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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

McCain, el centrista imprevisible

Hace algo más de un mes, el senador republicano por Arizona John McCain dio una conferencia en el American Enterprise Institute, en Washington, que pulverizó los récords de asistencia. McCain defendió sin fisuras el compromiso de Estados Unidos con la democratización de Irak. Y fue aún más lejos: pidió a los demócratas que aclararan cuál era su alternativa real, en la hipótesis de que se realizara la retirada de las tropas que andan preconizando, y presentó algunas medidas realistas para una mejor gestión de la situación.

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McCain es el hombre del día en Washington. Falta mucho tiempo para las elecciones, y las encuestas que se están realizando ahora apenas significan algo más que los votantes reconocen los nombres sobre los que se les pregunta, pero McCain figura siempre en los primeros puestos. Más aún: parece contar con la simpatía de buena parte del establishment republicano, que lo dejó caer o lo combatió en las elecciones presidenciales de 2000, cuando se enfrentó en las primarias del partido a George W. Bush, por entonces el niño mimado del republicanismo. Incluso lo ha apoyado gente del mismísimo grupo de Bush, como Mark McKinnon, que se ha atrevido a declarar a The New Republic que si no se presenta nadie de pura casta bushista como Jeb, el hermano, o Condi Rice, apoyará a McCain.
 
Por si a alguien le queda alguna duda, basta visitar su página web, Straight Talk America –era el nombre de la gira de la campaña de 2000–, para comprender que estamos ante un presidenciable de primera categoría.
 
Las razones de la sólida posición que ocupa McCain ahora mismo son claras. Desde que tuvo que ceder en 2000, ha venido mostrando una lealtad a toda prueba hacia su antiguo adversario. Ya en aquellas elecciones hizo campaña por Bush. Se volvió a comprometer a fondo en las elecciones de 2004. Y aunque ha mantenido su independencia en numerosas cuestiones, entre ellas la ley de financiación de partidos políticos –que a Bush no le gustó, aunque no se atrevió a vetarla–, ha evitado el enfrentamiento con la Casa Blanca, y más aún la crítica a su actual inquilino.
 
McCain también presume de haberse mantenido fiel a uno de los principios sagrados de la derecha norteamericana: la contención del gasto. La National Taxpayers Union es una organización que lleva a cabo un seguimiento sistemático de los congresistas y los senadores para comprobar si las medidas que votan acaban yendo a favor o en contra de las bajadas de impuestos. Así se elabora una evaluación pública de cada uno de ellos. McCain presume de que su historial es excelente: siempre en las categorías más altas de A y B, es decir, del lado del contribuyente y en contra de los burócratas y del Gobierno. Es verdad. Ha votado en contra de las grandes expansiones presupuestarias de Bush, incluidas la ampliación de los beneficios de Medicare y la famosa Ley de Autopistas. La gente de derechas, poco satisfecha con la gestión de Bush en este asunto, puede confiar en McCain.
 
El apoyo a la guerra no es un asunto menor. McCain es un héroe nacional: veterano de Vietnam, encarcelado y torturado durante años por los comunistas, se atuvo al código de honor militar y se negó a ser liberado antes de que lo fueran sus compañeros apresados antes que él. Cuando se presentó por primera vez a las elecciones en Arizona, el estado natal de su mujer, le acusaron de no haber nacido allí. Contestó que el lugar en el que más tiempo había vivido era Hanoi.
 
John McCain y George W. Bush.McCain siempre se ha mantenido firme en su respaldo a Bush. Se niega a hacer de la democratización de Irak un asunto de discusión política interna. Su claridad en este punto puede perjudicarle, pero en un momento en que la caída de la popularidad de Bush revela la confusión de la opinión pública, un liderazgo inequívoco y articulado (McCain es un hombre considerablemente más sofisticado que Bush) constituye una gran ventaja, y no sólo dentro del republicanismo.
 
Tras una reciente entrevista en su despacho del Senado –durante la cual McCain procedió a comerse su almuerzo, que consistía en un hot dog con patatas fritas–, un periodista del Wall Street Journal acababa reconociendo que el McCain actual apenas presenta inconvenientes para representar a la derecha norteamericana. Está a favor de la libre elección de escuela por los padres y defiende con firmeza la libertad de comercio. Tan sólo apuntaba dos inconvenientes: uno, su tendencia irremediable a un cierto populismo, que le lleva a rechazar las bajadas de impuestos aunque en su equipo figuren algunos conocidos partidarios de la supply side economics –que tan buenos resultados dio a Reagan y a Bush (hijo)–; el otro es más peliagudo.
 
Más aún que Bush, McCain siempre ha sido favorable a la inmigración. Incluso ha patrocinado una propuesta de ley que en la práctica es una amnistía para los inmigrantes ilegales. Como en el Partido Republicano abundan quienes quieren fortificar Estados Unidos contra la inmigración ilegal, McCain se puede encontrar repitiendo aquí lo que ya le ha ocurrido otras veces: acabar convertido en el candidato antiestablishment, algo que le proporciona una gran popularidad entre la prensa y algún sector particular de votantes pero que le perjudica a la hora de conseguir los apoyos necesarios en su propio campo.
 
Su última iniciativa legislativa ha consistido en una enmienda legislativa que preconiza la prohibición total de la tortura. La propuesta de McCain, respetable en sí misma y aún más por el historial personal de quien la mantiene, tiene también inconvenientes. Parece insinuar que el Ejército norteamericano practica la tortura con los detenidos en la Guerra contra el Terrorismo. Sobre todo –y esto es más grave–, puede bloquear un debate imprescindible sobre los límites éticos en el tratamiento de prisioneros con posible información, en un conflicto completamente nuevo, ajeno a cualquier regla convencional y en el que pueden llegar a estar en juego las vidas de centenares de miles de civiles.
 
La iniciativa de McCain le lleva a una situación paradójica. En 2000 fue apoyado por los neoconservadores, en particular por William Kristol. Frente a Bush hijo, que representaba para Kristol la perpetuación de un establishment de derechas agotado tras los años de Reagan y el corto recorrido de Newt Gingrich y su Contrato con América de 1994, McCain encarnaba una política nueva, menos dogmática, menos atenida a postulados que en un tiempo fueron renovadores pero aparecían ya anquilosados. Ahora se puede encontrar otra vez yendo por libre, independiente, pero con respecto a los antiguos amigos, los mismos que tras el 11S volvieron a tomar las riendas del poder en Washington.
 
Bien es verdad que son estos movimientos los que hacen de McCain un candidato tan interesante, tan popular, y mucho más integrador que otros de su partido, incluso que su más prominente adversaria entre los demócratas: Hillary Clinton. A diferencia de ésta, McCain no tiene que reinventarse una imagen de centrista. Lo es de por sí, aunque no por cálculo electoral, sino por lo imprevisible de sus posiciones y su falta de dogmatismo.
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