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Emilio Campmany

La responsabilidad de la derecha

A donde nos dirigimos no se llega arrastrado por unos cuantos. Unos empujan y otros se dejan llevar.

Emilio Campmany
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A donde nos dirigimos no se llega arrastrado por unos cuantos. Unos empujan y otros se dejan llevar.
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Es patente que España padece una gravísima crisis política. Solucionarla exige identificarla correctamente. Lo primero que solemos hacer los españoles cuando nos sacude una desgracia es echarle la culpa a alguien. En este caso, lo fácil es hacer responsable a Pedro Sánchez. Por supuesto, el presidente en funciones no es inocente. No obstante, si caemos en la cuenta de que llevamos tres presidentes seguidos que son ejemplos notables de inepcia y cobardía, deberíamos preguntarnos si no habrá algo más que una racha de mala suerte.

Y claro que hay más, mucho más. Para empezar, vamos a conmemorar la caída del Muro de Berlín metiendo a los comunistas en el Gobierno. Y a pesar de lo peligroso que eso es, lo que asusta es el auge de la extrema derecha. Si Vox fuera un partido fascista, que no sería algo peor que ser comunista, podría entenderse, pero no es el caso. Con todo, la crisis que padecemos no está provocada por el auge de partidos situados en los extremos del espectro ideológico. La gravedad de la situación procede de la amenaza de los independentistas, que no son sólo los catalanes. No obstante, hay que reconocer que ellos solos no podrían hacernos mucho daño. Nuestra debilidad está causada por la disposición de las izquierdas, tanto la socialista como la comunista, a pactar con ellos una reforma constitucional que muy bien podría acabar con España como nación. Quienes crean que tal reforma nunca se llevará a cabo porque la derecha, cuya connivencia es necesaria, se negará a participar podrían equivocarse. La derecha lleva colaborando con la paulatina degradación del régimen desde que nació en 1978. Ha ido cediendo en todo, muy especialmente en avances de la izquierda y de los nacionalistas que son groseramente inconstitucionales. Valga de ejemplo el aborto, que atenta contra el derecho a la vida, o la legislación sobre violencia de género, que conculca la igualdad de los españoles ante la ley. Pero está también la imposibilidad de educarse en español o la exigencia del dominio de una lengua local para poder ser funcionario público. Si se ha tragado todo esto, ¿qué puede extrañar que un día se acepte la plurinacionalidad de España?

En este ambiente en que está en almoneda la existencia misma de nuestra nación, en que el Gobierno de España está a punto de pactar su programa con quienes protagonizaron un golpe de Estado y no renuncian a volver a intentar otro, el PP, representante de la tradicional derecha española, por demostrar lo muy centrado que está, debate si unirse o no a la izquierda en el cordón sanitario a Vox. Una izquierda que ni por asomo cree que haya que recetar esa misma medicina a los nacionalistas, cosa que por otra parte el PP tampoco exige. Y Vox se deja agredir porque cree que le rentará electoralmente.

La crisis la padece España. Por culpa de los nacionalistas y la complicidad de la izquierda, por supuesto. Pero también por negligencia de la derecha. A donde nos dirigimos no se llega arrastrado por unos cuantos. Unos empujan y otros se dejan llevar.

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