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MORFINA ROJA

A propósito de Montes

La seguridad con que actuaba Montes tenía su razón de ser. Se sentía protegido por un entorno favorable cuya génesis se remonta a la fundación del centro. Y es que el Severo Ochoa, pese a su aspecto convencional, no ha sido un hospital más. Ha sido "más que un hospital".

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Abierto en 1987, un año después de que la Ley General de Sanidad, impulsada por Ernest Lluch, fuese aprobada al término del primer gobierno de Felipe González, el Severo Ochoa se planteó desde su creación no únicamente como centro asistencial, sino como una suerte de "centro piloto": un estandarte de la política sanitaria del Partido Socialista. (…)
 
Fundado como escaparate de una política, la tripulación del hospital fue seleccionada en concordancia. Para los puestos de responsabilidad se eligió a médicos de reputada afinidad con la izquierda. (…)
 
En el hospital se conformaría, así, un grupo de médicos con influencia y puestos relevantes, caracterizados por una gran carga ideológica en relación a la política sanitaria. Ello hizo que una parte de sus colegas los consideraran unos "iluminados" y les dieran el apodo de Sendero Luminoso. (…)
 
Sendero Luminoso compartía con el PSOE y otros grupos de izquierda la defensa a ultranza de la sanidad pública. De hecho, la batalla en favor de Montes se libró en nombre de la sanidad pública tanto como de la "muerte digna".
 
Se tiende a pensar que los más acérrimos defensores de la sanidad pública se ocupan mejor que nadie del interés de los pacientes. Sin embargo, su visión entraña una idea de la sanidad como un servicio a la sociedad, y esa concepción, llevada a un planteamiento extremo, conduce a desplazar el acento del individuo al colectivo. De ahí que entre los más radicales adeptos de la sanidad pública, puedan surgir pautas y conductas guiadas por el objetivo de mejorar la rentabilidad del sistema sanitario, en las que se reduce al usuario a una pieza que debe subordinarse a un supuesto interés social superior.
 
El poder que detentaba esa clique ideologizada en el Severo Ochoa y sus conexiones políticas, configuraron el "ecosistema" peculiar y excepcional en el que pudieron desarrollarse los acontecimientos del modo en que lo hicieron.
 
Montes podía contar con la anuencia y el apoyo de miembros destacados del departamento médico. De hecho, muchos jefes de servicio cerraron filas con él y asumieron un papel protagónico en su defensa, tanto dentro como fuera del centro.
 
Aquella camarilla, que se había forjado durante años, constituía un poder fáctico en el centro. Podía poner en pie de guerra al hospital y, llegado el momento, eso fue lo que hizo. (…)
 
(...)
 
Montes.El envoltorio ideológico
 
Las convicciones y el poder de los "sedadores" se reforzaron tras la [primera] Inspección. Se habían cuestionado sus métodos y resultaba que eran ellos los que tenían razón y no los que se habían opuesto. El acoso a los médicos contrarios se intensificó. Montes decía que no les importaba nada que los enfermos sufrieran y hablaba de ellos como "objetores", "antiguos", "carcas" y "muy católicos".
 
El anestesista llevaba la discrepancia con sus actuaciones médicas al terreno político-ideológico. (…) La resistencia a aquellas prácticas y cualquier intento de fiscalizarlas se atribuyó a "fundamentalistas religiosos", a "la derecha" o a quienes por razones ideológicas se oponían a que "se aliviara el sufrimiento". Sin embargo, la ideología anidaba en otra parte. (…)
 
[Montes] presentaba la sedación terminal como la herramienta adecuada para evitar el sufrimiento de los últimos momentos y el "ideario" que predicaba puede resumirse en una frase que pronunció más de una vez en Urgencias: "hay que sedar por ética y por estética". (…)
 
