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IBEROAMÉRICA

Receta para el poder absoluto

Lo vimos ya en Venezuela, lo estamos viendo en Bolivia, aunque los que tengan memoria y sepan de historia podrán evocar lo que hacían los comunistas y los fascistas en otros tiempos: hay una fórmula sencilla y efectiva para tomar el poder y deshacerse de todos los adversarios, aun en democracias más o menos funcionales y consolidadas. La fórmula tiene tres pasos, tres etapas o momentos nítidamente definidos.

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El primer paso consiste en provocar una crisis, aunque sea artificialmente, por medio de la intransigencia y el radicalismo de los sectores políticos o sociales que se pueda controlar. Para eso hay que buscar, antes que nada, alguna base de apoyo mínimo y entrenar minorías de activistas que, soñando con un futuro mejor y despreciando todo lo existente, sean capaces de salir a la calle y manifestarse por cualquier medio.
 
Es importante, luego, crear falsos problemas, exagerar los existentes, pedir lo imposible –como se decía en tiempos de aquel mayo francés– para impedir el funcionamiento normal de los poderes existentes. Los mejores métodos son los que, con una cierta apariencia de legalidad, puedan presentar a los manifestantes como si fueran idealistas, víctimas o gente desesperada: realizar marchas que desemboquen en la violencia, cerrar carreteras para asfixiar la vida de un país, reclamar constantemente, por todos los medios, que se cambie el ordenamiento político.
 
El segundo paso es ofrecerse como la única solución posible para la crisis. Una vez que un país se ha hecho ingobernable, los únicos que aparecerán como capaces de controlarlo serán, precisamente, los mismos grupos organizados que han provocado el caótico panorama que se intenta superar. Así lo hizo Eduardo Duhalde en Argentina (aprovechándose de legítimas y pacíficas protestas), y lo está haciendo ahora Evo Morales en Bolivia, con los grupos que ha sabido colocar tras de su implacable ofensiva.
 
Ofrecer lo imposible, cuando se está cerca de tomar el poder, resulta un complemento importante de la receta: hay que decir que pronto se va a acabar con la pobreza, acusar a todos los políticos de corruptos, levantar la bandera del nacionalismo herido frente al insaciable agresor imperialista. Y, por supuesto, enfilar las baterías hacia el neoliberalismo egoísta y empobrecedor, aliado siempre de los imperialistas.
 
Cuando se llega al poder, cuando se arriba a controlar alguna fracción importante del aparato del Estado, hay que proceder rápidamente a crear un nuevo orden legal. Esto, aunque no lo parezca, es el verdadero eje de todo el proyecto, el punto en que se decide su triunfo o su fracaso: con nuevas leyes, lo más arbitrarias posible, quedarán fuera de la ley los enemigos del proceso –los que se oponen a la nueva dictadura–; se les podrá, así, juzgar y condenar, no sólo por dóciles tribunales, también por buena parte de la opinión pública, nacional e internacional.
 
Esto es lo que supieron hacer, con rapidez envidiable, tanto Lenin como Hitler, lo que no alcanzó a lograr Salvador Allende, lo que ha hecho Chávez en Venezuela con increíble paciencia. Para lograrlo, la mejor vía, en estos tiempos que corren, es acudir a una Asamblea Nacional Constituyente, con poderes absolutos, que pueda modelar, como arcilla, el marco jurídico del país.
 
De allí en adelante todo será, como en Venezuela, una marcha gradual hacia la consolidación de la dictadura: lenta, pero eficaz y constante, sin retrocesos, día a día reduciendo la libertad de los ciudadanos, amedrentándolos de a poco, sin exceder ciertos límites, invocando siempre la sacrosanta –y nueva– Constitución popular.
 
Este es el plan que está llevando a cabo, con éxito hasta ahora, el líder cocalero Evo Morales en Bolivia: su proyecto está muy avanzado, y parece, en estos momentos, que pronto habrá de lograr sus objetivos. No es seguro, claro está, pues en estos asuntos siempre aparecen factores imponderables, pero la perspectiva que afrontamos es que en poco tiempo se puede ampliar el eje La Habana-Caracas con un nuevo polo que se proyecte hacia el sur.
 
No estaría mal que los demócratas que quedan en el hemisferio se diesen cuenta de que hoy, no mañana, es el momento de pasar a la acción.
 
 
© AIPE
 
Carlos Sabino, doctor en Ciencias Sociales y profesor de la Universidad Francisco Marroquín.
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