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Filtraciones y libertad de expresión

Estando España inmersa en pleno debate acerca de las filtraciones, se ha producido un grave incidente diplomático entre EEUU y GB a cuenta de unas filtraciones.

Emilio Campmany
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Emilio Campmany

Estando España inmersa en pleno debate acerca del valor de las filtraciones interesadas, se ha producido un grave incidente diplomático entre Estados Unidos y Gran Bretaña a cuenta precisamente de unas filtraciones. El New York Times ha publicado una serie de fotografías tomadas por los investigadores del atentado de Mánchester y ha dado el nombre del presunto terrorista suicida. La Policía británica, sospechando que la fuente de la filtración es estadounidense, ha dejado de suministrar información a los norteamericanos. El propio Trump, tremendamente enojado, ha dicho que investigará las filtraciones y castigará a sus responsables.

Lo cierto es que la reacción de la Policía ha sido inquietantemente exagerada, acusando a los filtradores y a los que han publicado la filtración de estar ofendiendo a las víctimas, además de comprometer el futuro de las pesquisas. Es difícil valorar si la investigación ha sido puesta o no en peligro. Lo que es seguro es que la filtración en nada ofende a las víctimas. Lo que sí podría hacerlo es que de lo filtrado se dedujera, como quizá sea posible hacer, que los responsables de la lucha antiterrorista en Gran Bretaña han pecado de incompetentes en la vigilancia del terrorista suicida, si llega a confirmarse que se tenían poderosos indicios acerca de su peligrosidad.

La sobrerreacción de Trump se explica por lo mucho que su Administración está sufriendo precisamente debido a las filtraciones relativas a los lazos de sus colaboradores, anteriores y presentes, con Rusia. La denuncia británica podría ser la excusa perfecta para producir alguna clase de campaña contra el modo en que se publican esta clase de informaciones en beneficio del presidente.

En España está pasando algo parecido. Evidentemente, quien filtra no quiere informar a la opinión pública. Pretende influir en ella. El periodista que recibe la información, en cambio, sí debe tener por objetivo informar. La cuestión es que, con independencia de que haya sido más o menos manipulado, lo esencial para él, y para nosotros, debería ser si es o no verdad lo que se publica. Y si lo es, el que no sea toda la verdad tan sólo debería empujar al periodista a buscarla, nunca a dejar de publicar la parte de ella que conoce, sean cuales sean las intenciones de quien se la proporciona. Si la publicación de la declaración de la renta de Esperanza Aguirre le perjudica electoralmente, el problema no es la filtración o su publicación. El problema es la mala prensa que tiene en España ganar dinero, por muy honradamente que se haga. Y si lo es publicar un informe en que la Policía sospecha de una adjudicación hecha por Cifuentes que luego resulta ser perfectamente legal, el problema es que cualquier adjudicación a Arturo Fernández, por escrupulosa que haya sido con la ley, es inevitablemente sospechosa. En cualquier caso, como receptor de información, me gustaría saber toda la verdad, pero, si no es posible, prefiero conocer una parte antes que nada, por malintencionados que sean los filtradores y por errónea que sea la valoración que de ella vaya a hacer la opinión pública.

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