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PANORÁMICAS

Dos películas para el Oscar

El próximo día 26 será la ceremonia de los Oscar. Parece que las grandes triunfadoras van a ser las ya muy celebradas, en los Globos de Oro y en Nueva York, The Artist y Nader y Simin, una separación, a la que sólo ha podido hacer sombra La piel que habito de Almodóvar arrebatándole el Bafta; no podrá hacer lo mismo el día 26, porque la Academia de Cine de España prefirió presentar Pan negro, que fue eliminada de la selección de la Academia de Hollywood a las primeras de cambio.

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El principal valor de The Artist reside en su charme, un encanto, una magia que ha perdido gran parte del cine actual. Ese encanto inocente y delicioso que constituía el principal reclamo del cine hollywoodiense en la época del cine mudo, cuando era sobre todo una fábrica de sueños. En este sentido, The Artist muestra el lado más luminoso y diáfano de la industria cinematográfica norteamericana, aunque también se permite algunas ráfagas sutiles de negrura, resueltas con ligereza y elegancia.

En 1927, en Hollywood, George Valentin es una gran estrella del cine mudo al estilo de Douglas Fairbanks, con una dentadura a prueba de caries y una joie de vivre insultante. Pero con la irrupción del cine sonoro su carrera corre peligro, pues no quiere adaptarse a la nueva época. Como diría más tarde Norman Desmond en El crepúsculo de los dioses:

No necesitábamos diálogos. ¡Teníamos rostros!

Por su parte, la joven actriz Peppy Miller, que empezó como extra al lado de Valentin, sí que logra convertirse triunfar en el cine sonoro.

Inspirada tanto en Ha nacido una estrella como en Cantando bajo la lluvia, The Artist es, como aquellas, un homenaje que el cine se da a sí mismo; a su yo norteamericano, por decirlo así, lo que, siendo como es una cinta francesa, enternecerá aún más a los ya de por sí tiernos corazones de los académicos hollywoodienses. También es una reflexión sobre el inevitable cambio tecnológico, que constituye, más que en ningún otro arte, el sustrato material sobre el que se articulan las historias fílmicas.

Sustentada en la irresistible fotogenia de Jean Dujardin y Bérénice Bejo, The Artist no es la mejor película entre las candidatas, pero al menos sí que es la que introduce un enfoque más refrescante frente a propuestas más sólidas pero que dejan una sensación de ya vistas.

Esa misma sensación deja también Nader y Simin, una separación. Al espectador español le recordará la ópera prima de Benito Zambrano, Solas; o el dramón concienciado de Alejandro Amenábar Mar adentro. Un drama costumbrista que en clave neorrealista pretende ser un retrato del Irán de los ayatolás, a través del enfrentamiento entre un tipo en crisis de clase media y la beata de clase baja que trabajaba para él cuidando a su padre, enfermo de alzhéimer. Pero sin pasarse, no vaya a ser que los clérigos de Alá se cabreen y los manden a pastorear cabras.

Simin y Nader, un matrimonio con una hija, están enfrentados cuando él se entera de que su mujer pretende irse del país. Él opta por no acompañarla porque su padre tiene alzhéimer y decide quedarse para cuidarlo. Ella pide el divorcio, pero al no conseguirlo se va a vivir con su madre. Nader contrata a una mujer para que le ayude en los cuidados. Un día, al llegar a casa, encuentra al anciano atado a la cama. Incipit Tragoedia.

A partir de ese momento la película, que transcurría plácida y previsible, comienza una montaña rusa de giros inesperados y cambios de ritmo. El caso es que entre señoras preñadas en chador, niñas de Persépolis y un guión con más trampas que Sospechosos habituales y Seven, juntas aunque muchísimo menos divertidas, llega un momento en el que el destino de Simin, Nader, los ayatolás y el Imperio Persa en pleno termina importándote un rábano. Sutilmente pretenciosa en cuanto que falsamente humilde, la tibia denuncia de la hipocresía y la doble moral que se vive en la sociedad islámica de Irán termina siendo la única justificación de una propuesta cinematográfica que desde el primer momento lo ha apostado todo a las cartas de la sentimentalidad disfrazada y la coartada moralista. Aunque el punto de vista del autor de la película no se casa con nadie, nunca consigue que lleguemos a empatizar con los problemas familiares o religiosos de sus protagonistas. Pero siempre dentro de los límites de lo políticamente correcto: amablemente mordaz sin llegar a ser hiriente. Justo el terreno de juego en el que gusta de moverse tanto la Asamblea de Expertos de Irán, máximo órgano religioso del régimen islámico, como los aproximadamente 6.000 miembros de la Academia de Hollywood que tienen derecho al voto.

 

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twitter.com/santiagonavajas

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