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Emilio Campmany

La clave es Pakistán

Si el objetivo era impedir que los talibanes volvieran al poder en Kabul, tendría que haberse declarado la guerra a Islamabad.

Emilio Campmany
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Cuando Gran Bretaña se vio obligada a descolonizar la India y ésta se fragmentó en dos países, algunas poblaciones de Balochistán y del Jaiber Pastunjuá, islamizadas a la fuerza, habrían preferido quedar integradas en la India antes que someterse a un Estado musulmán. El pandit Nehru no quiso apoyar sus reivindicaciones, entre otras cosas, para evitar que la India fuera un país discontinuo como equivocadamente quiso ser Pakistán. Sin embargo, las poblaciones rebeldes de aquellas regiones siguieron oponiéndose al Gobierno pakistaní y de hecho aún hoy hay atentados terroristas de este signo allí. Los servicios secretos pakistaníes, con razón o sin ella, creen que detrás de estos movimientos está la India. No sólo, también piensan que Nueva Delhi esperaba ejercer cierta influencia en Afganistán para, desde allí, prestar a estos grupos rebeldes un respaldo más consistente, proporcionándoles sobre todo santuarios desde los que operar. El servicio de inteligencia pakistaní, el famoso ISI, está convencido de que sólo un Gobierno talibán ofrece garantías de que tal cosa no ocurrirá.

Con estos antecedentes es fácil comprender que, si el objetivo era impedir que los talibanes volvieran al poder en Kabul, tendría que haberse declarado la guerra a Pakistán, por ser un país que patrocina el terrorismo. Cabía haberlo intentado, pero habría que haber tenido en cuenta varias cosas. La primera es que el Ejército, cuyo objetivo principal era acabar con los refugios de Al Qaeda allí, no podría haber contado con los puertos y vías pakistaníes para la llegada de material hasta Afganistán, país sin salida al mar. También estaba el hecho de que Pakistán es una potencia nuclear capaz de caer en la tentación de recurrir a su arsenal si se ve acorralada. Por último, y quizá lo más importante, no se podía olvidar que Pakistán, desde los tiempos de la Guerra Fría, es un fiel aliado de China. Esa amistad es hoy más estrecha que nunca y Pekín no habría permitido fácilmente que la OTAN barriera a un país tan amigo.

Es cierto que Pakistán ha hecho un doble juego ayudando a los norteamericanos a combatir en Afganistán y respaldando a los talibanes para que no fueran vencidos. Pero si el objetivo de la guerra era echar de Afganistán a Al Qaeda y acabar con sus líderes, se ha cumplido. Ir más allá habría exigido una guerra contra un país muy poderoso con poderosos amigos por un objetivo, impedir el retorno de los talibanes, que no era el principal fin de la guerra ni merecía como tal los riesgos que había que correr y los sacrificios que había que asumir para alcanzarlo.

¿Volverá Afganistán a ser en el futuro plataforma de lanzamiento del terrorismo islamista contra Occidente? Puede que ni los talibanes ni los pakistaníes sean capaces de evitarlo. Pero de lo que no cabe duda es de que ambos lo intentarán, por la cuenta que les trae.

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