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El doncel de la Moncloa

Al ignaro doctor le da igual lo cedido porque sabe que al final nada de lo pactado con Podemos se aprobará.

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EFE

El acuerdo al que han llegado el bien formado doncel de la Moncloa y el vulgar giboso de Galapagar parece que nos acerca al paraíso comunista, uno que sea más cubano que soviético y más venezolano que maoísta. Sin embargo, hay en las facilidades dadas por Sánchez algo de teatral impostura. Parece que al ignaro doctor le da igual lo cedido porque sabe que al final nada de lo pactado con Podemos se aprobará. Por lo tanto, ¿qué más da? Todo se debe a que su estrategia no está en ningún modo dirigida a reformar. Tan sólo quiere durar, disfrutar del Falcon, del helicóptero, de la escolta, del séquito, del oropel y del boato. No aspira a más que a pasear su palmito y oír con disimulado gozo los murmullos de admiración, las interjecciones de asombro, pero no las que pudieran alabar su política, pues no hay política que alabar, sino las que se refieran a su imponente físico, su extraordinaria belleza. Y encima presiente que quizá sea capaz de ganar las próximas elecciones, si no con ética ni con política, al menos con estética y algo de cosmética.

¿Eso significa que las locas imposiciones comunistas de Iglesias no saldrán adelante? En absoluto. Puede que sí y puede que no. Lo que ocurre es que, a Sánchez, en su ensimismamiento, le da igual. En lo único en lo que algo porfía es en arrojar los restos de Franco en alguna recóndita fosa para que puedan decir quienes nos sucedan que fue él quien realizó tamaña hazaña. Y en su inconsistente deriva ha solicitado el auxilio del odiado Vaticano para que impida que Franco acabe, gracias a su pavorosa imprevisión, en un lugar aún más notable del que hoy ocupa.

Así, se puede fácilmente medir el tamaño del peligro que corremos con este petimetre. Porque no es que su programa sea un disparate, ya que no puede serlo, porque no lo tiene. No es que pretenda reformar la Constitución en el sentido que desean los separatistas catalanes, porque no sabe ni por dónde tendría que empezar. Lo terrible es que todo le da igual con tal de seguir siendo presidente del Gobierno. Si no cede a la integridad de lo que le exigen sus muy variopintos socios no se debe a que esté convencido de que no debe hacerlo, sino a que sabe que no es necesario porque ellos temen un adelanto electoral tanto o más que él. Y sabe, por tanto, que lo que más conviene a los desleales nacionalistas vascos y a los traidores separatistas catalanes es que él siga residiendo en la Moncloa, porque, aunque no ceda a las más graves de sus exigencias, cuando menos seguirá respondiendo a sus desafíos de la manera que más les gusta, esto es, sin hacer nada. Y no hay más. Es como Nadie gobernando la Nada.

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