La parte "ética" consistía en evitar la muerte con dolor y sufrimiento, pero esa noción resultaba tremendamente elástica aplicada por Montes y sus adeptos. Abarcaba casos que, a juicio de otros médicos, no podían considerarse terminales, preagónicos ni agónicos. De hecho, algunos de los pacientes "sentenciados", tras haberles retirado la sedación otros facultativos, no fallecieron, sino que recibieron el alta después de un tiempo ingresados. (…)
 
De haberse seguido el procedimiento acostumbrado hasta la llegada del anestesista, una parte de los pacientes que habían muerto en Urgencias, hubieran ingresado en planta, donde habrían fallecido o no. Nadie puede saberlo. Lo que ocurrió, sin embargo, es que el número de ingresos en planta se redujo mientras Montes fue el coordinador del servicio. (…)
 
Esta caída resulta especialmente significativa, toda vez que se registraba al mismo tiempo que, en cada uno de esos años, el número de pacientes atendidos experimentaba incrementos. (…)
 
La reducción de los ingresos en planta repercute directamente en la gestión hospitalaria y, en particular, en lo que podemos denominar la "economía de camas". Si aquellos enfermos que llegan por Urgencias ingresan y ocupan una parte de las camas del centro, habrá menos plazas libres para distribuir entre otras necesidades hospitalarias. Ello influye, en especial, en la lista de espera quirúrgica, que depende de las camas disponibles.
 
Mediante la restricción de los ingresos, puede interpretarse que un servicio de Urgencias funcionaría, de facto, como una criba: un filtro de pacientes. Los enfermos que previsiblemente consumirán más recursos sanitarios, como los de elevada edad y con patologías graves, ya no ocuparán camas en planta ni tendrán que ser reoperados ni sometidos a ningún otro tratamiento. Su trayecto comenzará y terminará en las Urgencias. (…)
 
La ausencia de una unidad de Paliativos se convirtió en un argumento recurrente para explicar los hechos una vez que salió a la luz el caso. Supuestamente, los enfermos debían morir en Urgencias a falta de otra alternativa y tenía que ser allí donde se les aplicara la "sedación terminal". (…)
 
A principios de 2003 ya existía una unidad de Cuidados Paliativos del Servicio de Medicina Interna, que previamente había estado en fase de desarrollo. Los enfermos etiquetados en Urgencias como terminales podían haber sido trasladados a aquella unidad, al menos, en parte. No hay constancia de que fuera así. (…)
 
Entre los discípulos de Montes, y así lo expresaban en ocasiones delante de sus colegas, había calado la idea de que, a fin de cuentas, muchas de las personas que llegaban a Urgencias ya "no servían para nada" y se iban a morir más pronto que tarde. Esos individuos que carecían de "utilidad social" ocupaban, sin embargo, camas y consumían recursos que otros, menos enfermos, más jóvenes, podían aprovechar mejor.
 
La transición de la "ética del no sufrimiento" al crudo utilitarismo podía verificarse con naturalidad. Ambos elementos se apoyaban y justificaban mutuamente. La razón "humanitaria" que legitimaba que se les hiciera un bien a los pacientes y a sus familiares, se consolidaba con el argumento de que aquel bien producía otro, que redundaba en el conjunto del sistema sanitario, en definitiva, de la sociedad. (…)
 
Los defensores de Montes elogiarían su "nobleza". Los colaboradores que sufrieron los peores rasgos de su carácter, lo retratan como un hombre manipulador, autoritario, antipático y sin sentimientos, que "trataba a zapatazos a todo el mundo". En el Hospital La Paz, donde estuvo tres años en cargos de dirección, dejó en algunos sectores la impresión de que era "déspota" y "prepotente".
 
Sufría cambios de humor repentinos. "Era imprevisible. Lo mismo era muy accesible y normal que, en otro momento, se enfadaba. A veces generaba discusiones con los pacientes. No es que les chillara, pero les decía cosas muy bruscas. Hubo quejas por su trato despótico. Tenía un carácter explosivo". (…)
 
Otra de las características de aquella época es que el tratamiento sedativo concitaba la atención de buena parte del personal del servicio. Parecía que las "sedaciones" tenían prioridad sobre cualquier otra actuación. Era, como decían algunos médicos de Urgencias, el mundo al revés.
 
