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A Rajoy le puede la experiencia

El presidente del Gobierno es el perfecto, patético representante de la cobardía institucional en partidos, medios y jueces que padecemos.

La zona después del atentado | EFE

Tras una semana diciendo que a los demás candidatos les falta experiencia para ser presidentes, Mariano Rajoy ha demostrado que a él no le sobra sino que le puede, le sobrepasa y le paraliza la experiencia. Sobre todo la del 13 de Marzo de 2004, cuando en plena Jornada de Reflexión la sede del PP fue rodeada por manifestantes convocados por los programas deportivos de la SER, que llamaban "asesinos" a los militantes del PP, y muy en especial a su candidato a la Presidencia, un tal Mariano Rajoy.

En el último mes, demostrando que desde aquella vez en la que pidió públicamente auxilio a la opinión pública a las 10 de la noche, vive aterrado ante la posibilidad de que se repita algo parecido, Rajoy ha hecho tres cosas que, a mi juicio, demuestran su incapacidad para gestionar una crisis terrorista.

En primer lugar, mientras se ausentaba de los debates con Sánchez, Rivera e Iglesias, jugaba a comentarista deportivo con los mismos tíos de la SER que azuzaron a la gente contra él en 2004. En segundo lugar, se ha negado –con las excusas más peregrinas- a ayudar a Francia tras el atentado islamista de Paris. Y desde este viernes ha dado un verdadero recital de incompetencia y pavor ante un caso que, siendo grave, lo es mucho menos que una masacre como la que recientemente ha vivido Francia. Lo primero denota una profunda cobardía moral. Lo segundo, un pánico al compromiso político que no debe atenazar a un presidente del Gobierno. Lo tercero, que tras cuatro años en el Poder no ha hecho absolutamente nada para reparar la desinformación y el caos que reinaban en Interior, Defensa y el CNI y cuyas consecuencias padeció España antes, durante y después de la masacre del 11M. Ni se le ha quitado el miedo ni le ha puesto remedio.

El ataque "que no iba contra nosotros"

La información en detalle del lío en el que, presa de su incurable pánico electoral, se fue metiendo el propio Rajoy desde el mediodía del viernes, la ha tenido el lector de LD en las crónicas de Pablo Montesinos. Pero lo que tiene un valor político indudable, y no precisamente positivo, fue su aseveración de que el ataque "no iba contra nosotros" y esta frase:

Todos, cualquier país occidental, podemos ser objeto de un ataque terrorista. Pero lo que parecía una mala noticia, esta vez no ha sido así.

Cuando habló Rajoy, ahora sabemos que con poca información y mucha prisa –por desgracia, muy parecida a la de Aznar y Acebes el 11M- sólo sabíamos que había tenido lugar un ataque terrorista en Kabul, tal vez contra la embajada española, y que había muertos. Pero el experimentado Presidente corrió a decir que "esta vez" no era "una mala noticia". Fuera de los micrófonos, dijo además a los periodistas que el objeto del ataque era una casa "donde se alojaban norteamericanos". O sea, los que mueren en todas las guerras.

Escenario del ataque y Rajoy en el mitin donde dio la noticia | EFE

Pero sucede que un centenar de soldados españoles ha muerto en Afganistán, donde hemos llegado a tener desplegados mil quinientos y de donde nos fuimos hace pocos meses, con una velocidad electoralmente comprensible pero militar y políticamente lamentable. No hemos sido los únicos. Pero que Obama sea malo no hace bueno a Rajoy. Y no excusa la pésima situación de la embajada –tres edificios con un patio en medio, la puerta principal tapiada y una entrada lateral de chapa que no cerraba- y la desinformación total de la que acabó siendo víctima su primer responsable.

Porque el ataque sí iba contra nosotros. ¿Cómo no iba a ir si estamos allí en misión militar y política desde hace once años? Aunque hubiera ido contra otra embajada, nos afectaba. Pero por haber corrido a escaquearse, Rajoy tuvo que rectificar en pleno mitin, sólo una hora después, "lo que parecía una mala noticia". Era una noticia peor, pero tampoco dio la cara. Se limitó, antes de irse, a leer esta nota:

El ministerio del Interior pone en conocimiento de los españoles que en el ataque del que hemos hablado antes un policía ha muerto. Desde aquí nuestro cariño, nuestro sentimiento y nuestro amor por él y por todos sus compañeros. Muchas gracias.

