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AN INCONVENIENT TRUTH

Al Gore: Votadme o morid

La cinematográfica "verdad inconveniente" de Al Gore es un documental dirigido de forma relativamente competente por el director Davis Gugggenheim que demuestra que el ex vicepresidente es todo lo que tenemos entre el calentamiento global del presente y la extinción de la especie.

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Como es importante enseñar divirtiendo, el hilo conductor del documental es una conferencia tipo de Gore, entreverada de sus solemnes reflexiones sobre el destino de la Tierra; ofrece momentos de comedia involuntaria comparables a los grandes éxitos de una carrera pródiga en ellos, entre los que se cuenta, por ejemplo, la invención del internet.
 
Da un poco de rubor ser objeto de hagiografías, pero la autohagiografía del protomártir de la religión del calentamiento global también causa escalofríos (que sin duda bajarán masivamente la temperatura de la estratosfera en que vive) cuando uno piensa que estuvo a 527 votos de ser presidente y se propone retomarlo en 2008 donde lo dejó. Puesto que el mundo se acaba, Gore está en una carrera contrarreloj para, por un lado, salvarnos y, lo que es más importante, ser presidente antes del Apocalipsis.
 
Gore dice al principio de la película que "lo que está en juego es nuestra capacidad para vivir en el planeta Tierra y que nuestra civilización tenga un futuro". Su disertación parte de la premisa de que estamos en una etapa de calentamiento y que dicho calentamiento está causado por emisiones de CO2 directamente atribuibles a la actividad humana. Ambos postulados reflejan, según él, el consenso de la comunidad científica. Lo cual es verdad siempre que uno asuma que las opiniones políticas de un sector del establishment académico, parte de la subvencionadísima y multimillonaria industria del milenarismo climático, representan a la comunidad científica. Lo cierto es que hay muchos en ésta que no creen en el calentamiento global, como otros no creyeron en el enfriamiento global, paradigma medioambiental de hace unos años.
 
Roger Revelle.Al Gore, que en la película habla con veneración de su profesor de Harvard Roger Revelle –quien aparentemente abrió sus ojos a los peligros del cambio del clima–, oculta, sin embargo, que el último artículo que éste publicó, en 1991, concluía que no existe base científica sólida para sostener el efecto invernadero. Gore y sus asociados extendieron posteriormente el rumor de que las opiniones de Revelle eran producto de la senilidad y el asunto terminó en los tribunales. Es la ciencia de la memoria selectiva, se supone.
 
Gore y su inasequible claque de medios de comunicación progresistas justifican algunas de las extraordinarias exageraciones del filme con el argumento de que las hipérboles son ilustraciones al servicio de una causa noble y necesaria. Por ejemplo, buena parte del documental se centra en la destrucción de la capa de hielo de la Antártida y de Groenlandia, y en la elevación del nivel de los océanos en 7 metros antes del final de este siglo. Pero incluso los científicos-profetas del armagedón, representados en el nada conservador Comité de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, estiman la elevación del nivel del mar en alrededor de 40 centímetros, si esa arbitraria hipótesis llegara a materializarse.
 
El resto de la película es también tan documental como lo pueda ser un libelo político, un género que ha popularizado el Hollywood de Michael Moore, para denigración de los libelos políticos y de Hollywood.
 
El ex vicepresidente utiliza múltiple apoyatura gráfica y numerosas estadísticas. La mayoría de éstas llegan hasta el Pleistoceno, excepto cuando apuntan a "alguna verdad inconveniente". Por ejemplo, cuando se refieren a las regulaciones sobre eficiencia energética de los automóviles fabricados en EEUU, menos exigentes que las del resto del mundo desarrollado y en tendencia decreciente por comparación a las europeas o japonesas. El gráfico de Gore comienza en 2002. No podía ser de otro modo, puesto que si hubiera arrancado antes habría tenido que mostrar los años de la Administración… Clinton-Gore, bajo la cual los estándares eran incluso más bajos que los existentes bajo la Administración actual, que, ¡oh herejía!, ha mejorado los de nuestros paladines metrosexuales, otrora habitantes de la Casa Blanca.
 
Michael Moore.Y ese rasgo es, acaso, el más revelador de la impostada hipocresía de la película. Al Gore critica a la Administración Reagan por su desprecio hacia el medio ambiente. Ridiculiza al primer Bush por lo mismo, y no digamos a su némesis actual. Gore clama que, después de 30 años de lucha en Washington, nada parece haber cambiado. La película permanece silente sobre un cierto periodo, 1993-2001, en que el apuesto actor era el vicepresidente designado por Clinton como zar medioambiental. Naturalmente.
 
Su Administración no hizo nada en la dirección de las presuntas convicciones de su vicepresidente, más ocupada en recibir dinero de las perversas compañías petroleras y tabaqueras que en el Apocalipsis. Es el equivalente de ese otro espejo de virtudes, Michael Moore, accionista de Halliburton durante años.
 
La película termina con un conjunto de recomendaciones para que los ciudadanos del planeta ahorremos energía y, con ello, se reduzca la emisión de gases contaminantes. Al menos, en esto tenemos la certeza de que habla alguien con conocimiento de causa, porque pocos americanos envían más CO2 a la atmósfera que Al Gore viajando en jet a la siguiente conferencia sobre el calentamiento global, desplazándose en limusina a una glamurosa cena en Los Ángeles o regulando el microclima de sus mansiones.
 
Hubo un tiempo en que había una mínima correspondencia entre ideología política y estilo de vida. Actualmente, es al contrario. Nuestras clases privilegiadas son "revolucionarias" al estilo de Al Gore y Michael Moore: una pantalla en la que la clase alta mantiene sus privilegios con la excusa de que lucha por la clase baja con el dinero de la clase media.
 
Y esa es una verdad extremadamente inconveniente, pero no aparece en la película. ¿Habrá una segunda parte?

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