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Emilio Campmany

Iglesias será destituido

La manera de librarse de tener comunistas en el poder no es demandar la destitución de Iglesias, sino exigir la dimisión de Sánchez.

Emilio Campmany
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La manera de librarse de tener comunistas en el poder no es demandar la destitución de Iglesias, sino exigir la dimisión de Sánchez.
EFE

En su momento. En el Gobierno y en Podemos se da por hecho. Pero no será por las obvias razones que alega La España que Reúne, esa asociación presidida por Nicolás Redondo Terreros, ese ser rarísimo que reúne, valga la redundancia, las condiciones de español y socialista. Será cuando electoralmente proceda. Iglesias no se opone al Gobierno desde el Gobierno por no saber dónde está. Lo hace para conservar su bagaje electoral. Cuando finalmente se convoquen las elecciones, tiene que poder alegar ante su electorado que hizo lo que pudo para aplicar su programa extremista y revolucionario, pero que no le dejaron. Sánchez hace lo mismo. Las excentricidades de Podemos, tanto las que no pasan de propuestas como las que acaban en el BOE, le servirán para distanciarse del partido bolivariano cuando las elecciones se acerquen y lo escenificará destituyendo a Iglesias. Mientras tanto, ambos disfrutan de lo único que les importa: el poder.

Por eso, la exigencia de La España que Reúne es tan pertinente como ingenua. A nadie se le escapa que la destitución que exige es una necesidad perentoria para cualquiera que, como sus miembros, esté preocupado por el futuro de España. Y es una ingenuidad por creer que entre aquellos a quienes les preocupa ese futuro pueda estar la única persona con el poder de destituir al comunista de su cargo de vicepresidente del Gobierno: Pedro Sánchez. Sólo cuando a los intereses electorales del PSOE convenga lo hará el presidente del Gobierno. Lo único que pretende Iglesias es, para cuando llegue ese momento, que no depende en absoluto del daño que pueda estar haciendo, presentarse lo mejor colocado posible ante su electorado. En el fondo, este rigodón de mohínes, enfados y enfrentamientos sin que la sangre llegue al río que interpretan ambos dirigentes no es más que eso, una farsa que no tiene otro objeto que el de convencer a sus respectivos electorados de dos cosas. La primera es que Sánchez, no obstante gobernar aliado con un totalitario comunista, además de los golpistas catalanes, sigue siendo el socialdemócrata europeo y moderno que se supone ha de ser quien sea secretario general del PSOE. La segunda es que Iglesias, no obstante haber aceptado ser vicepresidente de un Gobierno burgués, sigue siendo el revolucionario comunista que aspira a darle la vuelta al régimen del 78, heredero del de Franco, democrático sólo de nombre. La destitución o dimisión que en su día llegue, y que sin duda llegará, no tendrá otro objeto que dar credibilidad a esos dos disfraces. Pasadas las elecciones, si la aritmética lo exige, volverán a aliarse y a gobernar del mismo modo que lo están haciendo ahora. 

De todo lo que hace Podemos desde el Gobierno no es en absoluto responsable Iglesias, sino Sánchez, que es quien lo nombró y que es quien lo mantiene en el Gobierno. La manera de librarse de tener comunistas en el poder no es por tanto demandar la destitución de Iglesias, que no llegará mientras electoralmente no convenga, sino exigir la dimisión de Sánchez o, dada la imposibilidad de conseguirlo, lograr que el Grupo Socialista del Congreso de los Diputados apoye una moción de censura que haga presidente a cualquier socialista que, como Redondo Terreros, reúna esas dos cualidades que es tan extraño que coincidan, la de ser socialista y español.

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