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REINO UNIDO

David Cameron, ¿el heredero de Blair?

Durante años, los ingleses –y el resto del mundo– han pensado que el heredero de Tony Blair saldría de las filas del laborismo. Los últimos tres líderes conservadores, William Hague, Iain Duncan-Smith y Michael Howard, eran claramente unos candidatos no ganadores en términos electorales y, en consecuencia, no representaban ningún peligro para la continuidad de Blair o del Partido Laborista.

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En esas circunstancias, todo el mundo apostaba por una sucesión dentro de las filas laboristas. Es más, hasta hace unos días era generalmente admitido que tras Blair vendría la figura del sempiterno aspirante a primer ministro, Gordon Brown, hoy chancellor o ministro de Economía. Pero las cosas han cambiado con la designación de David Cameron como nuevo líder del Partido Conservador. No sólo su nuevo rostro trae consigo una esperanza para batir electoralmente a un laborismo ya muchos años en el poder, sino que su ideario representa mejor el conservadurismo de Blair, frente al tradicionalismo de la izquierda británica que encarna Brown. No en balde se le ha puesto el mote, rápidamente, de Tory Blair.
 
Hace unos pocos meses, justo al comienzo del verano, David Cameron, un joven parlamentario de 39 años de cara jovial, admitía que el equipo político con el que contaba para hacerse con las riendas del Partido Conservador cabía en un taxi londinense. Su situación, aunque fue mejorando, nunca se tradujo en las encuestas internas en una ventaja sobre su principal contendiente por el puesto, David Davis. Muy al contrario, hasta el último instante Cameron era considerado el perdedor. Sin embargo, en el recuento barrió a su oponente.
 
Lo inesperado sucedió, y este joven político, cuya intervención en la convención del Partido Conservador fue ingeniosa y aparentemente espontánea, se encuentra ahora en la tesitura de enfrentarse al Gobierno de Blair y liderar un cambio histórico a favor de los tories.
 
El primer impacto que ha tenido la victoria de Cameron ha sido una ola inmensa de alegría y esperanza dentro de las filas conservadoras. La cara y el estilo de Cameron representan un salto hacia la modernidad. Juventud, educación clásica pero modales comunes (iba en bicicleta desde su casa hasta los Comunes), padre imperturbable de dos hijos, uno de ellos discapacitado, y a la espera del tercero, de palabra directa y clara; alguien real, de la calle de la Inglaterra de hoy, no un estirado de Eton y Oxford, baqueteado por años de sentarse en su escaño de los Comunes o los Lores. Como el mismo Cameron ha dicho tras su victoria, "quiero un Partido Conservador que ame la Inglaterra de hoy, no la de ayer". Un aire de actualidad.
 
Ese aliento de avance se ha hecho notar en toda la prensa británica, que mira al nuevo líder, de momento, con ojos de gracia. A los periodistas siempre les apasionan las sorpresas, y su elección lo ha sido. Por primera vez en más de 15 años, las encuestas –como la del Sunday Telegraph de ayer– otorgan a los conservadores una ligera ventaja sobre los laboristas. Ahora bien, que Cameron y su estilo relajado resulte bien por televisión o en la prensa no significa que va a gozar siempre del beneplácito de los medios. Una cosa es ganar unas primarias donde su actitud modernizadora contrastaba claramente con el tufillo a tradicionalismo de su oponente, y otra muy distinta ganar una generales. A medida que vaya perfilando sus estrategias tendrá que vérselas con un criticismo analítico que todavía no ha sufrido en demasía.
 
Tal vez sea ése el punto más flaco del nuevo líder conservador. Su relativa inexperiencia parlamentaria y política hace que su programa, sus ideas y creencias personales sean prácticamente desconocidas. Es verdad que él ayudó a redactar el manifiesto conservador y que, por tanto, asume gran parte de los valores allí reflejados, pero todos sabemos que los líderes desarrollan rápidamente su propio conjunto de ideas cuando llegan a la posición de responsabilidad. Cameron da la impresión de ser coherente, pero tiene que explicar aún con qué.
 
Su plataforma básica es muy simple, tanto que no se puede derivar gran cosa de ella: "Necesitamos cambiar cómo sentimos, necesitamos cambiar cómo pensamos y necesitamos cambiar, y vamos a cambiar, cómo nos comportamos". Grandes frases de las que se puede derivar todo tipo de propuestas. De hecho, David Cameron sólo ha dicho una cosa concreta: hay que incrementar el número de mujeres en las filas de los líderes conservadores, especialmente en el Parlamento. Indicativo de su gusto por ajustar el partido a la realidad social de Inglaterra, de igualdad de sexos pero también multirracial.
 
Gordon Brown.En su primera cita con el primer ministro británico, en la sesión de control de los Comunes de la semana pasada, sobre la reforma educativa, dio bien. Tuvo autoridad y no cometió ningún error; tal vez, como ha señalado alguno de sus adversarios, porque no se salió del guión que llevaba preparado. En cualquier caso, lo más relevante políticamente de su enfrentamiento dialéctico con Blair fue su actitud, lo que sus modales y tono escondían o reflejaban de su estrategia global. Cameron no quería ni castigar ni ridiculizar a Blair: le tendía su mano para colaborar en un proyecto de difícil tramitación. No es debilidad. Cameron sabe que su enemigo no es ni debe ser Tony Blair, sino Gordon Brown, con quien deberá verse las caras y algo más dentro de cuatro años, en las próximas elecciones generales. Fustigar a Blair no le sirve para nada.
 
Blair representó el cambio en su día. Y hasta cierto punto es lo más vanguardista del laborismo. Y lo que Cameron debe plantear a los electores ingleses es que él es el sucesor natural de esa tendencia al cambio y a la modernidad, mientras que debe presentar a Gordon Brown –King Kong, como le llaman sus allegados– como una muestra del pasado y del reaccionarismo de izquierdas. El mismo Cameron lo dijo, tomando prestada una frase del laborista Heath: "Ustedes [en alusión a Brown] son gente del pasado con ideas del pasado".
 
Hay que decir que Brown se lo está poniendo relativamente fácil a Cameron. Su propuesta de presupuesto, recientemente hecha pública, es más de lo mismo: caída de la competitividad, crecimiento bajo, más impuestos y más sector público. Con todo, David Cameron deberá convencer a los más de 700.000 empleados públicos creados con el dinero de Brown que su posible Gobierno no les va a mandar al paro, y que recortando los impuestos van a poder vivir mejor. No es fácil, pero hay un emergente consenso social de que la situación actual es insostenible en el medio plazo. Y eso beneficia a Cameron.
 
En todo caso, el nuevo líder tiene varios años por delante hasta que tenga que definir más concretamente sus propuestas políticas. De momento, lo que debe hacer es controlar bien su partido, formar un buen equipo y estar en el debate de la calle. Y todo apunta a que lo puede lograr.
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