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PANORÁMICAS

El Vaticano, contra Buñuel. Cincuenta años después

1961. El régimen de Franco pasa de ser una dictadura a una dictablanda. Buñuel, oficiosamente comunista y ateo, vuelve a España desde su exilio mejicano. En el régimen franquista lo miran mal porque es un rojazo del que no se terminan de fiar. Entre los españoles republicanos del exilio lo miran peor porque lo consideran un traidor a la causa.

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El aragonés, como siempre, más cabezón que un mulo, hace lo que le da la gana sin importarle el que dirán. Quizás sueña con volver a tocar el tambor en su pueblo, en Calanda, durante la Semana Santa.

Decíamos lo de "oficiosamente comunista y ateo" porque Buñuel fue un analfabeto político, el típico señorito vinculado a los comunistas en pose pseudorrevolucionaria. También un apasionado religioso, alguien que –como Unamuno– no podía dejar de pensar en Dios aunque no soportaba que Dios, seguramente, no pensara mucho en él. Con sesenta años, hacía tiempo que le había hecho caso a su amado-odiado Dalí:

Tu nueva posición me parece mucho más realista que los idealismos marxistas (...) desinféctate de todos los puntos de vista marxistas, ya que el marxismo, filosóficamente y desde todos los puntos de vista, es la teoría más imbécil de nuestra civilización, todo es falso, y Marx es probablemente una cumbre de abstracción y estupidez.

Aunque había dejado atrás sus años rojos, seguía dotado de un extraordinario talante subversivo, que le llevaba a pisar todos los charcos y juanetes que se le pusieran por delante. Como el escorpión de la fábula, no podía evitarlo, era su carácter. Ya había conseguido que durante la Segunda República le censurasen su (falso) documental Las Hurdes, tierra sin pan porque sus mentiras, medias verdades e invenciones sobre la comarca extremeña no dejaban en buen lugar a España ni a la República.

Así que cuando le propusieron volver a su país, a su cultura, al mundillo cultural de la dictadura franquista, dominado por los comunistas, no lo dudó. En Méjico había rodado unas cuantas películas que por sí solas justifican que se haya inventado el cinematógrafo y que permitían sospechar que la reencarnación no es una hipótesis despreciable: Los olvidados, Nazarín, Él o Ensayo de un crimen podrían haber sido rodadas por el mismísimo Goya, su paisano aragonés, si su pincel se hubiera tornado milagrosamente cámara cinematográfica. Y ahora en España, pisando la tierra que a un cazurro como él le llenaría de fuerza e inspiración, iba a rodar lo que sería culminación de una época antes de comenzar otra, de nuevo en el exilio, la afrancesada.

Viridiana (Silvia Pinal) es una cándida novicia, una pajarillo bueno, frágil y miedoso que vive tan ricamente protegida por los muros de un convento y que se va a casar con Jesús, un marido incorpóreo y celestial. Pero, ay, tendrá que pasar una temporada lejos del inmaculado silencio de las capillas para visitar a su tío, don Jaime, un elegante y caduco caballero español (Fernando Rey) que caerá rendido a la belleza carnal de su puritana sobrina. Buñuel hará volar toda su calenturienta imaginación erótica de macho reprimido a través de imágenes sublimadas de aparente inocencia que esconden bombas de relojería sexual. Fíjense en cómo se demora en las piernas de una niñita que salta a la comba, un obscuro objeto de sadismo; o en las piernas bien torneadas y mejor depiladas de la Pinal: ¿las monjas usan cera caliente, cuchilla o láser?; y en los pies del rijoso don Juan mientras se prueba los zapatos de señora.

La primera parte de la película, galdosiana a fuer de surrealista, termina de una manera brutal y poética, con una comba infantil convertida en soga suicida. Entonces comienza otra forma de hacer cine que cambia a los personajes y nuestro modo de contemplarlos y apreciarlos. Se retira Galdós y hace su aparición Baroja con toques quevedescos. Por un lado, la monjita se hace seglar y decide que su reino sí es de este mundo para acoger a su alrededor a una troupe de freaks lisiados, lumpemproletarios y mendigos que harían las delicias de Goya y Velázquez en sus momentos más negros y realistas. Buñuel, un rojo que detestaba a los progres bienintencionados y superficiales, nos muestra que un ciego no sólo no tiene por qué ser buena persona sino que seguramente por su minusvalía tiene más papeletas para ser un resentido y un amargado. Nada personal, cuestión de supervivencia como también nos había expuesto en Los olvidados. Además, aparece otro macho de la familia, Jorge (Paco Rabal), que también le echa el ojo mientras trama cómo echarle encima el resto del cuerpo. Mientras que Fernando Rey representaba la España caduca, inmovilista y tradicional, su hijo bastardo es moderno y emprendedor, el símbolo de unos tiempos nuevos, más dinámicos.

Si Hitchcock rueda las secuencias de besos como si fueran asesinatos y viceversa, Buñuel rueda las escenas más blasfemas como si fuesen chistes de baturros y al contrario. Por ello tenía tanta razón L'Osservatore Romano cuando sentenció la película de esta forma:

Ostentación del pecado y de la injuria, la anatomización de la indecencia y la glorificación del lenguaje precoz son y seguirán siendo manifestaciones anti-artísticas porque son inmorales (...) La conciencia y el buen sentido acaban de condenar y condenan esa obra en nombre de la moralidad objetiva y la virtud cristiana que ninguna mistificación sofisticada puede subvertir en sus eternas bases.

En cambio Franco, que la vio después de que la premiaran en Cannes y de que se armara una buena escandalera por la condena del periódico vaticano, observó:

¡Pero si solo son chistes de baturros!

Chistes de baturros, sí, paradójicamente blasfemos en su ingenuidad piadosa. Como las reliquias que guarda en la maleta Viridiana, la imitación de la Santa Cena mendicante fotografiada con una falda levantada y un ojo ciego, o la corona de espinas que es arrojada a una hoguera. Blasfema porque utiliza los símbolos religiosos a contracorriente de su uso tradicional. Pero también intensamente piadosa porque propone las más lúcida de las reflexiones sobre la caridad, sus circunstancias y sus límites. Del mismo modo que don Jaime salva a una abeja de morir ahogada, en una secuencia tan mínima como hermosa, y Jorge salva a un perro de la tortura, Viridiana quiere, honesta y valientemente, ayudar a los más necesitados.

Ateo por la gracia de Dios, católico por nacimiento y por cultura, no solo no fue nunca anticristiano, sino que junto a Dreyer, Tarkovski y Bergman forma un póker de cineastas del espíritu. Entre ellos, el más oblicuo y sarcástico. Pero Dios filma en ocasiones con fotogramas torcidos.

 

PS. Cincuenta años después de que Viridiana consiguiese –por primera y única vez en la historia de nuestro cine– la Palma de Oro, que el régimen franquista rechazó por la denuncia del periódico del Vaticano, una película española compite en la sección oficial de Cannes: La piel que habito, del muy buñuelesco Pedro Almodóvar.

Viridiana(1960). Dirección: Luis Buñuel. Producción: Gustavo Alatriste, Pere Portabella y Ricardo Muñoz Suay. Guión: Luis Buñuel y Julio Alejandro. Música: Gustavo Pittaluga. Fotografía: José Fernández Aguayo. Montaje: Pedro del Rey. Intérpretes: Silvia Pinal, Francisco Rabal, Fernando Rey, Margarita Lozano, Teresa Rabal. 

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