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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

¡Con lamentos a otra parte!

Yo no estaba en Washington, no asistí a la reunión entre George W. Bush y Tony Blair; sólo conozco, como cualquier quisqui, fragmentos de las declaraciones de ambos. Pero no es necesario ser diplomado de la Escuela de Periodismo de El País o de Clarín para saber que todos los medios del mundo iban a hacer hincapié en la retahíla de que Bush y Blair "reconocen sus errores en Irak". Parece increíble que sean tan ingenuos –o tan tontos– como para ofrecer en bandeja de plata, a sus críticos, adversarios y feroces enemigos, la mejor fusta para ser azotados.

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Claro que reafirmaron la necesidad de la intervención militar y señalaron los pasos positivos realizados en pos de una democracia aún lejana, como la caída de la tiranía de Sadam Husein, las elecciones, el nuevo Gobierno iraquí, etcétera; y reafirmaron –como el egipcio Mubarak– que no podían retirarse ahora, que sería una catástrofe, que había que permanecer para ayudar a los iraquíes a hacerse "dueños de su destino" y establecer la democracia, en un país apaciguado. Bueno, bien, ¿pero cómo no podían imaginar, siquiera por un segundo, que esas declaraciones bienintencionadas iban a ser ninguneadas por todos sus enemigos, para resaltar y festejar que ¡habían reconocido sus errores! y, por lo tanto, que tenían razón, todos ellos, los Zapatero, Chirac, Savater, Villepin, Chomski, Goytisolo y hasta Ben Laden, al condenar la "agresión" y la "ocupación"?
 
Yo no soy contrario, muy al revés, a que los líderes políticos, jefes de Estado y de Gobierno, reconozcan sus errores y critiquen sus acciones, a condición de que eso forme parte de una dinámica, de que indiquen claramente cuáles fueron dichos errores y, sobre todo, cómo van a corregirlos.
 
Lo que me parece contraproducente es que se limiten a confesiones públicas al estilo del Ejército de Salvación. Pasando del chasco sobre las "armas de destrucción masiva" escondidas en Irak, asimismo archiutilizado por sus enemigos, Bush, en forma menguante, declaró humildemente que su peor error fue el de los malos tratos y torturas (por lo visto empleó el término) en la cárcel de Abu Ghraib. Pues, las cosas como son: en cualquier guerra, en cualquier ejército, desgraciadamente, ocurre que militares maltraten, humillen, torturen y hasta asesinen a prisioneros. La diferencia, en este caso, aparte de que uno de los "torturadores" ha realizado probablemente fortunas vendiendo al mundo entero las fotos de sus fechorías, es que los culpables son juzgados y condenados. Esto es muy poco frecuente. Si Bush considera que el asunto no está zanjado, que actúe, en lugar de lamentarse.
 
Tony Blair.En cuanto a Tony Blair, al que tantas veces he aplaudido, no sé si tenía resaca o estaba muy cansado, el caso es que ha declarado que habían cometido un grave error al expulsar de las "instituciones iraquíes", o sea del Ejército, de la Policía, de la Administración, a los miembros del Baaz (el partido único y totalitario de Sadam Husein), porque "tenían experiencia". ¡Menuda experiencia! ¡Peritos en torturas y asesinatos! ¡Maestros de los gases contra los kurdos! ¡Especialistas del terror contra la población civil! ¿Y es con esos sicarios que pretende ahora reconstruir un Irak democrático? Más hubiera valido no intervenir, si era para tumbar una tiranía y sustituirla por el poder de sus sicarios.
 
Cabe preguntarle si considera que Alemania sería hoy lo que es sin la derrota militar nazi y la consiguiente desnazificación. También en ese caso se cometieron errores, pero ¿vamos a lamentar lo ocurrido en Alemania? El tono de esa conferencia de prensa es un tono de película, tal y como la retrata y saluda la prensa occidental; un tono de desencanto que procura inquietud. Con inaudita osadía e impertinencia, voy a señalar algunos de los errores que, a mi entender, se han cometido en Irak.
 
El primero y el más garrafal fue cometido por George Bush padre, que había logrado una fenomenal coalición, una verdadera "Armada invencible", con la Francia de Mitterrand y la España de González, pero también con Arabia Saudí, Egipto, Siria, etcétera, que logró, claro, una rápida victoria militar; pero, llegados a las puertas de Bagdad, sonó la orden de retirada general, y se dejó Irak con su tirano y su represión intactos. Se creó un no mans land jurídico, político y militar, adonde se precipitaron los chacales, que se forraron con aquello del Petróleo por Alimentos y otros sabrosos negocios sucios.
 
