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GEOPOLÍTICA

El Triángulo de Hobbes

Ante nuestros ojos emerge un inmenso triángulo geopolítico. Es el Triángulo de Hobbes, donde reina la guerra de todos contra todos. Sus vértices se encuentran en el punto donde Siria se encuentra sobre el Mediterráneo con Turquía, donde Somalia se encuentra sobre el Índico con Kenia y donde Pakistán se encuentra en Asia Central con Tayikistán y China. Sus lados miden 3.000, 4.700 y 5.500 kilómetros, aproximadamente.

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Sus guerras son las siguientes: el ejército islamista de Somalia contra el Gobierno reconocido del país; la guerra de Hamás contra Israel y contra otros palestinos; la de Hezbolá contra Israel; la de Irak, con sus multifacéticos frentes sunnita-chiita, chiita-anticoalición, sunnita-anticoalición; la de los talibán contra el Gobierno legal de Afganistán; la de los rebeldes pastunes contra el Gobierno legítimo de Pakistán.
 
Nos dejamos en la periferia del Triángulo la guerra del Gobierno de Sudán contra su provincia de Darfur, la de los paquistaníes contra Cachemira, la de Etiopía contra los islamistas de Somalia y la de Eritrea en apoyo de los islamistas de Somalia. Seguro que se nos ha olvidado alguna.
 
En medio del Triángulo bracean los ayatolás de Irán y los suicidas de Al Qaeda intentando encarnar el Leviatán que impondrá a todos el orden, por el terror de las bombas o por el miedo al terror nuclear.
 
Hobbes nos advierte de que no seamos tan ingenuos como para pensar que la guerra está hecha sólo de batallas o de luchas; es más bien "el periodo en que la voluntad de confrontación violenta es suficientemente declarada". Además, no debe pensarse, nos sugiere, que la guerra es un conflicto que empieza tal día y acaba en tal otro. Es como una tendencia atmosférica, que no consiste en uno o dos aguaceros que caen aquí y allí, sino un cambio de estación.
 
Son ya 50, 60 años de aguaceros; primero se pensó que era sólo el de la creación del Estado de Israel y sus guerras contra árabes y palestinos (1948, 1956, 1967, 1973); luego vinieron la guerra civil de Irán (1979) y su secuela libanesa (1980), simultánea con la de Afganistán contra la Unión Soviética, seguida de la Irak contra Irán en los 80, la de Irak contra Kuwait (1990), la de Somalia 1993, la de Al Qaeda contra Occidente en los 90 y su Pearl Harbour (2001); la Estados Unidos contra el Afganistán de los talibanes ese mismo año, la de la coalición internacional contra Sadam en 2003, la civil de Somalia en 2005, la civil de Irak en 2006, la de Hezbolá contra Israel en 2006, la enésima intifada de los palestinos de Gaza en 2006; el anuncio de guerra nuclear de Irán contra Israel en 2006…
 
Para qué seguir. Mucho se habla en estos días a los dos lados del Atlántico de la necesidad de un "cambio de estrategia" para que los Estados Unidos logren dejar un Gobierno de Irak viable después de su retirada, o de su retirada antes de que estalle la guerra civil en este país. Estrategia es una palabra de la que se abusa mucho. No se entiende bien lo que se quiere decir con ella. Stalin, cuando fue atacado por Alemania en 1941, redujo los misterios de la estrategia a cuatro palabras; en efecto, cuando salió de su incredulidad porque su aliado Hitler le había atacado pidió consejo sobre la estrategia por seguir a sus dos máximos generales, Zukov y Timosehnko; el primero propuso "contener la ofensiva alemana"; el segundo dijo: "Aniquilar a los alemanes". Stalin hizo su elección y ganó la guerra.
 
Para Napoleón, la estrategia era poco más que las habilidades de un instrumentista: "Es un arte de ejecución", dijo. Para Clausewitz es la ciencia de los generales, y de nadie más. Para Churchill, una confusa y renqueante aproximación indirecta al corazón del enemigo. No hay planes estratégicos que sobrevivan a los primeros choques. Ni los del estado mayor alemán, ni los de Rumsfeld ni los de los demócratas norteamericanos, cuando los formulen.
 
Los aciertos y errores de la Administración Bush y de Rumsfeld en Irak son los aciertos y errores de una simple batalla de una larga guerra. Es difícil definir, elegir e imponer una estrategia cuando no hay acuerdo sobre la naturaleza, origen y profundidad de la guerra, no se contempla el escenario de la guerra como un solo y definido espacio geopolítico lleno de sutiles interconexiones, difíciles de detectar y comprender, y no se sabe qué fuerzas están disponibles para alistarse y seguirla. En cuanto a España, ya sabemos que no se alista, y que sigue el consejo dado por Felipe González en su último artículo (El País, 7 de noviembre): "Buscar la respuesta en la salida de Irak".
 
Ganar o perder en Irak no sería más que un teatro local de la guerra que nada nos diría sobre la suerte final. Que la guerra continuará es algo tan claro como que las recientes lluvias nos traen el invierno, como hubiera notado Hobbes.
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