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IBEROAMÉRICA

La debilidad del totalitarismo

El cáncer del presidente venezolano Hugo Chávez ha causado un sismo en el proyecto del socialismo del siglo XXI que gobierna ese país y otras naciones, como Bolivia, Ecuador y Nicaragua. No es para menos.

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El gran problema que enfrentan los gobiernos autoritarios con pretensiones totalitarias es el personalismo. La concentración total del poder descansa en la capacidad de una persona de ejercer la fuerza sobre la base de la impunidad que le brinda la popularidad.

Los gobiernos chavistas pretenden el totalitarismo, pero no lo han logrado porque sus sociedades no se lo han permitido. Lo buscan constantemente, ejerciendo una persecución selectiva contra quienes representan el pluralismo político y la posibilidad de construcción de una alternativa que amenace su permanencia en el poder. No pueden quitar la libertad a toda lo sociedad, como hacen los gobiernos comunistas, pero han descubierto que persiguiendo a algunos amedrentan al conjunto de la sociedad.

Su gran problema es que todo el proceso de destrucción de las instituciones democráticas, de la República entendida como sistema diseñado para limitar y distribuir el poder, se ha basado en la concentración de éste en una sola persona. No hay números dos y tres, tampoco nada que se parezca a una cadena de mando, en la cual pudiera haber un orden de sucesión efectivo.

La absoluta negativa de Chavez a delegar en el vicepresidente que él mismo nombró refleja hasta qué punto este tipo de gobernantes teme entregar el poder incluso a las personas más cercanas; y es que sufren el trauma de los dictadores: son víctimas de la conspiración que ellos mismos perpetraron.

Desde luego, no son los únicos en estar en permanente zozobra. Andan rodeados de verdaderos grupos de interés, que necesitan –por su propio bien, para su propia supervivencia– que el caudillo siga en el poder. Algunos han cometido numerosos atropellos a los derechos humanos, otros han practicado la corrupción a gran escala, y muchos han sido cómplices del narcotráfico.

En el siglo XX el totalitarismo lograba imponerse principalmente por la fuerza y el terror, pero los chavistas saben que no tienen esa posibilidad. Sin la popularidad del líder, nadie podría conservar el poder y proteger a los miembros y colaboradores del régimen. Tampoco el líder sobreviviría mucho tiempo sin la referida popularidad.

Por eso será difícil la transición en los países chavistas. Ni la sucesión ni la alternancia democrática son una opción para ellos. Los chavistas se aferrarán al poder a como dé lugar, aunque finalmente Chávez abandone el gobierno.

Serán así los tiempos que vienen, y los desafíos que nuestras sociedades deberán enfrentar, evitando los errores del pasado a fin de construir verdaderas democracias con libertad, oportunidades, inclusión y progreso para todos.

 

© El Cato

ÓSCAR ORTIZ ANTELO, expresidente del Senado boliviano.

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