La conjura
 
En plena barahúnda de asambleas y concentraciones, algunos médicos de Urgencias confrontaron a una sindicalista con la contradicción que entrañaba su actitud. Ella sabía cómo se practicaban las sedaciones en Urgencias y, sin embargo, contribuía a la movilización. Su respuesta fue: Sí, ya lo sé, pero "son órdenes de arriba".
 
¡Órdenes de arriba! Los soldaditos sólo cumplían órdenes, supieran lo que supieran y pensaran lo que pensaran. ¿De qué alto lugar emanaban aquellas órdenes? (…)
 
¿Qué impulsó al PSOE, tras un primer titubeo, a emplear todo su poder e influencia en defender a un anestesista de una acusación de mala praxis? (…)
 
La campaña pro-Montes combinó clichés de larga tradición con otros más novedosos, pero todos anclados en la ideología. (…) La efectividad de esos clichés es tal que, por ejemplo, en cuanto se pronuncia el término "privatizar", miles de personas o cientos de miles, saltan de sus asientos en un reflejo pavloviano. (…)
 
La teoría más rocambolesca fue la relacionada con la eutanasia. Quizás por eso mismo iba a ser la de mayor éxito y alcance. Fue avanzada por Montes y sus defensores, y se cultivó, sobre todo, en el entourage intelectual y artístico del PSOE, que desde hacía algún tiempo, había instalado la eutanasia en el frontispicio, crecientemente vacío, donde figuran las causas "progresistas" y de izquierdas.
 
Según ese guión, el Partido Popular decidió fabricar un caso de sedaciones irregulares para contrarrestar la favorable acogida a la eutanasia a raíz de la película Mar adentro. Esto es, se embarcó en una estrategia que implicaba despertar sospechas sobre la calidad de la gestión sanitaria en Madrid y provocar turbulencias en la sanidad regional, con el único fin de darle la vuelta a un supuesto clamor social a favor de la eutanasia. (…)
 
El objetivo primordial de la campaña que el PSOE tejió en torno a Montes, era erosionar al Gobierno regional, esto es, al Partido Popular, en una de sus plazas fuertes. (…)
 
La rentabilidad electoral de aquella estrategia de confrontación, cuyos "cerebros" se cree que fueron José Blanco, secretario de Organización del PSOE, y el propio Simancas, resulta (…) muy dudosa. (…)
 
Fuese como fuese, el PSOE no corrigió aquel rumbo, sino que lo acentuó. Se mantuvo en la defensa de Montes, y pulsó todos los resortes a su alcance –colegiales, judiciales, mediáticos– para favorecerle y también para favorecerse. (…) Asombra que perseverara con tanta intensidad en una campaña que no daba, precisamente, buenos frutos electorales. ¿Tenían Montes y Sendero gran influencia en el PSOE? ¿Había otras razones que aconsejaran protegerlos y defenderlos más allá de desgastar al PP de Madrid?
 
En cualquier caso, esos médicos representaban a la «vieja guardia» de la política sanitaria socialista, bregada en la agitación y en la movilización. Eran de una generación y un perfil distinto a los que despuntaban como nuevos abanderados de aquella política. No obstante, coincidían en una peculiar visión de la gestión sanitaria y en ideas que encontraban ahora un entorno especialmente acogedor. Había "causas", como la eutanasia y el aborto, que el Gobierno Zapatero deseaba promover. Montes y sus paladines podían ser útiles.
 
 
NOTA: Este texto está tomado de los capítulos 2, 3 y 10 de MORFINA ROJA, de CRISTINA LOSADA, que acaba de publicar la editorial Libros Libres.
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