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Rubor de escote

Lo políticamente correcto ya viene impuesto por lo que un determinado sector considera que debe ser.

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Venía pensando ahora en un reciente editorial de The Economist que abordaba el asunto de la denominada post verdad y cómo, de manera alarmantemente creciente, el político medio ya ni siquiera se dedicaba a administrar la verdad, sino que podía mentir de una manera directa e impúdica sin la más mínima consecuencia.

También, no hace tantos años, cualquier político de cualquier formación creía indispensable utilizar el instrumento de la razón y de la formación para dirigirse a un potencial electorado y procurar, de este modo, convencerle de que sus ideas y sus estrategias eran las idóneas para conseguir un mejor modelo de sociedad.

Y así, escuchando a unos y a otros y con la inestimable ayuda de tu propio criterio, decidías si tenías una manera de abordar los asuntos más cercanos al liberalismo, o a la socialdemocracia, a la democracia cristiana, al puro socialismo o incluso al tan trasnochado pero actualmente revivido comunismo.

Ahora, sin embargo, nos encontramos en un escenario en el que han irrumpido nuevos políticos que desconocen los reglamentos básicos de las instituciones, sus procedimientos habituales e incluso, en algunos casos, las normas no escritas de civismo y educación. Pero, lejos de admitir, con humildad y ganas de aprender, sus carencias, dan lecciones desde el atril tuitero con la garantía de que la nada tiene formas muy volubles y que ninguna consecuencia habrá posteriormente, tras comprobar que se ha hecho el más completo de los ridículos.

Y además –y esto sí afecta a una buena parte de los responsables políticos– se suma lo que al principio de esta columna comentábamos. Que a nadie o a pocos les interesa la coherencia y algo tan básico como antiguo: ajustarse a la verdad de sus planteamientos.

Nos hemos acostumbrado de manera sonrojante a ver cómo un diputado o senador dice una cosa y la contraria con escasas semanas de diferencia y cómo escriben un tuit sin despeinarse y otro en el sentido opuesto a las horas de haber sido retuiteado cientos de veces.

El artículo, de hecho, apuntaba en su "política post-verdad", que nada importa si lo que se afirma es cierto o no, sino que es suficiente con que lo que se declare "sientan que puedan ser verdad", confiriendo de este modo, toda la importancia al sentimiento y a las sensaciones y no así a los hechos, cuya verdad se puede comprobar de un modo empírico.

Uno de los ejemplos que aparece es el del Brexit y cómo se jugó con cifras que no respondían a la realidad. Algo así como el tan aclamado y desafortunadamente calado Espanya ens roba.

Señala, además, un par de comportamientos que son los que han movido la balanza. La pérdida de confianza en las instituciones y los agentes que deben proporcionarnos la información veraz, es decir, los expertos en las materias a tratar.

A lo que hay que sumar la tendencia de acercarse al votante a golpe de encuesta o a simple golpe de impulso, según sople el viento de una supuesta mayoría. Justo a la inversa de lo que se venía haciendo desde que existe la política y por ende, la civilización. Justamente al revés.

Y así, lo políticamente correcto ya viene impuesto por lo que un determinado sector considera que debe ser. Y nadie lo rebate, por otro lado, puesto que tarde o temprano se acaban sumando a la corriente, no vaya a ser que se queden defendiendo en solitario lo que ellos, simplemente, creen.

Ni siquiera hay atisbo alguno de un mínimo rubor, ni un gesto pudoroso. Por no haber, no hay rastro alguno causado por una mínima emoción que provocaría, por ejemplo, el clásico rubor de escote. Res de res.

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