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VUESTRO SEXO, HIJOS MÍOS

Algo que debes saber sobre el matrimonio

Queridos y fieles copulantes: Nadie, con una buena información, adopta decisiones que pueden empeorar su calidad de vida; así que cuando una mujer y un hombre se casan es porque juntos esperan obtener unos beneficios mayores que los que obtendrían cada uno por separado. Bueno, aquí se nos presenta una dificultad: ¿cómo convencer a los jóvenes de que su vida mejora si se casan, cuando como solteros viven divinamente?

Remedios Morales
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Y es que cuanto mejor sea la situación de partida, menos incentivos hay para cambiarla. Se me ocurre que quizá habría que motivar un poco a los solteros, aumentando las ayudas a las familias en vez de jeringarlas con saña.

Las parejas enamoradas quieren casarse, tener hijos y vivir en un puro éxtasis. Pero luego, cuando se remansa la pasión amorosa, se dan cuenta de que el cónyuge ideal no existe. Sin profundizar en el tema, ningún hombre tiene el pene como el tentáculo de un pulpo, y además todos llevan en la masa de la sangre un afán viril muy fastidioso que los impulsa a rascarse y recolocarse la bragueta. En cuanto a la teta de manzana de la linda esposa, acaba por ser de pera o de higo chumbo. No hay que alarmarse porque el enamoramiento sólo es un banderín de enganche. Disfrutadlo mientras dura y pensad que el vínculo sigue funcionando después tan ricamente si sus miembros obtienen de él bienes y servicios que no conseguirían en solitario con el mismo coste.

Así que llegamos a la siguiente fase. El matrimonio tiene las características de una unidad de consumo, y por eso proporciona mayores beneficios si sus miembros comparten gustos y preferencias. Así que tener la misma religión y clase social y similar capital humano es más seguro. Yo os desaconsejo que caigáis en extravagancias como la de mi amiga Mariblanca Montenegro, que se casó con un musulmán y, una vez en tierras sarracenas, halló que una mora moraba con antelación en el hogar conyugal. Y si no fuera políticamente incorrecto os diría que era una mora gordísima y gritona que mandaba mucho porque para eso era la primera esposa. Qué metedura de pata.

Bueno, además de ser una unidad de consumo, el matrimonio es una unidad de producción, y como tal funciona mejor si los cónyuges, aparte de tener muchas cosas en común, están especializados y se complementan según sus ventajas comparativas. En un artículo titulado "En busca de un buen padre" os hablé de la hipergamia, que es la prerrogativa que tienen las mujeres, como todas las hembras, de obtener para sus hijos un padre de superior estatus. La hipergamia fomenta la complementariedad pero proporciona autoridad al marido y reparte las tareas de forma que el hombre gana el dinero y la mujer hace todo lo demás. Antes, todos los matrimonios eran así; pero ahora se casa una notaria con un ingeniero y, naturalmente, nadie quiere fregar los puñeteros platos ni cambiar los pañales y todo eso.

Aquí, en lo de la complementariedad, se plantean dos problemas. Primero: ¿es posible un matrimonio hipergámico si los cónyuges tienen similar capital humano? Parece un contrasentido y un anacronismo. Segundo problema: ¿cómo demonios conseguir una pareja complementaria hoy día? La sociedad ya no tiene como objetivo definir los papeles de los géneros conforme a patrones complementarios. En los países occidentales las mujeres son libres, reciben una buena educación y valen un huevo. Ya no existe la profesión "Sus labores", y, de existir, se valoraría aun menos que antes.

¿Y qué me decís de los varones? En el mercado matrimonial el macho humano era el sexo cortejado, un caso extraordinario entre los machos. La mujer lo había implicado en la tarea de la paternidad –que le traía al fresco– a base de imponer barreras de salvaguardia que elevaran el precio del sexo libre y de concederle ventajas extras relacionadas con el matrimonio. Jopé, ahora me acuerdo de mi tío abuelo Recaredo, que en todas las bodas daba la tabarra aleccionando a la novia y vociferando: "¡El marido es el Cristo de la casa!". Los jóvenes, claro, hacían corro alrededor de él. Entonces todos se casaban porque obtenían muchas ventajas.

Pero eso se acabó. Desde la revolución sexual, la posición de los solteros no ha dejado de mejorar con respecto a la de los casados. No sería, pues, una decisión racional abandonar una situación privilegiada cuando, precisamente, en ambos sexos se ha reducido el margen de beneficios que proporcionaba la complementariedad dentro del matrimonio. ¿Cuánto habría que cederle al varón hoy día para que su vida de casado fuera mejor que la de un soltero? ¿Qué tipo de mujer estaría dispuesta a tantas concesiones, cuando ya no necesita una alianza para hacer de su capa un sayo?

De cualquier forma, la mayor parte de la gente encuentra dura la vida en soledad y piensa que es mejor estar en buena compañía. Aunque no haya complementariedad, siempre se puede negociar o hacer un menage à trois: la esposa, el marido y una asistenta. Y un matrimonio no se rompe mientras los cónyuges consiguen, si no una utilidad óptima, sí una satisfacción superior a la que obtendrían si lo rompiesen.

El siguiente problema es que, aunque ambos cónyuges extraigan ventajas del matrimonio, los beneficios no suelen repartirse por igual. Ni siquiera en proporción a la inversión que cada cónyuge realiza en la sociedad matrimonial. Porque resulta que es una conducta racional que cada uno de los cónyuges intente apropiarse para sí mismo de una parte mayor de los beneficios, siempre que no se llegue a poner en peligro la estabilidad de la pareja. O sea, que incluso en un matrimonio satisfactorio hay tensión entre los cónyuges, y si te descuidas, ¡zas!, te comen el terreno.

¿Y quién se apodera de más beneficios? Normalmente, el miembro que parte de una posición de preeminencia, que en un matrimonio hipergámico es el varón, la parte cortejada, la parte recelosa. Por ello no es fácil convencer a un soltero si no tiene pagas extras en el reparto de beneficios. Por ejemplo, verse libre de las tareas domésticas y los niños es un buen extra que todo hombre busca y acepta encantado.

En cambio, los datos de feminización de la pobreza y violencia de género parecen indicar que las mujeres se conforman con unos beneficios relativamente menores que los que obtienen los hombres. ¿Actúan racionalmente?

Sí. En muchos países es de lo más normal, porque, aunque su margen de ganancia sea estrecho dentro del matrimonio, su situación siempre debe ser comparada con la alternativa de la soltería. Desde ese punto de vista, aunque el marido se apodere de la mayor parte de los beneficios del matrimonio, como las mujeres solteras las pasan canutas, aceptan un matrimonio con un reparto de ganancias desigual. Cuanto menor sea el capital humano de una soltera, cuantas menos posibilidades tenga de obtener riqueza y libertad, cuanto más difícil sea la vida para una mujer sola, más dispuesta estará a contraer matrimonio. Esto siempre se ha sabido y se ha fomentado.

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