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ASIA

¿Responderá Corea del Sur a las bravatas del Norte?

George W. Bush denominó a Irak, Irán y Corea del Norte "el Eje del Mal". Pudo llamarlos "los matones del barrio", "los provocadores", "los mafiosos", y tal vez no hubiese recibido la injusta crítica de la prensa progre por acabar con el criminal de Sadam Husein.

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Hoy quedan dos grupos de mafiosos: los regímenes iraní y norcoreano, y hay que liquidarlos antes de entrar en minucias locales, porque los problemas internacionales son siempre más peligrosos que los nacionales.

Irán y Corea del Norte amenazan a quienes quieren porque tienen gran poderío bélico. Pero también tienen en su suelo opositores internos, que nadie desea sean víctimas de una conflagración.

En el siglo XX, Rusia y China eran enemigos declarados de Estados Unidos. Mantuvieron estrechas relaciones con Teherán y Pyongyang, pero hoy dependen del bienestar norteamericano para asegurar el progreso de los suyos. Así las cosas, si se mantienen neutrales en el conflicto con Corea del Norte, éste podría ser el final del reinado de la familia Kim.

Revisemos qué está pasando. En marzo Pyongyang atacó una corbeta surcoreana porque, dijo, había penetrado en sus aguas territoriales. Murieron 46 marineros. En vez de responder militarmente, Corea del Sur optó por cortar el flujo de comida y combustibles a Corea del Norte, que no produce alimentos ni energía y depende de la generosidad surcoreana y china para sobrevivir.

El 19 de noviembre Pyongyang anunció la construcción de una planta enriquecedora de uranio, para lo cual está contando con asistencia iraní. Estados Unidos y Corea del Sur exigieron la paralización del proyecto. Para presionar, los norteamericanos impusieron sanciones comerciales y bancarias a dos empresas norcoreanas que supuestamente manejan dinero de los Kim.

Kim Jong Il.El 23 del mismo mes Corea del Norte atacó una base militar surcoreana en la que se realizaban prácticas de artillería alegando con falsedad que estaba siendo objeto de una agresión. Murieron cuatro personas. No contenta con ello, Pyongyang exige que Seúl le siga enviando alimentos y combustible.

Dejando atrás su actitud sumisa, Seúl colocó al frente de su Ministerio de Defensa al duro Kim Kwan Jin, quien anunció que su país no permitiría más agresiones.

Hay seis países involucrados en este enredo: Corea del Norte, Corea del Sur, Rusia, China, Japón y Estados Unidos. Excepción hecha de Japón, se trata de los países con los ejércitos más poderosos del planeta. Estados Unidos, Japón y Corea del Sur son aliados. Rusia y China siguen siendo amigos de Corea del Norte, pero ahora también lo son de Estados Unidos, y éste es un amigo más rico, útil y confiable.

Estados Unidos mantiene aproximadamente 29.000 tropas en Corea del Sur. Recientemente envió un portaaviones nuclear al Mar Amarillo para proteger a sus soldados y llevar a cabo unas maniobras militares conjuntas con sus socios surcoreanos, fijadas con antelación. Corea del Norte ha advertido de que no tolerará la celebración de esas maniobras.

El número de efectivos militares de ambas Coreas es prácticamente similar. Pero los del Sur están mejor alimentados y preparados para el combate. Corea del Norte posee armamento nuclear –al parecer, 10 bombas atómicas–, pero carece del equipo necesario para lanzarlas. No obstante, su artillería sí puede alcanzar Seúl, y disparar armas químicas. En el campo aéreo, Corea del Sur supera a su enemigo comunista.

Kim Jong Il quiere hacer un alarde de fuerza y liderazgo. Pronto cederá el mando a su hijo Kim Jong Un, a quien nombró general y atribuyó la honrosa decisión de perpetrar el último ataque. Sabe que Barack Obama es el presidente más débil que ha tenido los Estados Unidos, y está aprovechando para darse lujos que son excesivamente temerarios hasta para un genio loco como él. Su pirotecnia le ha dado buen resultado hasta ahora.

Hillary Clinton declaró que no tolerará más bravuconadas de los Kim –cuando se trata de cuestiones de guerra, las mujeres tienden a ser más resueltas que los varones–, pero la decisión final sigue estando en las manos de Obama, quien, según sus críticos más incisivos, todavía no entiende lo que pasa.

 

© Diario de América

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