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Emilio Campmany

Lo fratricida no quita lo cobarde

Puede que cobardeando Casado alcance al final la presidencia del Gobierno. Pero no dejará de ser una nulidad más que añadir a la lista que inició Zapatero.

Emilio Campmany
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Puede que cobardeando Casado alcance al final la presidencia del Gobierno. Pero no dejará de ser una nulidad más que añadir a la lista que inició Zapatero.
Pablo Casado, en la toma de posesión de Isabel Díaz Ayuso. | EFE

Ayuso quiere ser la presidenta del PP regional de Madrid para, cuando lleguen en mayo de 2023 las próximas elecciones autonómicas, controlar las listas y que no vuelvan a meterle a nadie de canto. ¿Por qué se niega Casado? Para evitar que un triunfo abrumador de Ayuso en mayo de 2023, seguido de una derrota del PP en las generales del otoño de ese mismo año, obligue a ceder su liderazgo a la brava presidenta madrileña, que ha demostrado tener mucho más tirón electoral que él, gris presidente nacional del partido.

El dilema de Casado es trágico. Nunca se esforzó. Sólo se dio la oportunidad de triunfar en la política. De no hacerlo ahí, sería un donnadie. Las vicisitudes y su habilidad le han llevado a la presidencia del PP. Si conserva el cargo el suficiente tiempo, acabará siendo presidente del Gobierno. Eso será tras las generales de 2023 o las siguientes, cuando pase la era de quien hoy ocupa el cargo. Si no lo consigue, no será nada. Un bobo como Zapatero estuvo casi dos legislaturas. Un vago como Rajoy aguantó lo mismo. No es descabellado que un mentecato como Sánchez gane las próximas generales y disfrutemos de sus desvelos una legislatura más. Para Casado es por tanto esencial salir de esa posible derrota en 2023 sin que se discuta su liderazgo. Y por eso no quiere a Ayuso al frente del PP de Madrid.

Ocurre sin embargo que tanto esfuerzo por conservarse atado a la poltrona de Génova favorece la división del partido y en consecuencia también la derrota en las próximas generales. Pero como no hay forma de estar seguros de que se vencerá en 2023, Casado prefiere arriesgarse a perder con tal de garantizarse que, aun derrotado, seguirá siendo la cabeza del partido. Debería en cambio tomar ejemplo de Ayuso. Tampoco era nada y, sin embargo, tuvo el valor de disolver la Asamblea de Madrid y ganó. Ahora es recibida en Milán en medio de vivas a la libertad. Puede que cobardeando Casado alcance al final la presidencia del Gobierno. Pero, atenazado por su cobardía, no dejará de ser una nulidad más que añadir a la lista que inició Zapatero.

Hay además un par de circunstancias que Casado no está midiendo bien. La primera es que Ayuso no sólo es la racial presidenta de la Comunidad de Madrid. Detrás está Miguel Ángel Rodríguez, el que derribó a Iván Redondo. Teodoro García Egea no le durará más. Más inteligente sería incluirlo en el equipo que ha de llevar a Casado a la Moncloa que estarle tocando las narices oponiéndose a que su jefa ocupe, como merece, la presidencia del PP de Madrid. La segunda es que, si Casado saliera derrotado de las próximas generales, no es Ayuso la única que tratará de moverle la silla, también lo hará Feijóo. Y ése, a diferencia de la presidenta de Madrid, no irá de frente.

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