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CIENCIA

Cerebros mágicos

Sólo hay una profesión en el mundo que pueda competir con la de neurólogo en conocimiento del cerebro humano: la de mago. Durante siglos, magos, ilusionistas, chamanes, brujos y otras hierbas han sabido encontrar las limitaciones que nuestra herramienta pensante presenta... y explotarlas a su favor.

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Si los neurocientíficos han indagado en los mecanismos fisiológicos del órgano más preciado, los magos han buceado en su funcionamiento de una manera intuitiva, acientífica y poco ortodoxa... pero eficacísima. Ellos son capaces de hacernos ver lo que no existe o ignorar lo que ocurre delante de nuestros ojos sin utilizar fármacos, herramientas quirúrgicas o sesiones de terapia.

Hace unos días reunieron en la isla de San Simón, en la ría de Vigo, algunos de los mejores neurólogos del mundo y algunos de los más brillantes magos. Su objetivo: compartir lo que saben de nuestra mente. No es la primera vez que neurología y magia se dan cita, pero sí la primera que lo hacen en un congreso de estas dimensiones.

El principal foco de atención fue... la atención. Cómo prestamos atención al entorno, de qué manera se comportan nuestros órganos sensoriales ante los estímulos recibidos y cómo procesa el cerebro la información que de ellos recibe es uno de los temas de estudio más prolíficos en neurología. Pero aún sabemos demasiado poco. Ahora bien, los magos e ilusionistas parecen contar con una suerte de secreto que les permite manipular nuestra atención a su antojo. Sabemos a ciencia cierta que la carta que acabamos de ver desaparecer no ha desaparecido, tiene que haber sido cambiada por el ilusionista delante de nuestros ojos, pero nos ha resultado imposible verlo. Es más, cuanta más atención prestamos al truco, cuanto más advertidos estamos de que nos van a engañar, más sencillo es para el mago jugar con nosotros.

Ha quedado demostrado en el encuentro de San Simón: incluso los neurólogos más hábiles caen en la trampa del artista. ¿Por qué?

Los científicos saben de procesos que tienen lugar en nuestro cerebro y están relacionados con nuestra ineptitud para evitar el engaño. Uno de ellos es la conocida ceguera a la atención. El cerebro es una máquina imperfecta; tiende a ahorrar energía a la hora de tomar decisiones y está confeccionado para solventar con rapidez algunas trabas que encuentra en su entorno. Por ejemplo, sabemos que los ojos observan la realidad a base de sumar una infinidad de imágenes que obtienen moviéndose rápidamente de un lado a otro. Sin embargo, nuestro cerebro ve la realidad de un modo continuo, sin saltos. No somos una cámara de cine antigua, obligada a registrar microfotogramas y después pasarlos a gran velocidad para generar la sensación de movimiento. Pero para conseguir ver la realidad continua el cerebro debe desechar de manera inconciente algunas de las imágenes registradas, que no aportan información vital para entender el contexto. Esos pequeños agujeros en nuestra percepción son los que utilizan los magos con sapiencia. Mantienen nuestra atención en objetos, movimientos o palabras que sirven de señuelo mientras delante de nuestras narices están cambiando una carta por otra.

La incapacidad fisiológica de observar con atención y a la vez todos los estímulos que nos rodean se conoce como ceguera por desatención. Se suele poner un ejemplo muy sencillo para explicarla. Si usted se para en medio de la Gran Vía madrileña y empieza a apuntar al cielo con el dedo índice, es muy probable que en poco tiempo se vea rodeado por varios ciudadanos que se pararán a mirar en la dirección en que esté apuntando. Al fijar su atención en ese estímulo inesperado, los paseantes habrán dejado de concentrarse en otros aspectos: es muy probable que les pueda robar la cartera sin que se enteren.

Los magos hacen exactamente lo mismo en sus shows, pero guardan en secreto los mecanismos de desatención que utilizan. Ése es su patrimonio.

Otro fenómeno sorprendente es nuestra incapacidad de observar grandes cambios si se realizan muy deprisa o muy despacio. Se conoce como ceguera al cambio. Algunos experimentos son sorprendentes. Por ejemplo, un voluntario es requerido para que escoja, entre dos rostros similares, el más bello. Una vez ha elegido, el ilusionista cambia las fotografías y entrega al voluntario la foto no escogida. Pero el voluntario es incapaz de percibirlo y jurará que ése es el rostro que había preferido. Esta chapuza de nuestro cerebro es constantemente utilizada en el marketing, capaz de hacernos siempre creer que hemos elegido la mejor oferta de la estantería del supermercado.

Hay docenas de ejemplos como estos, y todos están íntimamente relacionados con el ilusionismo. En cierto modo, el cerebro no es otra cosa que una caja de ilusiones, un fabricante de imágenes confeccionadas a partir de las imperfectas informaciones que nos sirven nuestros sentidos. Los neurólogos están empeñados en entender mejor ese proceso de ilusión. ¿Por qué? Pues, entre otras cosas, porque quieren comprender cómo funciona el cerebro enfermo. Algunos expertos creen que ciertos individuos con déficits de atención, como los niños autistas, o algunos afectados por enfermedades neurodegenerativas no responden de igual modo a los estímulos falaces de los magos. Si pudiéramos establecer leyes de comportamiento para cada caso, quizás estaríamos más cerca de comprender qué le pasa a la mente de un autista.

Ésa es la razón por la que se reúnen magos y neurólogos a jugar con nosotros. Y además se lo deben de pasar de muerte.

 

http://twitter.com/joralcalde

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