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El canon como arma electoral

La identificación del Gobierno con esa dictadura del culturetariado que constantemente insulta y vilipendia a una parte importante de la sociedad es algo que debe ser tenido en cuenta.

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"Un canon indiscriminado penaliza el talento, y el Gobierno que yo presida no está por la labor". La frase, pronunciada por Mariano Rajoy en el contexto de la presentación del último libro de de Javier Cremades, Micropoder: la fuerza del ciudadano en la era digital, está provocando una buena oleada de comentarios en uno de los lugares más naturales donde debía provocarlos: en la red, cuyos usuarios habituales son los principales perjudicados por la arbitraria decisión de imponer una tasa a los productos tecnológicos para financiar la sopa boba de los llamados "artistas".

Las reacciones iniciales, naturales por otro lado dentro del enrarecido clima político que vivimos, son más bien de desconfianza: mi compañero de la columna de al lado, Daniel Rodríguez Herrera, se pregunta qué es eso de un canon "indiscriminado", y si eso implica estar de acuerdo entonces con un canon "discriminado". Antonio Ortiz, de Error500, recela, entre otras cosas, acerca de una hipotética "compensación" que lesionase el derecho de copia privada, mientras un nutrido número de comentaristas en mi página reclaman una explicación al reciente voto unánime positivo de los diputados del Partido Popular a la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, a todas luces incoherente con la comentada pretensión de eliminar ese "canon indiscriminado".

Sin duda, a Mariano Rajoy le va a tocar, si quiere maximizar el posible rédito político de sus manifestaciones, extenderse un poco más en la explicación de sus pretensiones con respecto al tan traído y llevado canon digital, así como en lo referente a los paquetes de medidas propuestos para abaratar el ADSL o para promover la creación de espacios WiFi en las principales ciudades españolas. Es la consecuencia de sacar a la palestra política temas que afectan tan directamente a un colectivo tan "respondón" como el internauta y que además posee, merced a la naturaleza participativa de Internet en nuestros días, el efecto amplificador derivado de plantear esas mismas reflexiones en sus respectivas "casitas en la red". En el fondo, la pesadilla de los "artistas" y de las sociedades de gestión: un debate abierto sobre ese canon que tan diligentemente, y con la anuencia del mismísimo ministro del ramo, pensaban guisar, aprobar y comerse ellos solitos en el más genuino estilo Juan Palomo.

Lo interesante, sin duda, es pensar no sólo en la posible existencia de ese voto geek con el que especulábamos hace unos meses, sino en la extensión del debate sobre el canon a prácticamente toda la población: una sociedad en la que la brecha entre una serie de "artistas" paniaguados y el común de los mortales se ahonda cada día más, y en la que la sola mención de los privilegios que éstos esperan rapiñar del ministro de turno provoca irritación en gran parte de los ciudadanos, concretamente en la parte del bolsillo que porta la cartera y en donde algunos, además, guardan la papeleta en el camino hacia las urnas. Un canon que prácticamente provoca "alarma social", y en el que, además, las posibilidades de respuesta del partido gobernante, lastrado por un ministro de Cultura que ya ha demostrado su nula voluntad de escuchar a quienes no son "artistas" como él, son prácticamente nulas. Si la credibilidad de Rajoy sufre por haber votado en su momento a favor de la reforma de la ley de propiedad intelectual, la del partido en el Gobierno debe añadir además la erosión provocada por ser el que pretende aprobar el que esos "artistas" metan sus sucias manos en nuestros bolsillos. En ese sentido, la identificación del Gobierno con esa dictadura del culturetariado que constantemente insulta y vilipendia a una parte importante de la sociedad es algo que debe ser tenido en cuenta.

Desde un punto de vista puramente pragmático, pensar que la decisión sobre el canon digital va a influenciar directamente el voto de millones de ciudadanos, superando el efecto de cuestiones de primer nivel como la vivienda, la delincuencia, el déficit público o la política exterior es algo que resulta difícilmente defendible, tan impensable como imaginarse hipotéticas legiones de votantes geeks con portátiles bajo el brazo e iPods en las orejas yendo todos a votar en un mismo sentido.

Pero desde una visión de conjunto que tomase el canon y las medidas de contenido tecnológico no como efecto directo, sino como mero indicador, las cosas podrían tal vez no ser tan descabelladas. Primero, porque vivimos en una época en la que las ideologías están suficientemente en crisis como para que el programa electoral de un partido pueda ser una fotocopia del de su principal oponente político, lo que convierte a este tipo de cuestiones teóricamente secundarias en algo con un cierto valor diferencial. Y segundo, porque revela que mientras unos creen en las leyes del mercado, en su capacidad de ajuste y en que la verdadera cultura no se destruye, sino que se fomenta a golpe de ratón, otros creen en la política de la subvención, sin tener en cuenta los perversos efectos de la misma. La practican de manera incesante: un canon para que sus amigos "artistas" puedan crear a gusto, un dinero a los jóvenes para que puedan alquilar una casa (lo que provoca de manera inmediata una absorción del mercado que se traslada en una subida de los precios)... en el fondo, una auténtica demostración de ignorancia de las nociones más básicas de economía general.

¿Pretende de verdad Mariano Rajoy hacer bandera política de la tecnología en general y del canon en particular? Remitiéndonos a un único comentario, todavía es demasiado pronto para saberlo. Pero que la tecnología y el canon se estén convirtiendo en una variable del debate político es algo que, sin duda, va a valer la pena para todos, sean geeks o no lo sean.

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