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PANORÁMICAS

Cómo versionar el Quijote

Non bene pro toto libertas venditur auro (No hay oro suficiente para pagar la venta de la libertad). La cita liberal del Quijote podría ser el lema de Albert Serra, el primerizo director que, con Honor de Caballería, se ha consagrado en el Festival de Cannes ante la crítica más exigente, que lo ha aclamado como uno de los vencedores estéticos, por encima de una cada vez más mediocre y politizada Palma de Oro.

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Álvaro Arroba, de Letras de Cine, lo ha definido como un Bresson del Ampurdán, y Stéphane Delorme, de Cahiers du Cinema, ha caracterizado el film como "minimalista, reposando sobre el plano secuencia, corriendo el riesgo de ser contemplativo sin caer en lo decorativo".
 
Las adaptaciones que han querido ser fieles a la novela de Cervantes han sido un fracaso, de mayor o menor intensidad. Por el contrario, las tragedias y comedias de Shakespeare han inspirado películas soberbias, entre las que sobresalen las de Kurosawa y Welles. Uno de los problemas es identificar el tono y el color, porque ¿a qué genero pertenece El ingenioso hidalgo Don Quijote? Es difícil clasificarlo. En su origen parecía muy divertido, la gente se partía de risa, pero ¿se reían de o con Don Quijote? Sin embargo, Nabokov confesó sentirse asqueado de la crueldad de la obra. Miguel de Unamuno la entendió en clave mística. Y Ortega veía en ella una metáfora de su soñada España vertebrada.
 
La raíz del problema cinematográfico quizás provenga de una especie de "síndrome de Pierre Menard", el personaje de Borges que escribió un Quijote idéntico al original, palabra por palabra. La obsesión respetuosa por la letra y la fama de determinados episodios ha fraguado la mediocridad cinematográfica.
 
Hasta ahora, ya que Serra, licenciado en Filología Hispánica, ha vadeado los estereotipos y los típicos tópicos para revelarnos no a los personajes embalsamados, sino a dos tipos molientes y molidos, las dos caras de un solo Cervantes.
 
Los parlamentos enfáticos de don Quijote, las perlas de sabiduría popular por parte de Sancho Panza, podrían dar lugar a una delirante adaptación con Fidel Castro y Evo Morales declamando durante horas, para satisfacción y entretenimiento de los incontables fans que los líderes revolucionaros sudamericanos tienen en España. Pero no es el caso.
 
Lo primero que ha hecho Serra es someter el novelón a un despiece y deshuesado sistemático. En Honor de Caballería no hay molinos de viento, ni meseta castellana, ni vizcaínos, ni dulcineas. La versión de Serra es libre, muy libre, quizás insoportablemente atrevida para los guardianes del sepulcro filológico del caballero andante de pacotilla.
 
Alonso Quijano y Sancho Panza parecen estar de excusión, de salida campestre. Hablan en catalán, lo que no es de extrañar, si tenemos en cuenta que una de las visitas del hidalgo cervantino fue a Barcelona, donde bien pudo aprender la lengua. En la campiña ampurdanesa, rodeados de flores silvestres, olivares, chaparrales y un estruendo de grillos y cigarras, dejan pasar el tiempo, recostados en la hierba, paseando con sus cabalgaduras, bañándose en una charca, hablando de Dios y con Dios. Un viejo senil y un gañán simplón rodeados de una naturaleza exuberante, haciéndose compañía, compartiendo sueños y un poco de pan duro.
 
Y es que, como proclama la campaña publicitaria, éste es un film quijotesco. Sin subvenciones estatales, la financiación exclusivamente privada ha aportado los medios escasos, se ha rodado con tradicionales cámaras de video; pero precisamente esto ha servido de garantía para el desarrollo de una libertad formal que ha permitido radicalizar la propuesta por un cine de calidad y comprometido con la verdad cinematográfica como no se veía desde El cielo gira, de Mercedes Álvarez. El listón de exigencia se ha puesto ahora aún más alto, lo que debería de servir para cerrar la boca de los que sostienen que el cine ha de estar generosamente subvencionado porque el mercado, por sí solo, no puede hacer emerger obras de calidad y minoritarias.
 
Es natural que deslumbrase a los franceses que la seleccionaron para Cannes. Como quiere el tópico referido al país que parió a Renoir y Rohmer, en este film se ve crecer metafóricamente la hierba y literalmente elevarse en el cielo la luna. En uno de los planos secuencia en que Quijano y Panza comparten el silencio, una luna brillantemente amarillenta se convierte en la protagonista de la acción.
 
Naturalmente, verse elevar la luna puede parecer un espectáculo tedioso. O sublime y mágico. Albert Serra se ha atrevido a mirar a Alonso Quijano y a Sancho Panza con la actitud del que se tumba en la hierba a contemplar las estrellas. Quien no lo haya hecho nunca, que no se moleste con esta película. El que, por el contrario, se haya parado alguna vez para disfrutar del cielo estrellado encontrará en el espionaje a ras de tierra de la locura de Alonso Quijano y la lealtad con que le sirvió Sancho Panza una hermosa exaltación panteísta, un humilde trabajo artesanal y una soberbia película.
 
En el prólogo de su obra, Cervantes hasta por tres veces arremetía contra los libros de caballerías, el equivalente de las banales superproducciones cinematográficas en serie, y defendía un estilo "a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas... y período sonoro y festivo", para llegar a todos los lectores, "desocupados... y suaves", de forma tal que "el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el inteligente se admire de la invención, el grave no lo desprecie, ni el prudente deje de alabarla". Programa artístico al que se ha acercado Serra desde la innovación formal y el respeto al espíritu del ilustre caballero don Miguel de Cervantes.
 
 
Honor de Caballería (España, 2006; 110 minutos). Dirección: Albert Serra. Guión: Albert Serra. Producción: Albert Serra. Fotografía: Christophe Farnarier y Eduard Grau. Intérpretes: Lluís Carbó, Lluís Serrat, Albert Pla. Calificación: Hermosa 9/10.
 
Pinche aquí para acceder al blog de Santiago Navajas.
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