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IBEROAMÉRICA

La problemática autocomplacencia de Brasil

Podemos perdonar a los brasileños su autocomplacencia. La economía crece, la pobreza está disminuyendo, las históricas desigualdades de ingreso han caído un poco y en el extranjero muchos los perciben como una potencia económica emergente. Por lo tanto, no debería sorprendernos que los brasileños voten por el continuismo; por Dilma Rousseff, la sucesora ungida por el propio Lula da Silva.

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No obstante, si Brasil pretende no defraudar las grandes expectativas depositadas sobre su economía, necesita suministrarse una fuerte dosis de cambio en lo relacionado con el mercado libre.

Luego de muchos años de estancamiento económico e hiperinflación, Brasil disfrutó en la última década de un bienvenido periodo de estabilidad y crecimiento. En los cuatro años que precedieron al 2009, ejercicio en que la economía se contrajo en un 0,2% debido a la recesión mundial, Brasil creció en promedio un saludable 4,6% anual. Este año se espera crezca por encima del 7%.

La reciente estabilidad de Brasil tiene su origen en las reformas emprendidas por Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) –que, entre otras cosas, consiguieron reducir la inflación– y en el competente manejo macroeconómico del gobierno de Lula. Sin embargo, gran parte del crecimiento que ha experimentado en esta década tiene por causa los altos precios y la fuerte demanda de sus materias primas. También ha influido en los últimos años un aumento en el gasto público.

Sea como fuere, el desempeño económico de Brasil está lejos de ser impresionante: su tasa de crecimiento está muy por debajo de las de China y la India, y también es inferior al de otras economías de la región: en el último decenio, diez países latinoamericanos consiguieron mejores cifras.

Según una encuesta reciente realizada por el Pew Research Center, el 62% de los brasileños dice que la economía está en buen estado, y tres de cada cuatro piensan que la situación económica será aún mejor el próximo año. Por otro lado, una gran mayoría (75%) respalda la economía de libre mercado incluso si conduce a una mayor desigualdad en el ingreso. Un número similar considera que las grandes empresas extranjeras tienen una influencia positiva en el país; esto último es sorprendente, dado que, históricamente, Brasil ha visto el liberalismo económico con gran escepticismo.

No obstante, hay una disparidad importante entre lo que los brasileños ven favorablemente y el marco en que se desarrolla su economía. La última edición del Índice de Libertad Económica del Fraser Institute coloca a Brasil en el puesto 102, de 141. La suya es la quinta economía menos libre de América Latina. Si, verdaderamente, los brasileños quieren seguir disfrutando de altos niveles de crecimiento, tienen mucho trecho que recorrer en cuanto a reformas pro libre mercado.

En particular, Brasil debe hacer algo con su oneroso y engorroso régimen tributario. De acuerdo con el informe "Haciendo Negocios" del Banco Mundial, un empresario brasileño invierte 2.600 horas al año en calcular qué impuestos ha de pagar, frente a las 194 que dedican de media sus homólogos de la OCDE, y acaba entregando al fisco el 69% de sus ganancias (OCDE: 44,5%). En su último reporte sobre competitividad, el Foro Económico Mundial señala las regulaciones tributarias y las tasas impositivas como "los factores más problemáticos para hacer negocios" en Brasil, al que coloca en el puesto 139 en el indicador "Alcance y efectos de los impuestos". En 2009, la carga tributaria representó un 35% del PIB, monto muy elevado para una economía en desarrollo.

La tramitología y la falta de flexibilidad del mercado laboral representan obstáculos importantes para el avance de la productividad. Los procedimientos burocráticos demoran cuatro meses la puesta en marcha de un negocio, cifra muy lejana de los 13 días de media del mundo desarrollado. Brasil tiene una de las legislaciones laborales más rígidas de América Latina, región de hecho conocida por sus mercados de trabajo inflexibles. Todo ello (impuestos asfixiantes, rigidez del mercado laboral, burocratismo) explica que el sector informal emplee a más del 50% de la fuerza laboral. Además, las barreras comerciales siguen siendo elevadas, especialmente las que pesan sobre los productos industriales. También hay un amplio espacio para las reformas en este campo.

Lamentablemente, ninguno de los principales candidatos a la presidencia habla de la necesidad de un cambio. Si algo distingue a Rousseff de Lula es que parece inclinarse más por la intervención estatal en la economía. Y esto no parece importar al electorado. En gran medida, los brasileños están contentos con la marcha de su país. Es comprensible, ya que la estabilidad y prosperidad actual contrasta marcadamente con las crisis y el estancamiento del pasado. Ahora bien, si de verdad pretenden convertirse en una potencia mundial, habrán de dejar atrás la autocomplacencia y acometer las reformas que su economía necesita.

 

© El Cato

JUAN CARLOS HIDALGO, coordinador de Proyectos para América Latina del Cato Institute.

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