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La tercera guerra

El producto de Microsoft, Internet Explorer 6, que había sido anunciado como el último navegador independiente de la compañía, estaba envejeciendo sin piedad frente a las nuevas prestaciones ofrecidas por Firefox.

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En su momento, fue una de las guerras más cruentas de la historia de la tecnología: la conocida como "guerra de los navegadores". Su primer episodio, la "primera gran guerra", tuvo lugar a mediados de 1995, cuando Microsoft licenció un programa histórico en la web, Mosaic, y lo utilizó como base para su navegador Internet Explorer 1.0, que decidió distribuir de manera gratuita en un paquete denominado Windows 95 Plus! Tres meses después, en un rápido movimiento, apareció Internet Explorer 2.0. La idea de Microsoft era competir con el hasta entonces líder de mercado, Netscape, una compañía prácticamente monoproducto que había desarrollado Navigator, el navegador que utilizaban en aquel entonces un 80% de los usuarios. En realidad, Netscape era una empresa pequeña, cuyos ingresos totales, en su mejor momento, nunca habían llegado a superar lo que Microsoft tenía en su partida de tesorería. Pero para Microsoft, que había intuido la importancia del navegador como ventana que el usuario utilizaba para relacionarse con el mundo, la batalla tenía una gran importancia. En 1996, con la salida de su Internet Explorer 3.0, Microsoft vio, por fin, como la cuota de mercado de su producto empezaba a aproximarse a la de una Netscape ya casi financieramente exhausta: la guerra empezaba a tener un aspecto cada vez más favorable. En 1998, tras haber visto como su enemigo utilizaba sin pestañear armas tan letales como la gratuidad, la integración con el sistema operativo o las sanciones a los fabricantes de ordenadores que incluyesen el producto de la competencia en sus configuraciones de fábrica, Netscape capituló y liberó el código fuente de su producto. La guerra había terminado, y el monopolio estaba servido.

La segunda guerra comenzó en 2004: partiendo de los restos de la moribunda Netscape, y tras una reescritura radical en 2002, una fundación sin ánimo de lucro, la Mozilla Foundation, puso en el mercado Firefox 1.0, un navegador de código abierto. Entretanto, el tiempo transcurrido había permitido a Microsoft aplicar muchas de sus tácticas de construcción de monopolio: en lugar de adaptar su navegador a los estándares de la web, había conseguido que la web se adaptase a su navegador. La mayoría de los webmasters del momento diseñaban sus páginas de acuerdo a las arbitrarias preferencias marcadas por la empresa de Redmond. Sin embargo, y a pesar de los comentarios de muchos usuarios que afirmaban que determinadas páginas (aquellas que no seguían los estándares de diseño) no se veían bien en Firefox, el uso del nuevo navegador empezó a tomar cuerpo. Desde entonces hasta ahora, la dominación de más del 90% del mercado que poseía Internet Explorer ha ido descendiendo hasta situarse ahora, según algunas fuentes, por debajo del 80%.

El producto de Microsoft, Internet Explorer 6, que había sido anunciado como el último navegador independiente de la compañía, estaba envejeciendo sin piedad frente a las nuevas prestaciones ofrecidas por Firefox, que contaba además con el más poderoso de los aliados: un ejército de empresas y programadores independientes que, aprovechando lo abierto de su código, añadían constantemente nuevas extensiones a una larguísima y creciente lista de prestaciones que los usuarios apreciaban en su justo valor. Pero mucho más grave que el descenso de cuota, que seguía reflejando un mercado cuasi‑monopolístico, era la composición de usuarios en uno y otro lado: Firefox tendía a ser mayoritariamente popular precisamente entre los usuarios más avezados, con mayor experiencia, con más "tiros pegados" en la red. En muchos sitios que congregaban ese tipo de audiencias con niveles superiores de expertise, la cuota de Firefox empezaba ya a superar a la del producto de Microsoft de manera sistemática.

Tras ver como su cuota de mercado y, en mayor medida, su prestigio, se iban deteriorando, Microsoft decidió olvidar aquello que había dicho acerca de sus intenciones para el navegador, y anunció la salida de Internet Explorer 7, otro navegador independiente destinado a competir con Firefox. El nuevo navegador incorporaba, de hecho, muchas de las prestaciones que Firefox había hecho populares, en un movimiento de imitación que dejaba en poca estima la capacidad de innovación de la empresa más poderosa del mundo. Casi al mismo tiempo, Firefox publicó su versión 2.0, notablemente mejorada en muchas de sus prestaciones.

La tercera guerra de los navegadores ha comenzado. Su destino, esperemos, será una red en la que impere de una manera cada vez más patente la diversidad: múltiples navegadores, en diferentes adaptaciones y versiones, compitiendo en mejoras y prestaciones y respetando unos estándares básicos de presentación. La batalla será sin duda desigual, dado que uno de los contrincantes volverá a utilizar técnicas como el apalancamiento en la predominancia de su sistema operativo, pero el resultado, considerando la velocidad de mejora que una comunidad de usuarios fuertemente activa proporciona a Firefox, es incierto. Y las metas también lo son: mientras uno busca ferozmente recuperar el monopolio, otros luchan, simplemente, por un mercado mejor, por una competencia limpia.

Entre Internet Explorer 7, Firefox 2.0 o cualquiera de las muchas y muy buenas alternativas de otros competidores, la elección es completamente suya. Pero procure que eso sea así. Pruebe, compare, y quédese con el que más le guste, con el que mejor se adapte a su visión sobre la evolución futura de la red. El tiempo de utilizar simplemente "el navegador que venía con su sistema operativo" ha pasado ya.

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