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Emilio J. González

Crisis, ¿qué crisis?

El país está mucho menos preparado para afrontar la crisis de lo que dice el presidente, y lo está porque lo que se ha hecho es redundante y porque hace ya cuatro años y medio el Ejecutivo renunció a hacer lo que se tiene que hacer

Emilio J. González
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La comparecencia en el Parlamento del presidente del Gobierno para hablar de la situación económica ha sido un nuevo ejercicio de negación de la realidad, de confiar en que todo se resolverá por sí mismo y sin demasiados problemas y de creer que simplemente con comparecer ante el Parlamento, y las cámaras de televisión, con la idea de transmitir ilusión y optimismo basta para arreglar las cosas.

Para el presidente del Gobierno la crisis sigue sin existir. Crisis, ¿qué crisis? Ese es el mensaje que transmite una y otra vez. Todo lo que ocurre en nuestro país es culpa de las circunstancias internacionales y aunque reconoce que también hay factores propios, ni los menciona, no sea que alguien empiece a ver la relación entre ellos y la ausencia de política económica desde que Zapatero llegó al poder. Por eso, en parte, no habla de crisis, sólo de frenazo y dificultades, términos a los que se viene refiriendo desde hace tiempo para evitar tener que dar explicaciones acerca de cómo faltó a la verdad sobre la situación económica durante la campaña electoral. Y lo hizo el mismo día en que la Comisión Europea dio a conocer sus nuevas previsiones económicas, en las que afirma que España entrará en recesión en la segunda mitad del año. Pues para Zapatero, que conocía de sobra ese análisis, porque Bruselas siempre lo manda por anticipado a los gobiernos, la naturaleza de las cosas no ha cambiado: sólo ha empeorado en los dos últimos meses, como reconoció en su discurso, si bien, a su juicio puede empezar a mejorar enseguida porque el precio del petróleo ha caído durante ese mismo periodo de 140 a 100 dólares por barril. El mundo idílico de Zapatero, por tanto, sigue intacto.

En esta misma tónica, Zapatero sigue insistiendo en que España está bien preparada para capear la crisis porque el sistema financiero es sólido, los inversores confían en nuestro país, las empresas han diversificado internacionalmente sus actividades, hay margen para actuar mediante la política fiscal, esto es, el gasto público; la situación exterior ha mejorado y el sector público y el privado tienen un claro compromiso con la mejora de la capacidad productiva física y humana de nuestro país. O sea, que todo está de maravilla.

Sin embargo, la realidad es bien distinta. Las entidades crediticias se las ven y se las desean para obtener financiación, cosa que se agravará con las nuevas exigencias del Banco Central Europeo para prestarles dinero, mientras los bancos medianos y las cajas de ahorros pequeñas y medianas se las ven y se las desean para superar una situación que amenaza con colocar a más de una en una posición realmente difícil. Las empresas están notando la crisis en su cuenta de resultados en forma de reducción de beneficios y ya las hay que están anunciando planes de reducción de plantilla, por ejemplo, el sector de la automoción, del que Zapatero no ha hablado. El Gobierno ya se ha comido el superávit presupuestario con las medidas electoralistas del presidente y se ha volatilizado de la noche a la mañana. Si el saldo exterior empieza a mejorar es porque la crisis ha reducido la demanda interna de exportaciones. A su vez, los inversores desconfían cada vez más de nuestro país, lo que se nota en la prima de riesgo de la deuda pública española en relación con la alemana. Y, por último, la capacidad productiva física del país, o sea, la inversión en infraestructuras, en lugar de ir a más, va a menos, como prueba el hecho de la reducción de las licitaciones de obra pública en lo que va de año. Así es que el país está mucho menos preparado para afrontar la crisis de lo que dice el presidente, y lo está porque lo que se ha hecho es redundante y porque hace ya cuatro años y medio el Ejecutivo renunció a hacer lo que se tiene que hacer, esto es, las reformas estructurales que necesita la economía española.

Sin las medidas adecuadas, no se va a poder superar una crisis que, lejos de lo que piensa Zapatero, no va a concluir a mediados de 2009 sino que, según los analistas privados, no tocará fondo hasta un año después de lo que dice el Gobierno. Pero el Ejecutivo no puede admitir tal cosa, en parte porque le pondría en evidencia y en parte porque, en el fondo, a Zapatero no le importa la economía y es de los que piensan que ya se resolverán las cosas por sí mismas y sin demasiado coste político para el Gobierno.

Por eso, lejos de presentar hoy un verdadero paquete de medidas de política económica, o de, al menos, anunciarlo, Zapatero se ha limitado, por un lado, a defender lo que ya ha aprobado; medidas de las que, a tenor de los últimos datos, lo mejor que se puede decir es que no han servido para nada. Por otro, ha anunciado su intención de seguir adelante con sus planes de gasto público electoralista cuando lo que se necesita en estos momentos es redefinir las estrategias de gasto para poner más énfasis en la inversión pública y en la necesaria contención del déficit público. No obstante, si Zapatero parte de la tesis errónea de que tiene margen presupuestario, esperar de él racionalidad en el gasto público es como pedir peras al olmo. Él quiere gastar a toda costa y nada se lo va a impedir, sobre todo cuando el modelo de política económica que tiene en la cabeza es el que es.

Por último, Zapatero, que dice estar muy preocupado por el empleo y el paro, confía en el diálogo social como solución a los problemas. Para él es una especie de panacea, de bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Sin embargo, ese diálogo social no va a resolver los problemas porque lo que se necesita es una nueva reforma laboral que los sindicatos no están dispuestos a acometer. Si ya es sorprendente esta confianza en que los agentes sociales vayan a aportar la solución, más lo es la propuesta de Zapatero acerca del plan de empleo: tirar de la chequera para que el sector público, sobre todo las corporaciones locales, contraten a cien mil parados para realizar trabajos de interés público o social. La primera cuestión al respecto es de dónde van a sacar los ayuntamientos el dinero cuando sus finanzas están en crisis; la segunda, porque se hace depender a los parados del Estado en lugar de arbitrar medidas para que sean las empresas quienes contraten, por ejemplo, rebajándoles los impuestos.

En resumen, cuando se habla de crisis, Zapatero sigue mirando hacia otra parte y, al hacerlo, ni toma las medidas que hay que tomar ni hace nada de nada para resolverlo. Sólo tratar de vender sus particulares ideas sobre la justicia social –no hay mayor justicia social que el que la gente tenga un trabajo- y sus propuestas electorales, que se empeña en sacar adelante contra todo y contra todos, sin pararse a pensar en la factura tan onerosa que está dejando a este país.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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