, comportándose con la prepotencia que atribuyen en exclusiva al machismo anacrónico y al integrismo religioso.

Se le ve el plumero

Para eludir la acusación de parcialidad pro feminista, Castells busca una mujer a la que pueda endilgarle todas las culpas típicas de los hombres. Y se ensaña con Margaret Thatcher, "mujer de temple indiscutible" que incurrió en actos de guerra "para reafirmar la ocupación colonial de las Malvinas".Se le ve el plumero radical al profesor Castells cuando reivindica aquella iniciativa demencial de la dictadura militar argentina. Margaret Thatcher cumplió con su deber de amparar a los habitantes británicos de las Malvinas -únicos que residían en ellas- de la barbarie encarnada en los invasores argentinos, comandados por oficiales hartos de torturar y asesinar a sus propios compatriotas. Una cruenta patochada, además, para la que se aliaron los dos demonios que martirizaron Argentina: el de la dictadura de ultraderecha y el de la guerrilla de ultraizquierda.

Recuerdo que no pude contener las lágrimas en el cine cuando, evocando un hecho real, Meryl Streep, que interpretaba a Margaret Thatcher en la película La dama de hierro, le decía al mediador estadounidense Alexander Haig que no iba a pactar con "esos militares fascistas". Los argentinos deberían estarle eternamente agradecidos a Margaret Thatcher porque fue ella, con su intransigencia, quien puso fin a la dictadura y allanó el camino para la transición a la democracia que la abnegada resistencia civil no habría logrado conseguir por sí sola.

Vocación claudicante

Para rematar su versión de las diferencias que a su juicio existen entre las taras de los hombres y los prodigios de las mujeres, Castells pone el acento en la hostilidad -ahora mitigada- del incorregible Josep Borrell contra el sacrosanto proceso secesionista, y la compara con "las señales de futuro en las relaciones entre Catalunya y España" que irradia la exquisita Meritxell Batet, premiada, por su reconocida vocación claudicante, con el estratégico cargo de ministra de Política Territorial y Función Pública. "Otra mujer en el poder", celebra el panegirista. En el poder y bien predispuesta para reformar la Constitución, el Estatut y cualquier otro documento que le pongan delante los golpistas antiespañoles, si ello implica cumplir lo acordado entre bambalinas con los proveedores de votos para el asalto a la Moncloa.

Es chocante que en el entramado del poder matriarcal, que nos presentan como el non plus ultra de los tiempos modernos, se asigne a algunas mujeres, en el gobierno, un papel poco edificante exhumado de la época medieval: el del celestinazgo.

PD: Si la mayoría de votos coloca a Inés Arrimadas al frente del Gobierno de Cataluña o España, quienes compartimos una visión humanista del mundo –ni machistas ni feministas– no diremos "otra mujer al poder", sino "esta persona ocupa el lugar que le corresponde por sus méritos". Habremos cambiado la demagogia discriminatoria por la meritocracia eficaz para el bien de toda España.

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