El segundo ha sido la subestimación de la fuerza real y la peligrosidad del islam radical en toda esa región. No iban a defender, ni han defendido, a Sadam Husein, "convertido" al islam la víspera, o sea desde la implosión de la URSS, pero que antes y durante años fue un baluarte del socialismo árabe, laico y opuesto al islam, y sobre todo firme aliado de la URSS, país que había atacado la "tierra santa" musulmana de Afganistán y cometido otros crímenes "contra la fe". Para Ben Laden y los demás líderes y movimientos islamistas radicales, Sadam Husein era un enemigo, y si su régimen era una tiranía, no era islámica.
 
Víctimas de uno de los innumerables atentados perpetrados en Irak.Pero he aquí que los ejércitos "infieles", norteamericano y británico, con batallones de otros países, "ocupan" Irak en condiciones sumamente difíciles: un país dividido, con enfrentamientos entre kurdos, sunitas, chiitas, baazistas, etcétera; en un país, además, donde todo el mundo va armado; o sea, el lugar idóneo para desencadenar la "guerra santa". Desde el principio nos llamó la atención la cantidad de civiles armados por las calles. ¿Quiénes eran? ¿Policías de paisano? ¿Milicias kurdas, chiitas, suníes, baazistas? ¿Fue realmente imposible desarmarlos?
 
El tipo de guerra que las organizaciones terroristas (con la ayuda de ciertos países musulmanes) ha desatado en Irak, pero también en Afganistán, y no por casualidad se reanudan los atentados allí, no exige recursos impresionantes ni divisiones acorazadas. Exige, eso sí, dinero: las armas y los explosivos cuestan caro, cuando no los regalan los países cómplices; exige asimismo fanatismo y voluntad de sacrificio –que tanto admiran nuestros filósofos de izquierda–, pero diez mil terroristas –pongamos–, y dos o tres mil voluntarios de la muerte para los atentados suicidas, no ganarán ninguna guerra. En cambio, pueden mantener durante meses y años una situación de inseguridad y caos (relativo pero duradero) tanto en Irak como en Afganistán, hasta que las opiniones públicas se harten de verdad y exijan la retirada definitiva de las tropas.
 
Es lo que todos esperan, y no serán las últimas declaraciones meaculpistas de Bush y Blair lo que mantendrá los ánimos. "Todos", o sea los movimientos terroristas y los países musulmanes que considerarán la retirada de las tropas aliadas como una importante victoria y un aliciente para proseguir su ofensiva generalizada contra "los infieles y los judíos", pero también contra los gobiernos musulmanes "moderados", insuficientemente coránicos, porque una victoria en Irak o en Afganistán sería, a todas luces, una victoria del islam radical. Y eso también hay que tenerlo en cuenta, señores.
 
Pero en ese "todos" que se felicitarán por la retirada y, por lo tanto, derrota de los aliados incluyo a la mayoría de los países de la UE, profundamente antiyanquis, que suspirarán de alivio: "Por fin vamos a poder ocuparnos de cosas serias, como el precio del petróleo, por ejemplo". Hasta los próximos atentados terroristas.
 
Yo considero, sinceramente, admirable la voluntad de los gobiernos y estados mayores aliados de evitar al máximo los habituales estragos de las ocupaciones militares, y muy concretamente las detenciones masivas y los fusilamientos pour lexemple, o sea para aterrar a la población. Es digno de ser subrayado, aunque pocos lo admitan, y cualquier error trágico o "ataque de nervios" de soldados que se carguen víctimas civiles –como acaba de ocurrir– puede echarlo todo a perder. Pero en esa voluntad, esencialmente norteamericana, de responsabilizar lo más rápidamente posible a los propios iraquíes de las gigantescas tareas de restablecimiento del orden, la lucha contra el terrorismo, como prioridad, la reorganización sobre nuevas bases, las democráticas, de una vida social y económica normal, por así decir, se notan vacilaciones y contradicciones que no llegamos a entender, y hubiéramos preferido que nos las explicaran Bush y Blair, el otro día, en lugar de rasgarse –a medias– las vestiduras.
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