El "amor" -no sólo "cariño"- que el Ministerio del Interior mostraba por la muerte de un policía tras "el ataque del que hemos hablado antes" y que "parecía una mala noticia" resultaba poco navideño en ministro tan pío. Muchos soldados españoles han muerto en Afganistán, pero si los muertos hubieran sido de otra nación debería haber recordado que España y otros muchos países se unieron a los USA en la invasión de Afganistán tras el 11S. Apresurarse a mostrar alivio porque, esta vez, los ataúdes llevaran una bandera que no fuera la española denota una carencia de humanidad no por sincera menos repugnante. Es verdad que Obama no se presenta a las elecciones y Rajoy sí, pero los muertos en la guerra contra los talibanes son nuestros muertos. Todos ellos merecerían, en un político con grandeza y experiencia, el elogio fúnebre de Azaña en su último discurso a los muertos en ambos bandos durante la Guerra Civil:

Paz, Piedad, Perdón

Esos hombres que han caído magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón.

En esa tierra materna, eternamente quieta, yacen miles de soldados muertos en Afganistán, víctimas heroicas de un ideal grandioso: la lucha contra la barbarie islamista. También los dos españoles. Pero de la "musa del escarmiento" de la Guerra Civil Azaña sacaba esta lección nacional:

Todos los españoles tenemos el mismo destino. Un destino común, en la próspera y en la adversa fortuna. Cualesquiera que sea la profesión religiosa, el credo político, el trabajo y el acento. Y nadie puede echarse a un lado y retirar la puesta. No es que sea ilícito hacerlo: es que además, no se puede.

Para evitar una movilización contra el PP con el "No a la guerra" como bandera –que su propia torpeza ha actualizado- Rajoy ha llamado en su auxilio a esos políticos sin experiencia, recurriendo al retórico "pacto antiyihadista", incluso a su socio favorito en este fin de campaña, aunque no participa de él, sino contra él y como observador: Pablo Iglesias. No cabe mayor prueba de debilidad personal e incompetencia política. En cuatro años como Presidente, Rajoy ha sido incapaz de reorganizar los servicios de información que facilitaron el golpe del 11M al 14M de 2004. Lo único que ha aprendido es a esquivar sus obligaciones tras las togas de los jueces o tras las faldas de un consenso antiterrorista que es un mísero protectorado contra las consecuencias electorales de un atentado. Lo único que ha aprendido Rajoy del 14M de 2004 es cómo llegar al 21D de 2015.

Rajoy no es mucho peor que otros políticos europeos acobardados ante el terrorismo islámico. Pero es el perfecto, patético representante de la cobardía institucional, en partidos, medios y jueces que padecemos aquí. Y aunque la Musa del Escarmiento no aparezca en Moncloa, hay que recordar que no hacer la guerra al terrorismo islámico no nos librará de padecerlo. Como en la Guerra de la Independencia contra Napoleón, regular en Bailén e irregular en las guerrillas, esa guerra no va a revestir una sola forma sino todas las formas de la guerra, porque es de exterminio y lo es contra una civilización, no contra un país. Para un islamista, tan "cruzado", "infiel" o asesinable es un español como un norteamericano, un parisino que toma un pastis en una terraza de París como un romano que apura un ristretto en una trattoria de Roma. Ellos atacarán de cualquier forma, nosotros debemos combatirlos de todas las formas. Y ante esa guerra, como dice Azaña, "nadie puede echarse a un lado y retirar la puesta. No es que sea ilícito hacerlo, es que, además, no se puede". (1)

El cobarde alivio de Rajoy se convirtió en preocupación y luego en cauteloso reparto de la desolación. Cuando tuvo noticia del primer muerto, se apresuró a llamar a Sánchez, a Urkullu y a su obsesión: Pablo Iglesias. Dice que a Rivera no lo encontró y le mandó un mensaje, no sé si un sms o un dron. Pero su propio pánico debería hacerle reflexionar sobre la táctica de estos últimos días de campaña. ¿Cree que a corto y medio plazo es más importante para el PP que Iglesias no le monte otra campaña de "No a la guerra" o que tenga el apoyo de Ciudadanos y el PSOE para desbaratarla? Cuando se le pase el susto, debería pensarlo. Y, si le fuera posible, actuar.

(1) El discurso completo "de las tres Pes" -Paz, Piedad, Perdón-, está en mi antología Manuel Azaña. Discursos. Alianza Editorial. Bolsillo. 1985.

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