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Emilio Campmany

El justo indomable

Cuando muere alguien como Fungairiño, una parte de nosotros también muere. Hoy España está un poco más indefensa, algo más desamparada.

Emilio Campmany
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Emilio Campmany - El justo indomable
Europa Press

Cuando muere alguien como Eduardo Fungairiño, todos los españoles nos quedamos algo huérfanos. No es sólo una manera de hablar. En un país donde los Gobiernos de turno se arrugan ante los que quieren destruir la nación que juraron (o más comúnmente prometieron) defender, unos pocos funcionarios, que hicieron el mismo juramento o promesa, son la última trinchera del último frente desde el que protegerla. Los que, como Fungairiño, deciden defender las leyes ante quienes las atropellan, da igual que lo hagan con balas 9 milímetros Parabellum o con el BOE, lo pagan. Su mérito no está sólo en la indómita voluntad de ser justos, estriba sobre todo en la disposición a arrostrar las consecuencias. Porque en España defender a la nación y sus leyes sale carísimo.

En esto, como en tantas otras cosas, los Gobiernos y los políticos se atienen al código Corleone, esa norma por la cual el alto funcionario que prefiere defender la ley antes que obedecer dócilmente al gobernante es castigado una y otra vez, mientras se premia profusamente con bicocas, cargos y medallas a los que sumisamente se olvidan, como los políticos, del juramento que hicieron. No sólo se cierran las puertas del natural ascenso en la carrera de cada cual, no sólo se ciegan las normales rutas de promoción que deberían esperar a juristas de la brillantez de Fungairiño. Son los artículos de prensa, la exposición a escarnio público de cualquier episodio de la vida privada que pueda ser presentado como vergonzoso, es la soledad derivada de los muchos amigos que huyen de quien es objeto del anatema de los poderes públicos y la prensa cortesana. Es verdad que no llega a ser el "plata o plomo" de la Colombia de Pablo Escobar, pero el principio es el mismo. Veremos qué cínicos elogios harán de Fungairiño un Marlaska, juez elevado a ministro del Interior, o una Dolores Delgado, fiscal catapultada al Ministerio de Justicia, por ser y hacer ambos exactamente lo contrario de lo que fue e hizo el gran Eduardo Fungairiño.

Sin jueces y fiscales dispuestos a renunciar a un futuro de prebendas, los golpistas catalanes no se habrían sentado en el banquillo. Del mismo modo que sin Eduardo Fungairiño y otros pocos, el felipismo del GAL y de la corrupción se habría ido de rositas. Es verdad que Felipe González, un aspirante a dictadorzuelo caribeño de novela de Vargas Llosa, se libró indebidamente de ser acusado y hoy es considerado el estadista que nunca fue. Pero eso se lo debe a los Bacigalupos, que abundan mucho más que los Fungairiños, que antepusieron los favores que recibieron a su obligación de hacer cumplir las leyes.

Cuando muere alguien como Fungairiño, una parte de nosotros también muere. Hoy España está un poco más indefensa, algo más desamparada. Toda la desgracia que cayó sobre este hombre justo y bueno cuando se vio condenado a una silla de ruedas desde joven se compensa ampliamente con la fortuna que los demás tuvimos de ser sus compatriotas.

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