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...y punto

Fraga se quedó para siempre con la imagen de "la calle es mía", símbolo de su autoritarismo, sin que nadie recuerde el verdadero significado del "con Fraga, hasta la braga", forma grosera de describir su aperturismo.

Emilio Campmany
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Fraga debería haber sido la luminaria de la Transición. En cambio, será recordado como un fogonazo más de autoritarismo del final de la dictadura. En los tiempos en que Adolfo Suárez no era más que un apparatchik del montón con más ambición que capacidad, Fraga acabó con la censura previa gracias a la Ley de Prensa de 1966. Hoy puede parecer poco, pero esa ley constituyó un pequeño gran primer paso hacia un régimen de libertades.

Sin embargo, llegado el momento de hacer la Transición, Fraga vio decepcionado que sería otro quien la protagonizaría. Entonces fue cuando cometió lo que es difícil saber si fue el mayor error o el gran acierto de su vida, la fundación de Alianza Popular. Puede que fuera el mayor error porque apostar por presentarse a las elecciones reivindicando el franquismo estaba abocado a ser un fracaso. Pero puede que fuera un gran acierto porque el Partido Popular que hoy gobierna no es más que una refundación de aquella Alianza Popular que absorbió a toda la derecha, desde la UCD hasta el PDP.

El desdén de Fraga hacia Adolfo Suárez, un mindundi a sus ojos, lo empujó a crear aquel partido de los Siete Magníficos sin darse cuenta que quien lo derrotó no fue Suárez, sino su gran adversario político, Torcuato Fernández-Miranda, el hombre que, si es que a uno solo hay que atribuirla, tuvo la responsabilidad de la Transición. Así fue como Fraga se quedó para siempre con la imagen de "la calle es mía", símbolo de su autoritarismo, sin que nadie recuerde el verdadero significado del "con Fraga, hasta la braga", forma grosera de describir su aperturismo.

Luego, vinieron los tiempos del "techo de Fraga" cuando se dejó seducir por González, que lo nombró líder de la oposición per secula seculorum. Tuvo que sentirse como esos rangers que desembarcaron en Normandía pero que luego supieron que nunca desfilarían en París cuando tuvo que ir a buscar a alguien de la siguiente generación que encontrara el modo de llegar donde él ya nunca lo haría, a la presidencia del Gobierno. Lo hizo como todo, a lo bestia, rompiendo en público la carta de Aznar y diciendo aquello de que "en este partido no hay tutelas ni ‘tutías’".

Y es que, en el fondo, era un ingenuo en el que había más temperamento que zorrería y más voluntad que retranca. Por eso, cuando se cuenta el chiste de los dos políticos en pelotas que son sorprendidos por un grupo de turistas tras un refrescante baño en un río, quien recomienda taparse la cara y no las partes pudendas no es Fraga al otro, sino el otro a Fraga.

La deuda que tiene con él la Transición no es tan elevada como con Suárez (o con Fernánez-Miranda, si se prefiere), pero sí es de igual o mejor calidad.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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