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CARTAS DE ULTRAMAR

Uruguay: los "hermanos" argentinos

La instalación en Uruguay de plantas de celulosa, dos proyectos fabriles de gran envergadura en Fray Bentos (una finlandesa, Botnia, por 1.000 millones de dólares, y la otra, Ence, española, por 600), ha dado lugar a intervenciones de diversa envergadura, y sin duda enervantes, por parte de la Argentina.

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Desde que se conoció el proyecto, hace dos años, los hermanos argentinos vienen obstaculizando la instalación de las mismas. Lo primero, naturalmente, fue reclamar estudios de impacto ambiental, que, finalizados, se les han presentado. Pero no han sido suficientes, en absoluto.
 
Para Uruguay, a largo plazo, este proyecto ofrece posibilidades extraordinarias, así como la creación de 5.000 puestos de trabajo. A medida que el Gobierno del presidente Tabaré Vázquez –como el de su antecesor, el liberal Jorge Batlle– está decidido a llevarlo adelante arrecian las críticas del país vecino. Tanto es así, que no ha faltado quien dijera que si esas fábricas se situaran del otro lado del río Uruguay, el escándalo terminaría. Porque fue allí donde empezaron los más fuertes reproches, esgrimiéndose inquietudes ambientalistas, aunque de aquel lado funcionen plantas papeleras también, y desde antiguo. Ellos sabrán.
 
Cada día con mayor virulencia se realizan protestas, a todo nivel, contra el mencionado proyecto. Movilizaciones argentinas llegan hasta Uruguay, y se han realizado cortes de puentes, así como diversas amenazas de demandas internacionales. Tampoco faltan los enojos del presidente Kirchner (con quien la izquierda uruguaya, ahora en el poder, se abrazaba antes de asumir en marzo pasado... y en los primeros meses, cuando se ufanaban, uno y otro presidente, de un Mercosur socialista). Pensábamos que lo insuperable había ocurrido hace unos días, con el envío de un carta del Gobierno argentino al Banco Mundial en que se solicita no conceder cooperación económica a las inversiones para las plantas de celulosa en Uruguay. Sí.
 
El canciller argentino, Rafael Bielsa.Pero esto fue superado: la semana pasada se hicieron circular rumores (por parte de ambientalistas argentinos que se vinieron a protestar aquí) de que el Gobierno argentino estaba desplazando tropas hacia aquella zona urticante. Debe decirse, rápidamente, que se conoció un desmentido del Ejército argentino sobre este aspecto. Pero más presión, imposible.
 
El canciller de Uruguay, Gargano, y su igual argentino, Bielsa (ahora, también candidato a diputado por Buenos Aires), han procurado ponerse de acuerdo en estos días, tratando de restar tensión a un tema que, dicen, resolverán dialogando. Descontamos que uno y otro tendrán en cuenta detalles como, por ejemplo, que del lado argentino, en Santa Fe, opera una planta de celulosa cerca de la ciudad de Rosario; y que también hay en Misiones, sobre el río Paraná, otras plantas papeleras: y en Buenos Aires está la planta de Papel Prensa, mientras que en Zárate se encuentra Celulosa Argentina.
 
El Gobierno de izquierdas de Uruguay ha recibido el respaldo de los otros partidos políticos; por demás expresivo ha sido el ex presidente Luis Alberto Lacalle, del liberal Partido Blanco o Nacional, quien ha denunciando las graves injerencias argentinas en la política uruguaya considerándolas deplorables. Por lo tanto, el presidente uruguayo Tabaré Vázquez ha asegurado que el proyecto sigue en marcha, pese al viento (huracanado) en contra.
 
Ahora, ambos países han resuelto que una comisión bilateral de expertos realice un nuevo informe que ponga punto final a este diferendo. Por cierto, Uruguay no hipotecará su hábitat, y ha dicho, tras haber realizado todos los controles ambientales que el asunto reclama, que compromete su palabra en cuanto a que las plantas utilizarán tecnología de última generación y seguirán siendo controladas a través del ministerio correspondiente.
 
Todas las normas que los países del Primer Mundo requieren serán aquí aplicadas. Aun así, el asunto no está cerrado, y el desencuentro con “los hermanos argentinos” persiste. Sobre este asunto, Manuel Fraga Iribarne, de visita por aquí no hace mucho tiempo, ironizó diciendo que los escrúpulos ambientales argentinos se acabarían si a las fábricas de papel las trasladasen al otro lado del río y entre los árboles (como la novela de Hemingway).
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