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El día más triste

No es plato de gusto tener que reconocer que el fundador del moderno nacionalismo catalán es en sus pecados el más español de los españoles.

Emilio Campmany
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Uno de los elementos básicos del nacionalismo catalán es el de su superioridad. Según los independentistas, Cataluña es más rica porque los catalanes son más listos y más trabajadores que el resto de los españoles. Hasta cierto punto, la historia que tratan hoy de vendernos los nacionalistas, atribuyéndose la representación de todos, es que ellos, los catalanes, podrían haber seguido tolerando ser españoles de haber Madrid moderado su codicia. La sangre no hubiera llegado al río si el gobierno central no hubiera arrebatado a la industriosa Cataluña una tan alta proporción de sus recursos cuando, debido a la crisis, más los necesitaba. Y encima lo ha hecho para repartirlos entre los gandules y ceporros que malviven al otro lado del Ebro. Esa es la gota que se supone ha colmado el vaso de la paciencia catalana, la de los nacionalistas y la de los que hasta hace poco no lo eran.

Y de repente resulta que el padre de esas laboriosas hormigas, que unen a una superior capacidad de trabajo sus altas habilidades intelectuales, amén de una estricta ética, es un vulgar chorizo comparable a cualquier pelagatos mesetario que aprovechara su cargo de concejal de urbanismo para enriquecerse a costa de promotores inmobiliarios tan paletos como él. Conmueve ver el tramojo que se ha pasado el pobre Artur Mas anunciando que el muy honorable ya no lo es. La naturaleza del desgarro ha debido de ser terrible. No es plato de gusto tener que reconocer que el fundador del moderno nacionalismo catalán y, por ende, padre de la emancipación que está a punto de lograr la patria es en sus pecados el más español de los españoles. ¿Cómo podía pensar nadie que un catalán de pro pudiera amasar una fortuna con negocios turbios y dejar de pagar los impuestos correspondientes? Qué doloroso ha debido de ser para Mas tener que reconocer que en su país, donde jamás ha habido corrupción, donde la moralidad pública es la envidia de todos -especialmente del resto de españoles-, donde la ejemplaridad de quienes ocupan los cargos políticos llega a ser simplemente sublime, resulta que el más corrupto es quien se suponía más intachable.

Y lo más indigerible de todo, lo que no hay forma de soportar con mínima serenidad, es ver que un gran catalán, como quieren los nacionalistas que siga siendo Pujol, ha sido tan tonto como cualquier vulgar español y se ha dejado pillar. Cómo va a poder seguir siendo considerado el faro que les ha guiado hasta las puertas de la tierra prometida alguien que ha resultado ser tan desavisado como un español cualquiera nacido en cualquier sucio pueblo de las yermas tierras de España. Lo peor no es que Pujol sea tan chorizo como cualquier otro político español. Lo peor es que se haya dejado coger como cualquier otro idiota político español. Qué insoportable tiene que ser que todo lo relevante en los Pujol sea tan injuriosamente hispano.

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