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CRÓNICA NEGRA

Comerse a la pareja después de amar

Todos los países guardan el misterio del canibalismo como si fuera uno de esos trapos sucios de la mala conciencia. La hipocresía sobre el amante caníbal era general hasta que los directores de la excavación de Atapuerca revelaron que el Homo antecessor se comía a sus congéneres en una ceremonia ritual. Es decir, no a causa del hambre, sino en un acto de fe compartida.

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En Rotemburgo, no hace mucho, un hombre ilustrado, capaz de ganar demandas judiciales por sus derechos, fijó una cita a través de internet y terminó comiéndose el pene del tipo que le respondió, un ingeniero de Berlín. En México, en un extremo del mundo donde la educación y el bienestar están peor repartidos, un poeta hizo filetes a su novia y le pillaron preparándose un tentempié.
 
En España hemos tenido al mendigo asesino que mordía el corazón de sus víctimas; a la hora de juzgarlo, sus actos caníbales fueron respetuosamente obviados. Hasta que el Loco de la Colina consiguió permiso de Juan Alberto Belloch para entrar en las prisiones, hoy cerradas a cal y canto por la Administración socialista, no sabíamos a qué sabe la carne humana. Francisco García Escalero, el Matamendigos, decía que su cabeza era una batidora de psicotrópicos y vino de tetrabik, por lo que no sabía lo que hacía. Aunque recordaba haber cortado órganos sexuales y metérselos en la boca. También haber mordido un corazón como si fuera un bife de lomo.
 
La autoridad tiende a ocultarnos parte de la realidad para hacernos el favor de mostrarnos otra más afín a sus deseos. Según los que mandan, el canibalismo es una cosa del pasado, excepto los casos protagonizados por algunos perturbados. La gran explicación es el misterio de la locura: un tipo capaz de concertar una cita por internet, grabar en vídeo los preparativos de su festiín antropofágico y defender su posición con claridad; un tipo, pues, como Armin Meiwes es un chiflado. Lo mismo cabría decir del poeta mexicano que escribía novelas de terror donde unos personajes se comían a otros.
 
Ahora se juzga en Leeds, Inglaterra, a un cocinero, ex rey de la belleza gay, Mr. Homosexual del Reino Unido, el joven Anthony Morley, de 36 años. Se le acusa de asesinar a un amante, trocearlo y preparar con su carne exóticos platos. Cuando, el pasado abril, la policía apareció por su casa, Morley tenía trozos de carne humana en la cocina. Algunos presentaban mordeduras; concretamente, un filete obtenido del muslo del cadáver: frito con aceite de oliva, había sido probado y rechazado.
 
Es muy probable que el cocinero se obligara a cumplir el rito sin vencer la repugnancia. Un asco simplemente cultural, puesto que –afirman los antropólogos– la carne es siempre carne. Por otro lado, gente de seso que se ha expresado sobre este acto, casi religioso, como los que se perdieron en el avión de los Andes, dice que la carne humana sabe a pollo.
 
Los asesinos caníbales buscan, con la ingestión de su víctima, una absorción de la culpa. Morley bajó en bata, con la cara y las manos llenas de sangre, y entró en una tienda, donde pidió que llamaran a la policía porque, según recordaba vagamente, había matado a alguien que había intentado violarle.
 
El muerto era Damian Oldfield, de 33 años, publicista, que vendía espacios en revistas y que conocía al ex Mister Gay desde hacía tiempo. Según lo investigado, los dos hombres se encontraron en un bar del centro y bebieron como ingleses merecedores de la ley seca. Una vez en el apartamento de Morley, quizá hubo escenas de sexo, pero con seguridad el alcohol ingerido y el propósito oculto no dejó que el encuentro se disolviera en una mañana de resaca. El chef británico debió de ir a la cocina por un cuchillo, con el que se arrojó sobre el cuerpo desnudo de su compañero, al que finalmente habría troceado
 
Una vez más, se ha hecho realidad una vieja fantasía de amantes: me gustaría comerte vivo. Ahora bien, este deseo sexual no se refiere exactamente a un menú dietético con aceite de oliva, aunque el chef tenía que poner su punto.
 
El asesino caníbal es una constante en la historia del crimen. Sabemos de su existencia hace millones de años, cuando hacía lo que hacía para exhibir su poder sobre las víctimas, y, como vemos, sigue entre nosotros. Entre los más célebres se cuentan el Sacamantecas de Vitoria, el exquisito Jack el Destripador, cuya especialidad eran los riñones al jerez, el Carnicero de Milkwaukee, Ed Kemper y Ted Bundy, que gustaba de morder glúteos.
 
El chef británico tal vez quería experimentar con la dermis y el aceite de oliva, además de satisfacer su necesidad amatoria, regada con bebida y conversación. La sociedad blandita que nos ha tocado vivir, donde se gobierna con puño de hierro en guante de cabritilla, debe reflexionar sobre el hecho incontrovertible de que, desde Atapuerca, el cocinero devora siempre después de amar.
 
Como es su obligación, el abogado de Morley niega que su cliente diera muerte a Oldfield, y mucho menos que lo hubiese cocinado; aunque, en caso de que la escena del crimen le acuse, siempre hay que tener en cuenta la provocación de que podía haber sido objeto, así como su estado mental. O sea, que aquella pieza de carne desnuda pudo ser toda una provocación con nombre y apellido.
 
 
FRANCISCO PÉREZ ABELLÁN, presentador del programa de LIBERTAD DIGITAL TV CASO ABIERTO.
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