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CIENCIA

Apaga y vámonos

Este sábado, como viene ocurriendo los últimos 28 de marzo, el mundo entero está convocado a apagar la luz. Entre las 8 y las 9 de la noche todos los ciudadanos de buena voluntad que en el mundo somos deberíamos dejar de consumir electricidad, desconectar nuestro ordenador, darle al Off de la televisión, abandonar un ratito el brasero eléctrico si queremos contribuir a salvar el planeta.

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Y ahí tienen ustedes una insigne nómina de ciudadanos e instituciones dispuestos a pasar 60 minutos a la sombra. Los ayuntamientos de 3.400 ciudades (Madrid entre ellas, claro), algunos edificios oficiales de 120 países, los estadios de fútbol del Real Madrid y el Valencia (no hay partido programado para esa hora, por supuesto), Alejandro Sanz (que no tiene concierto, como es obvio)... y todo el elenco de habituales seguidores de las consignas de Greenpeace que se han sumado a "El apagón contra el cambio climático".

Se les agradece la buena voluntad, pero no puedo evitar contemplar su causa con la única herramienta que me merece credibilidad para estas cosas: los datos científicos. Y el resultado es que el apagón global carece del menor de los sentidos.

Les invito a que echen un vistazo, por ejemplo, a los datos de consumo eléctrico servidos por Red Eléctrica Española diariamente. Pueden consultarlos en su página web. Aprenderán cosas como éstas:
  1. El ahorro total de energía entre las 20 y las 21 horas del 28 de marzo de 2009 (el último apagón planetario) con respecto al consumo previsto por Red Eléctrica fue sólo del 2,1 por 100.
  1. Es cierto que se consumió menos electricidad que el día anterior. Pero no hay que olvidar que el día anterior fue laborable (viernes).
  1. Comparando los datos con los dos sábados anteriores, el resultado es demoledor. El día de la convocatoria para salvar al mundo se consumió más electricidad que los dos sábados anónimos precedentes.
Es decir, que "La Hora del Planeta" tuvo una incidencia nula en España. Y tres cuartos de lo mismo ocurrió en el resto del globo.

Los amantes del espectáculo ecológico sueñan con ciudades a oscuras, neones apagados, calefacciones moribundas y calles invadidas por la refrescante y salvadora sombra de la noche. Pero ignoran que, si se cumpliera su sueño, en realidad le estarían haciendo un flaco favor al medio ambiente. ¿Por qué?

El sistema de suministro de energía de un país es harto complejo. Para que la luz llegue a nuestras casas tienen que intervenir muchos agentes. La energía generada en las centrales no puede viajar directamente al enchufe de mi habitación, entre otras cosas, porque el sistema energético es, por naturaleza, un sistema cerrado: toda la energía que se produce ha de ser consumida, no puede almacenarse más que una ínfima cantidad. Vamos, que una central nuclear no es una pila Duracell.

Para ello, Red Eléctrica Española, la empresa pública que se encarga de distribuir electricidad en el primer tramo de alta tensión (desde que sale de la planta de producción hasta que llega a la red de la empresa privada de suministro), ha de controlar exactamente la oferta y la demanda.

Se establecen previsiones hora a hora durante los 365 días del año, se monitoriza y programa la entrada de electricidad a la red y se registra el consumo exacto. Si existe una caída de consumo repentina (por culpa de un accidente, una inclemencia meteorológica, una caída de tensión...), se regula inmediatamente la entrada de electricidad mediante una llamada a las centrales para que disminuyan su producción. De no ser así, el excedente de electricidad habría que gastarlo de algún modo.

Hay dos formas de actuar en estos casos: o se detiene la producción de algunas plantas o se emplea la energía sobrante en alguna función subsidiaria (como el bombeo de agua en centrales hidroeléctricas para generar más energía). El segundo caso, que no siempre es posible, supondría un mínimo ahorro efectivo. Pero es muy probable que ocurra (como ya ha ocurrido en otras ocasiones) que sea necesario disminuir la producción levemente. En ese caso, las principales perjudicadas son, paradójicamente, las energías renovables. Sobre todo, la eólica. Es evidente que no se le puede pedir a una central nuclear que pare su producción (un reactor es algo que, una vez encendido, no puede detenerse). Así que lo habitual es que se solicite a las empresas productoras de energía eólica que detengan un rato sus molinos de viento. Ese el flaco favor que los amigos del apagón podrían hacer a las energías verdes si triunfara su convocatoria: las centrales eléctricas más contaminantes (las de combustibles fósiles) y más demonizadas por Greenpeace (las nucleares) seguirían produciendo energía, mientras las eco-centrales podrían verse obligadas a descansar.

Por fortuna, como hemos visto, los ciudadanos tenemos tendencia a no hacer demasiado caso a estas cosas. Pero sigamos imaginando que la llamada de Alejandro Sanz tiene efecto.

Otra característica de la red eléctrica es que las subestaciones de suministro tienen que seguir una pauta equilibrada de comportamiento. Una bajada repentina de la demanda puede conducir a caídas de tensión. Imaginen una manguera a la que, repentinamente, tapamos la boca de riego. Hasta que apaguemos el grifo, la presión del agua hinchará el cuerpo de la manguera y, si no detenemos el flujo, ésta terminara por reventar. Lo mismo podría ocurrir con la red de suministro eléctrico si a todos los ciudadanos nos diera de repente por hacer caso a Al Gore. Lo que es peor: igual que en la manguera agrietada, una vez recuperado el flujo, el agua se perdería por los agujeros y no llegaría a su destino, en el caso de la electricidad, recuperar una red caída supone un esfuerzo técnico y económico considerable. El problema es que cuando la frecuencia de la red baja en exceso los grupos de generación pueden dejar de sincronizar y empiezan a caer uno tras otro en efecto dominó. Podrían entonces bajar su potencia para evitar males mayores, pero seguramente esta bajada coincidiría con el final de la convocatoria ecologista (a las 9.30 de la noche), es decir, cuando ya los ciudadanos volvamos a poner en marcha a tope nuestras lavadoras, televisiones, microondas... Con lo que una nueva falta de sincronía entre la oferta y la demanda podría tener efectos perniciosos para la red y para los aparatos de consumo: adiós ascensor, horno, equipo de música, aparato de respiración asistida del hospital...

El medio ambiente sufre muchos achaques. Pero es muy probable que la peor manera de remediarlos sea haciendo caso a las ideas geniales de los ecologistas de salón. Los que de verdad pueden hacer algo por el deterioro de nuestro ecosistema, los que realmente conocen sus males e intuyen como remediarlo, es decir, los científicos dedicados a la ilustre ciencia de la Ecología, espero que estén durante la noche del sábado trabajando en sus laboratorios, con la luz encendida y el ordenador en marcha... En ellos sí podemos confiar.
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